Jack London

Jack London

 

No acierto a adivinarte en esa noche

que es el plomo siniestro de los polos,

la oscuridad se torna en un derroche

de fiero espanto que nos deja solos.

Tu eterna sombra, la otra sombra acaso

que no exiliabas de tu ebria alma,

condujo tu victoria hasta el fracaso

en pos del oro que bebido ensalma.

Padeciste impaciencia, no la angustia,

cuando el lobo esperaba a que fallases,

en los horrores de la nieve mustia;

no había luna a la que te sumases.

Te ayudaba precaria junto al lago

la atroz promesa de beber un trago.

 

Marcos Santos Gómez