El infierno de los neandertales

El infierno de los neandertales

Marcos Santos Gómez

La paz de la sobremesa de aquella tarde de mayo no fue más que un engañoso preámbulo de la irrupción del caos y del vacío que constituyen el corazón de la materia. Cuando recibí la visita de mi amigo Eulogio, a quien todos llamamos Pimo, todavía no me habían arrollado ese horror y ese vértigo, como hoy lo acaban de hacer al contemplarlo en su espantoso estado final. Con desesperación me culpo por haberle regalado aquel día el fetiche. Porque el bullicio que humilla como un inútil frenesí la mole del Peñón y el tenue sol de la primavera en el Estrecho no ayudaban a adivinar lo que habría de suceder, en este olvidado rincón del mundo, y que en él se había desatado mucho antes una estremecedora agonía cuyos ecos nos irían a conmocionar hoy. El hacedor del fetiche ya no está en el mundo, y esto es precisamente lo horrible, porque a su perdición ha sobrevivido el largo horror invocado cuando se contemplaba solitario el rostro en espejos de cuarzo, dentro del turbio laberinto que anida en el macizo rocoso, a la luz de una primitiva antorcha de junco. Un clamor que ninguno de los habitantes de la superficie, como yo mismo, ha aguantado oír jamás, y al que por eso le damos pretenciosamente la espalda para tornarnos sordos, con la intención cobarde de no atisbar la funesta esencia de las cosas. Yo la he visto. La he visto hoy, cual sangrante tristeza, hecha una pulpa miserable.

Pimo había acudido impaciente a mi llamada. Nos reunimos en mi casa, tras la hora del almuerzo, donde mi obsequio esperaba dentro de una caja de zapatos, asegurada con una goma elástica. No le hablé del tema hasta finalizar nuestras tazas de café, solo para mí y cortado, como siempre, para él. Solíamos compartir momentos similares, pues éramos algo más que colegas de afición y nos unía el recuerdo de una infancia vivida en un mismo patio y escuela. A menudo nos reuníamos a debatir, como enredados en el hilo de nuestra propia conversación, lo que denominábamos callejones sin salida de la historia. Esa misma tarde, al tiempo que Pimo, un recortado varón de pulcro bigotito negro y calva de tendero napolitano, encendía su cigarro puro, nos sentíamos felices. Todavía no le había revelado mi descubrimiento, ni su origen remoto, pero le prometí, nada más acudir con su proverbial puntualidad, que nunca olvidaría aquel día. Él frunció el ceño, llegándole las arrugas hasta la calva en la cima de la cabeza, y con uno de sus vivos deditos se alzó las lentes redondas sobre la nariz respingona.

Él ha mostrado a menudo admiración por mi casa, que considera una especie de mansión, y cuyo tamaño parece aun mayor porque vivo solo. Allí podíamos departir rodeados de casi cuatro mil libros, de los cuales dos tercios tratan de historia. Soy profesor de instituto e historiador, y mi querido amigo escribe artículos sobre historia local y practica la composición de novelas históricas que nadie lee, excelentemente documentadas, aunque su profesión consiste en regentar una pequeña papelería con un par de viejos empleados, en la que nunca hace acto de presencia. Dice que desea disponer de todo el tiempo posible para leer y escribir obras que traten de la historia humana. A menudo hemos hablado, sin embargo, de los límites de la historiografía, que parece nunca alcanzar la esencia. En medio de la embriaguez acarreada por varios chupitos de patxarán con los que coronamos una anterior velada, llegamos en cierta ocasión a poner en duda que la historia fuese solamente humana.

– ¿No has pensado –inquirió Pimo-, que en su fundamento, la historia trasciende de un modo oscuro al propio hombre? No me refiero al papel de una divinidad, como el Dios cristiano, sino a otra cosa, un algo básico, esencial, indefinible.

– ¿El espíritu que subyuga a la materia? ¿Insinúas esto?

– No lo tengo del todo claro. Quizás sea al contrario. La ciega y alucinada materia que constituye la primera y la última palabra entre cuyos confines transcurre la existencia humana. Es como si en el fondo… no hubiera fondo. Algo así como una lenta asfixia determinando con fatalidad todo lo que ocurre.

Lo dejé estar. Habíamos bebido demasiado. Lo cierto es que gozar de nuestra amada afición común nos ha jugado siempre esta suerte de amables malas pasadas. Nunca aventuramos adónde nos iríamos a asomar en nuestra plácida rutina, hasta aquella sobremesa en la que todo comenzó a adquirir un tono al que adjetivos como “demoníaco”, “telúrico” o “infernal” sólo apuntan superficialmente. El engañoso mayo con su falsa calma de bestiales corrientes que tensan el Estrecho hasta la extenuación de sus aguas nos envolvía. Yo, para ser sincero, había ya perdido mi buen ánimo porque ya había sido alucinado por el fetiche. Lo disimulaba, pero lo cierto es que durante semanas no había hecho más que reprimir el espanto de mi descubrimiento. Éste llegó a mis manos en la tienda de un comerciante que hablaba con su hijo en lo que parecía una melodiosa versión de la lengua farsi en la que el melancólico Omar Khayan glosara la inanidad del hombre en medio del vasto universo. Al principio creí que se trataba de un indio, como es habitual que en Gibraltar regenten este tipo de bazares tecnológicos. Me había conducido a su comercio una necesidad tan prosaica como la de adquirir un reloj de pulsera digital lo más barato posible que sustituyera al que acababa de fallecer en mi muñeca. El interior de la tienda estaba en penumbra, lo que contrastaba con el esplendor de la mañana exultante. El hombre, que lucía una bella corbata de seda, tenía unos gruesos dedos con los que me había invitado a pasar. Con alivio, sentí que transitaba a un lugar fresco. Había una extraña soledad envolviéndolo todo. Parecía un lugar ajeno al bullicio que suele habitar la Calle Real de la colonia británica. En la tiendecita se encontraba también el niño de unos catorce años, que se le parecía ostensiblemente. Aunque manifesté mi intención llena de espíritu práctico de adquirir un sencillo reloj digital de los más primitivos y baratos, me detuve, como atraído por un polo magnético, frente a una pequeña repisa con cuatro anaqueles, toda forrada de lo que me pareció terciopelo negro. Sentí que emanaba del mueble una ligera corriente de aire fresco, como si estuviera funcionando un oculto aparato portátil de aire acondicionado. El dueño de la tienda, desde que yo había entrado, no me quitó ojo de encima. Yo no podía dejar de contemplar los peculiares cacharritos que había sobre los negrísimos anaqueles. Eran todos, o así parecía, aparatos electrónicos de aire un tanto singular y extravagante. Utensilios para medir, con pantallitas y contadores, alguno con raros muelles como antenas. Todo tenía un aspecto de caótico cajón de sastre, en el que las miniaturas vibraban y mostraban diminutas esferas que daban vueltas en torno a sus ejes como impelidas por alguna suerte de magnetismo.

– Aquí los detectores se vuelven locos –exclamó el tendero persa.

– ¿Detectores? ¿Qué detectan?

– Se supone que miden, aunque medir es un término burdo para definir su tarea. Diría mejor que sirven para captar vibraciones y conectar con ciertos flujos.

Me sorprendió el uso de términos de la lengua castellana tan elaborados empleados por alguien que acaso nunca había pisado España, aunque usaba el español para comunicarse conmigo. Recordé su precedente parloteo en farsi con el chiquillo.

– Usted debe de ser iraní –le dije.

– Así es, ¿cómo lo ha adivinado?

– He viajado mucho y he escuchado muchas lenguas –le aclaré-. Su farsi tiene un bello acento.

– Sabe usted bastante.

– Adoro la geografía y, sobre todo, soy un enamorado de la historia. Estuve en su tierra hace unos cuatro años. Me pareció muy variada, mucho más de lo que sospechamos en España. Un país viejo y lleno de sabios.

– No se crea. Allá la sabiduría está mal vista. Los que cultivamos los saberes herméticos somos atosigados constantemente. Tuve que exiliarme.

– ¿Y cómo vino a parar a Gibraltar? –le pregunté, aunque quedó resonando en mi interior la expresión “saberes herméticos”.

– Porque sueño con el Peñón desde niño, desde antes de haberlo visto. Lo conozco desde que retozaba en el mismísimo vientre de mi madre y por eso he descendido a su abominable corazón. Usted no imagina lo que hay en él.

Le contemplé los ojos, entre la sorpresa y la burla, sin saber a qué atenerme. Pero decidí proseguir con el tema.

– Entonces, usted ha estado dentro del Peñón.

– En realidad, bajo él, cayendo por sus simas infinitas.

– ¿Se refiere a los túneles? Dicen que lo entrecruza una red de cincuenta kilómetros –intenté apuntar prosaico, ante la insólita revelación del persa.

– Eso es el principio. Verá, los turistas, los españoles y los ingleses que se disputan esta tierra, no saben nada. Aquello está mucho más allá de estas menudencias de quienes vivimos ridículamente ciegos. Si le dijera, todo el bullicio de la comarca, sus sucias chimeneas industriales, su agua sembrada de bloques de hormigón, su apretado aeropuerto, los pinos que arraigan en la piedra caliza del Peñón, los monos que se persiguen como locos y que se enfurecen cuando el hombre los toca, son detalles baladíes. A los monos precisamente los exalta lo que hay debajo, perciben las lánguidas lejanías que esconde el Peñón. Es la rabia furiosa contra los hombres la que llena de espuma sus boquitas, y el espanto. El mal es un parásito que sorbe la razón. Este lugar nos sorbe la vida, porque guarda en sus húmedas entrañas lo que sucedió y lo que sucederá.

– Pero entonces ¿hay algo más allá de las cuevas conocidas y de los túneles cavados por el hombre? –insistí.

– No se imagina –exclamó con una repentina rigidez en su rostro cuadrangular, pues la cara parecía pintada con líneas y ángulos rectos, como un cuadrado conteniendo cuadrados.

Yo empecé a intrigarme. Había topado, sin lugar a dudas, con un personaje excéntrico, me dije. Pero me resultaba muy plástico y sugerente lo que describía, así que continué la conversación olvidándome de mi intención de adquirir un reloj nuevo.

– Soy historiador y sé que la historiografía se cosecha a través de datos objetivos. Lo que usted insinúa no puede medirse ni comprobarse.

– Se equivoca. Precisamente este estante que le ha llamado tanto la atención, cada uno de los aparatitos, captan la corriente. Pruebe con este péndulo.

El persa agarró del anaquel superior una bolita de un gris pulidísimo, que pendía de una cadenita.

– El agua que bebemos permea de las profundidades y allí tiene su origen –dijo-. Llega a nosotros desde antiguas eras. Los zahoríes, que abundan en los mustios desiertos de mi país, ignoran por qué gira el péndulo al toparse con la cercana presencia de agua. Tómelo y verá usted cómo gira.

Debo confesar que nunca había sentido así dar vueltas un péndulo. No se trataba de sugestión o de que yo realizara de manera inconsciente imperceptibles movimientos para dirigirlo, o de que en mi voluntad de un modo u otro estuviera presente que tenía que girar. Fue al contrario. Era como si el péndulo tirase de mí con inusitada fuerza. La vibración me retumbaba en la punta de los dedos y en la mano. Tras unos segundos así, el tendero me colocó debajo del artefacto una caja de zapatos cerrada y el péndulo tornó a girar con mayor velocidad. El hombre sonreía mientras el niño, azul como un cadáver, desaparecía por una puerta interior.

– Ahora le mostraré el fetiche –exclamó en medio de mi asombro.

Me hizo soltar el péndulo sobre uno de los negros anaqueles de la repisa que exhalaba la leve corriente de aire helado y abrió ante mis ojos desgraciados la caja de cartón. Dentro estaba esa cosa.

Era una estatuilla de un color vago e indefinido, quizás verdoso, pardo o azul. Representaba un cuerpo robusto y musculoso, de miembros muy fuertes, que pertenecía a algo que pareciendo humano, no lo era. Un ser híbrido entre el hombre y el mono. Lo más grotesco era el rostro, de facciones rudas, que expresaba una atormentada insania en la mueca de la boca que parecía desencajarse y bajo la cual faltaba la barbilla. Y era esa misma locura la que movía (¡parecían girar con nerviosismo en todas direcciones y mirar a todas partes en un horripilante estrabismo!), los ojos, ansiosamente abiertos como yo tenía los míos, como si estuvieran mirando un insufrible secreto o el magma sulfuroso de los hondos abismos infernales. No puedo explicar cómo, pero vi paisajes de mortal melancolía en la torcida mirada, simas de miedo, pantanos de mustio hastío, insufribles soledades. El fetiche procedía de un tiempo más allá, supe enseguida, de la historia conocida, aun más, quizás pertenecía a una historia no humana. Aquel figurín semi humano cuyo rostro brillaba con una invisible luminiscencia me escrutaba desde un tiempo remotísimo. Lo supe. No adivinaba de qué metal estaba hecho ni si las manos que lo habían forjado pertenecían a un hombre. En sus ojos se abrían enormes vacíos, extensiones inconcebiblemente lejanas de tiempo, de materia, de prehistoria. ¿A qué mundo pertenecían? Sobre ellos, una única ceja protuberante que remarcaba la ausencia de una frente.

– Ellos tenían la virtud de poder mirar en el caos primigenio. Eran médiums poderosos cuyos trances enloquecían a los hombres. Las tenaces matanzas se prolongaron durante milenios hasta que el último, el postrer escrutador de las oscuridades esenciales, hubo de morir en un abismo de soledad –exclamó, casi salmodiando, el persa-. Él lo creó, dentro, oculto en las profundidades por donde yo caí y en donde él, o más bien su sombra, me lo regaló. Este gélido fetiche esconde la verdad, la última verdad del último de los más penetrantes chamanes de un tiempo de ira y angustia –en efecto, estaba helado cuando tímidamente me atreví a rozar su espantoso rostro con la punta de mi dedo tembloroso-. Yo ya he podido adentrarme en él. He visto con mis propios ojos aquel tiempo. Entonces ellos vivían con extrema lucidez. Esto que le muestro es la huella, una huella viva.

Yo me sentía de veras asombrado. El engendro metálico parecía susurrar y acaso volvió los ojos extraviados cuando era depositado de nuevo en la caja de zapatos, a la que rápidamente el hombre colocó la tapa.

– Tome. Yo ya he sido demasiado audaz. Hoy mismo había decidido desprenderme de esta carga terrible. La lucidez está inextricablemente ligada con el horror y tengo miedo. Yo ya no lo soporto. Pero veo que usted posee una curiosidad ardiente y desea saber. Quédeselo, como ámbar de una época lúgubre, para que este universo que habitamos se le muestre en su obscena naturaleza. Vaya con él. Vaya al centro del centro del centro de todos los centros, a la enmarañada materia que subyace a la materia. Vaya. La materia, la horrible materia.

A primera vista era desconcertante. Tanto la rara aleación metálica de que estaba hecho (¡metalurgia pre humana!, pensé con vértigo), como los rasgos, las perturbadoras muecas y expresiones que parecían moverse con lentitud, las sensaciones que emanaba, no tenían explicación. De una simple muela puede el historiador, junto con el paleo antropólogo y el arqueólogo, describir a un sujeto entero, su alimentación, la salud, el modo en que murió, si era nómada o sedentario, si perteneció al Paleolítico o al Neolítico. Y de ese dato objetivo, el de una muela tangible, la vida de un poblado, acaso un grupo tribal, sus miserias y hambrunas, sus placeres, sus anhelos e incluso su religión y su arte. Pero el objeto que guardé en la caja, a la que dispuse bajo el suelo falso de mi utilitario para cruzar con ella la aduana sin problemas, era distinto. Aun siendo tangible, no parecía ser algo, era más que mera cosa, como si albergara o irradiara mundos inconmensurables que lejos de la razón, solo en la más desatada locura, pudieran contemplarse.

Llegué a mi confortable hogar. La “mansión”, en palabras de Pimo, que había heredado de mis padres y que con dos plantas y azotea, se yergue exultante por la luz de la Bahía y sus polícromos atardeceres. No es posible sin embargo que se hubiera excavado un sótano, ya que en el subsuelo arenoso de La Línea hay una charca y está el agua y el lodo que extiende sus dedos por las fachadas y escaleras de los edificios vomitando musgos y hongos en los muros empañados. Como científico e historiador conozco bien el alcance del objeto adquirido de tan casual manera. Intenté mostrarme reflexivo. Si eran ciertas las palabras del persa, procedía de alguna gruta en el interior del Peñón, o quizás fue hallado por él en su enloquecido deambular por alguna de esas cuevas que conectan, bajo el mar, África con Europa.

Me serví una cola. Permanecí aturdido e incrédulo. El sudor y la ansiedad cubrían mi cuerpo. Pesadamente sentado en la magnífica butaca que preside mi salón, donde Pimo y yo solíamos tomar café en nuestra prosaica rutina, un placer ya lamentablemente irrecuperable. Comparé el espantoso fetiche con mis piezas de arte precolombino, con idolillos romanos, con una mano de Fátima labrada en la brillante Edad Media de Al Ándalus. En el Peñón se alza un viejo castillo árabe y pesados cañones, los monumentos a egregios héroes de uno y otro bando, la huella de vastos imperios, el sombrío cementerio de Trafalgar. Pensé en el rincón del mundo que, lejos de todo, hastiado y abandonado, componemos por estas tierras. Y ha sido precisamente aquí. En ningún lugar se había recuperado jamás arte no humano. El Peñón había estado poblado por humanoides en la Edad de Piedra, e incluso se había hallado un cráneo sin barbilla, de contundente rostro y con un marcado y sobresaliente arco superciliar. Cuando no quedaban ya apenas en Europa, el lugar de donde eran endémicos y donde habían resistido brutales glaciaciones, se dice que terminaron unos pocos en lo que mucho después sería Gibraltar. Aquí, seguramente, calculé mientras recordaba datos rescatados de mis conocimientos de prehistoria, se extinguieron, en este preciso centro, en la disputada roca de fenicios, egipcios, cartagineses, tartesios, romanos, árabes, españoles e ingleses. Tal vez aquí fue donde el último de una dinastía de europeos más vieja que el africano homo sapiens, pudo contemplar la desolación y la crueldad de su sangrienta extinción. Porque el horror anidaba en la cara de ese fetiche, retrato de una criatura exaltada, acaso un solitario chamán que oraba en una lengua inconcebible ya perdida para siempre. ¿Qué vio ese casi hombre cuando la muerte más absoluta, la de él y su especie, le cercaba en las entrañas del Peñón? Sus paisajes albergaron, en el final de su era, el terror de saberse el único y último heredero del culto que con él se extinguía, de la verdad que los que eran como él habían atesorado durante casi doscientos mil años, hasta que llegaron los hombres bestiales, los homo sapiens.

Pero, más allá de estas digresiones, lo que habría de suceder al instante me llenaría aún más de pavor. Tenía el inquietante fetiche sobre la mesita con el vacío servicio de café. No había reparado en que el día anterior había soltado en una de las tacitas un cuchillito con la punta hacia arriba, que utilizo de abrecartas, en el lugar donde debería estar una cucharilla. Cuando fui a escrutar una vez más el rostro monstruoso, me pinché queriendo apartar la taza. A pesar del dolor repentino, lo tomé, para contemplarlo más de cerca. Y sin darme cuenta una imperceptible gota de sangre tocó su materia inefable.

Fue más que un inmenso flash deslumbrante lo que me cegó y me obligó a que me arrodillara fuertemente conmocionado. Dejé de estar en el lugar donde estaba, es decir, aunque no me moví del salón, fui, de un modo inexplicable, transportado a otros lugares. Caí en un centro bestial, en la oscura panza que digiere todas las cosas. La panza, la húmeda víscera del mundo. Un vértigo y el ácido del vómito se abrieron paso en mi cuerpo sobresaltado. Me temblaba violentamente todo el cuerpo, como en un brutal ataque de epilepsia y me hube de retorcer en el suelo como un gusano de casi dos metros. Mis manos, mis músculos, mis huesos, se convirtieron en pulpa. Gemí bajo el imperio de nuestra infame alma material. No vi espíritu. No existía el espíritu.

Entonces sonaron los cantos. Un lenguaje oscuro, gutural, atravesado por chasquidos de enormes y pastosas lenguas, por el chirriar de poderosos dientes, por la opresión de ansiosas inspiraciones, por el vibrar de las potentes cuerdas vocales de gargantas sobrehumanas. No eran sonidos humanos pero hablaban. La raza que lo había visto y guardado todo en su memoria, el furor de la materia, hasta la sangrienta extinción, había manifestado un impresionante refinamiento psíquico, frente a los tecnológicos homo sapiens. Hablaban. Sentí elevarse una música estridente como de chillonas gaitas y el zumbido de flautas de hueso. Vi un círculo de fuego, vi los enterramientos bajo rudas piedras y el viaje que los muertos emprendían al centro inefable de todo, donde agostarse. ¡No hay más cielo para ellos que el infierno de la materia! ¡Vi lo que en ominosos trances la tribu babeante, entre miserables gemidos, era capaz de contemplar! Vi el centro de todos los centros como un obsceno anti dios delirante y… no era nada. Buceé en el nefando caos originario, en la viscosa irrealidad, en la pasta putrefacta que estuvo al principio y será en el final de los tiempos, arrojando humeantes excrecencias para siempre, en un juego maldito, como Sísifo en la montaña, toda la eternidad. No sé cómo. Pero lo vi todo. Adquirí una silenciosa e incomunicable comprensión del mustio vacío de corrientes demenciales, para siempre girando, danzando en aullante soledad, conteniendo todas las estrellas, los planetas gélidos que morirán cuando mueran sus estrellas, las nebulosas, los abismos que nos despedazan lentamente en medio de nuestro tedio. Caí mil veces espantado por el apetito infanticida del incontenible Saturno devorándolo todo, absolutamente todo. Vi el caos esencial como ellos lo veían. Comprendí lo que ellos comprendieron, con las sienes palpitantes y el salado sudor surcando mi frente para gotear en el suelo de mármol. Pero sentí entonces que no podía contemplar esta atrocidad ni una sola vez más, que mi cerebro estallaría si decidiera asomarme de nuevo a ese silencioso páramo donde todo se revuelca angustiosamente igual a sí mismo a través de la engañosa profusión de todas las formas.

En un espejo de cuarzo arrancado a la negra gruta, a sus estalactitas y rezumantes paredes, entre el agua más limpia, sin vida, igual a sí misma, a la luz parpadeante de la antorcha de junco, tras haber ingerido el último molusco de la superficie y los hongos crujientes, el humanoide contempla su rostro, la extensión de él mismo y de su muerta especie. Aprieta el fetiche con la mano poderosa y velluda, y se desangra, cubriendo el templado caldo de sus venas a su propia mano y al fetiche. Hace círculos con la cabeza. Los ojos en blanco. Baila con estupor en el mayor de los secretos, en la nada que existe bajo la coraza caliza del Peñón. Y gruñe con el sonido atroz del gorgoteo de su propia sangre en la garganta.

Cuando tras un tiempo incierto pude sentarme de nuevo en la butaca, me fui sobreponiendo lentamente. Con pánico atisbé al horripilante homínido y decidí sin dudarlo que debía deshacerme de él. Pero una idea execrable me surcó la imaginación, una ocurrencia delirante, un funesto y luctuoso sarcasmo. Imaginé al pobre Pimo, tan pulcro y comedido, en medio de tales visiones. Su mente pueril bullía con una infatigable curiosidad. Por eso mismo, supuse que berrearía fuera de sí por causa del desmembramiento del mundo y la desintegración de sí mismo, cuando cediera su cerebro calculador a la horrenda nada. Esa nada lo es todo. Es todas las respuestas y quien resista mantener su mirada de Medusa, será quien sepa lo que los más excelsos filósofos jamás han logrado vislumbrar siquiera. Y él caería en la trampa.

Aquella ocasión fatídica, la tarde aciaga, tras tomar nuestros cafés y fumar gratamente los cigarros puros, en el esplendor de mi luminoso salón y en la templada atmósfera de mayo, le coloqué la caja de zapatos sobre las piernas regordetas. Pimo meneó casi de manera imperceptible su fino bigote, cual Charlot, y alzó hacia mí interrogativamente su pálido rostro (pues siempre evitaba el sol ya que aseguraba que le producía eczemas) con una mezcla de sorpresa y de aprensión al sentir la leve corriente de frío.

– ¿Qué hay dentro? ¿Debo abrirla? –me preguntó.

– Hazlo. Ya verás que es un descubrimiento trascendental llamado a revolucionar la historiografía. Se trata de una pieza única, incomparable. No se puede calcular su precio.

Irradiando la ilusión de un niño ante un juguete nuevo, abrió la caja entusiasmado.

– Dios mío –murmuró cuando sostenía el fetiche ante su rostro asombrado-. ¿Qué es? Los ojos parecen moverse en todas direcciones. Es extraordinario.

– Es, no lo vas a creer, arte neandertal. El único trabajo artístico que se haya jamás descubierto de fabricación neandertal. Como sabes, esa especie hermana no nos legó más que algunos restos muy puntuales de enterramientos. Nunca se han descubierto pinturas rupestres hechas por ellos ni tallas en hueso o sílex, ni arte de ningún tipo. Y ni mucho menos metalurgia.

– Parece proceder de una lejana pesadilla… ¿Los neandertales podían hablar? ¿Y si eran tan avanzados por qué se extinguieron? –exclamó como pensando en voz alta el hombrecillo deslumbrado por el misterio que sentía agigantarse-. No hay pruebas de…

– Sin lugar a dudas hablaban, tenían un lenguaje. Pero con ellos murió todo su conocimiento. Aunque, de un modo no verbal, turbia y oscuramente, nos hablan. Su mensaje es este fetiche que tienes entre tus manos.

– ¿Qué estás diciendo? ¿Has perdido la razón?

– Que podemos saber mucho de ellos, de su ciencia.

– Pero por mucho que contuvieran un mayor volumen cerebral que nosotros, no existen pruebas de que constituyeran una civilización o algún tipo de cultura elaborada, de que dejaran un legado.

– Sí nos han cedido su legado. Aquí lo tienes.

– No me lo puedo creer. Tengo en mis manos una pieza confeccionada por un homo neanderthalensis. Es totalmente asombroso. La verdad es que no guarda relación con nada conocido. Es… brutal y refinado al mismo tiempo. Dios mío, mírale el rostro. Y está muy frío.

– Pronto arderá –señalé con misterio-. Por favor, extiende tu palma derecha.

Pimo me acercó ingenuo la blanquísima manita con la palma hacia arriba, con un rictus de sorpresa. Pero se prestaba al juego. Era incapaz de sospechar en nadie la maldad.

– Siempre he deseado conocer lo que sucedió con ellos y daría cualquier cosa para saberlo –susurró.

– Quizás haya que darlo todo.

En medio de sus protestas, le practiqué una pequeña incisión en la palma de la mano inocente con el mismo cortaplumas que me había herido días antes. Presto, le coloqué encima de la palma ensangrentada el fetiche. Entonces, al entrar en contacto con su fluido vital mi pobre amigo comenzó a temblar vigorosamente y a palidecer aun más su cara redondeada, que semejó una oronda luna llena. Se le volvieron los ojos y lo vi debatirse en el suelo, retorciéndose entre violentos espasmos. Daba una triste impresión verlo perder las formas de tal manera, justo a él, que solía ser de modales impecables.

Sabía que este hombrecillo había estado desarrollando durante meses sus cálculos en torno a una bala de cañón rescatada en el fuerte de Santa Bárbara, consultando a expertos a quienes enviaba los datos y las fotografías. Se movía hábilmente en una red de eruditos que le ayudaban a datar los hallazgos. En realidad, el suelo de La Línea puede dar pocos restos, debido a la gran juventud de la ciudad, que antes de hace unos ciento treinta y pico años, apenas consistía en un arenal moteado de pequeñas huertas, entre Gibraltar y la Península. Pero él tenía documentados y exhaustivamente recopilados los datos de todos esos años de historia local, en un álbum donde comentaba las primeras fotos de la zona y algunos dibujos y grabados anteriores de los siglos XIX y XVIII.

Siempre admiré su sencilla felicidad, con sus modestos estudios e investigaciones como historiador amateur. Era capaz de pasar días enteros revisando los archivos locales, para lo que siempre obtenía el debido permiso. Y todo hallazgo que adquiría, descubría o compraba, lo donaba con seráfica magnanimidad al municipio. Su proceder siempre fue recto, pero su castidad y su ingenuidad pueril me habían llegado a irritar. Por eso manifestaba el deplorable e inconfesable deseo de confrontarlo con eso horrible que exhalaba ese muñeco prehistórico. Mas no fui capaz de prever el grado en que llegaría a sacrificarse por ahondar en el inquietante meollo de la realidad. Sus horas de conversación sobre temas trascendentales con el párroco de su barriada, que a veces me resumía, sobre la naturaleza del ateísmo y lo que él llamaba el fondo de la materia, debían haberme hecho predecir lo capaz que iba a ser de darlo todo por una miserable respuesta. Entonces, cuando lo observaba gimoteando y arrastrándose como un gusano sobre el suelo de mi salón, realizando gestos soeces, observado por los miles de libros que presidían nuestras disquisiciones, no me había llegado a sentir, aún, culpable. No podía imaginar lo que se avecinaba.

– Santo Caos, por el Afán inútil, por todos los infiernos, por el grosero anti dios que babea imbécil en el centro de todo… –balbuceó chapoteando en sus vómitos y mojado por los propios orines, a duras penas sentado sobre el suelo y sin fuerzas para incorporarse.

– Yo también lo he visto, Pimo.

– Pero –me susurró con el resuello agitado-, hay más, esto apenas es el principio.

– Lo sé. Hay milenios de una sabiduría arcana. Con esta llave podemos llegar más lejos que los más grandes hombres de la humanidad y obtener el conocimiento que tanto hemos ansiado.

– Y esa horrenda soledad de la extinción, el tenaz exterminio de todos ellos por los hombres. Lo he escuchado aullar de amargura. Al último. En una sombría gruta del Peñón.

– Nos los comimos, amado amigo, fueron nuestra cena. Ahora ven, dame la mano y levanta. Por Dios, hay que limpiar todo esto.

Pasó una hora en la que yo fregué y recogí el salón y mi amigo, aunque dudo como es obvio de haber sido jamás su amigo, permaneció ensimismado, arrojando hondos suspiros y recuperándose poco a poco. Tomó más café que le preparé.

– ¿Y resistirías una nueva sesión? –le inquirí-. Yo no puedo. Pero quizás tú…

– ¿Crees que puede ser peligroso?

– A mí no me asusta el peligro –le mentí-. No creo que suceda nada, a pesar de la conmoción. Pero prefiero vivir como hasta ahora y no adentrarme en nuevas pesadumbres. Tú, sin embargo, eres un hombre sereno y podrías intentarlo. Ha de existir un nuevo Colón para que se emprenda este viaje.

– Pero será una tarea tan solitaria –reflexionó-. Nadie podría comprender nada. Es incomunicable. El mundo palpita mucho antes de las palabras y las ideas. Es como chapotear en una charca infesta.

– Curioso alfa y omega del mundo.

– Todo es nada más que eso… pero quiero estar con ellos. Quiero verlos agitándose en sus nauseabundas bacanales. ¡Verlos! A aquellos que la humanidad dejó de recordar hace mucho tiempo, a los que odiaron los hombres. Los que nos comíamos aun vivos.

En realidad, yo sí creía que este asunto era muy peligroso y comencé a temer la exaltación del pobre Pimo. Pero me guardé de admitirlo. Como he dicho, albergaba el malsano deseo de comprobar hasta dónde era capaz de llegar. No podía  suponer que mi comedido colega se tornaría insaciable, que no se detendría a tiempo, llegando hasta un punto que hoy he tenido que constatar con espanto. Ya es tarde sin embargo para que me arrepienta. Ahora sólo siento horror; horror y lástima.

Se fue con un leve temblor en los labios y repitiendo un tic que le obligaba a alzar las cejas constantemente. Sus manitas cortas y regordetas se aferraban como garras a la cajita de zapatos donde se escondía el funesto fetiche. Y se marchó dando una carrerita. Fue la última vez que lo vi como siempre había sido.

En los siguientes días traté de olvidar el asunto. Me sumergí en la alba luminosidad de textos clásicos de la Antigüedad, pero evitando tragedias y mitos. La fluida prosa llena de ondulaciones de Cicerón, la sentenciosa firmeza de Séneca, la castrense austeridad de las obras de César. Los hermosos diálogos platónicos me desasosegaron un tanto, con su apabullante belleza y su dialéctica endiablada, pero torné al áspero Aristóteles, sistemático y expositivo, que me consoló de mi experiencia con la más horrible de las metafísicas, tan alejada de la suya. Me iluminó la claridad del pensamiento clásico, azote de los mitos, templo de la razón y ejército del orden. O al menos así quise demorarme.

Al mismo tiempo me dediqué a ordenar y adecentar muy a fondo mi hogar. Deseché y tiré a la basura todo lo superfluo, más que fregar, pulí los mármoles a fuerza de bayeta y jabón, limpié el polvo acumulado detrás de cada libro, en los estantes, donde algunos permanecen en doble y hasta triple fila. Con reconfortante aplicación y paciencia sacudí el polvo a cada uno de mis cuatro mil ejemplares, muchos de los cuales jamás leeré. Esta idea, que me acudió mientras pasaba con cierta compulsión el plumero por todos los recovecos posibles de las estanterías, me satisfizo. Porque por primera vez, escarmentado, decidí que era mejor no saberlo todo y que mi juvenil ansia de conocimiento había felizmente claudicado en la lúcida madurez.

Aquellos días fueron de completa soledad. A menudo comprobaba que el mundo seguía estando ahí encendiendo el televisor y navegando por internet, por la más irreal de las realidades, la última gloria y esplendor de los seres humanos que hoy sé que ya nadie narrará para ningún ávido oyente. Con reticencias acudí también a la teología, mas me reconfortó comprobar que el látigo de un orden supremo domesticaba, en la Summa Theologica del filósofo de Aquino, a las aberrantes criaturas que componen el mundo. Una vez más, venció David a Goliat, San Antonio a las tentaciones, Sansón a los filisteos y Jonás a la ballena, el feroz leviatán. Todo lo cual me complació sobremanera y me colmó de una reconfortante felicidad.

Pero en las largas horas de penumbra, cuando trataba de dormir, a pesar de lo mullido de mi colchón y de la perfección de mi lecho de rosas, despertaba inquieto una y otra vez. Se me aparecía, como un fantasma, la imagen de Pimo, ya fatalmente perturbado por el dichoso fetiche.

Una noche, cuando hacía algo más de una semana que no sabía nada de él, en medio del insomnio desesperante, me propuse ir a visitarlo a la mañana siguiente.

Era de costumbres muy regulares y siempre madrugaba. Así que fui a primera hora a su casa. Era una vivienda modesta, de esas casitas blancas que apenas quedan ya en La Línea, no lejos de la Plaza de toros. Si todo iba bien, debería estar trabajando en su artículo sobre la bala de cañón encontrada en la playa. Pero en su página web no aparecía avance de ningún tipo en la investigación. En realidad, había permanecido inactiva todo el tiempo.

La vivienda estaba cerrada a cal y canto. Era imposible observar nada de lo que pasara dentro. Me pareció sentir que fluía, no obstante, una leve fetidez que se colaba por resquicios de los viejos y apolillados marcos de madera de la única ventanita que mostraba la fachada. Un olor metálico. Golpeé con los nudillos en la puerta de entrada, también deshecha por la humedad. Agucé el oído y creí adivinar algo reptante. Estuve casi una hora, muy escamado. Me pareció que lo que reptaba gemía suavemente.

De manera irresponsable, lo dejé estar. Así que me marché aturdido, rememorando la rutina de mi amigo, intentando adivinar dónde podría estar inmerso en su habitual actividad investigadora, y diciéndome que acaso había adquirido, como tanto me había manifestado, una mascota, una gran tortuga, inmensa, de esas de importación, que parecen reptar con sus pesados pasos y que gimen con un casi inaudible gorgoteo. Me divirtió y reconfortó pensar en la tortuga. Pero según pasaba el tiempo cada vez tenía más miedo y más pena.

Sucedían los días y seguía sin recibir noticias de Pimo. Comencé a alarmarme y a mostrar un claro arrepentimiento por haberlo dejado tanto tiempo con el fetiche ávido de sangre. En la Institución de Historia Local nadie lo había visto en semanas. Allí solía acudir siempre tan vivaracho a leer sus periódicos, dedicando horas al asunto de comparar las versiones de uno y otro, que sopesaba y medía con una milimétrica vara de medir las opiniones.

Cada vez soportaba menos su ausencia y mis pasos me comenzaron a conducir como por instinto y de manera reiterada a la casa que siempre permanecía cerrada. Ahora olía mucho más como a metal, se filtraba el raro aroma de algo que podía ser hierro, casi como se sentiría en una atestada ferretería. Decidí denunciar la desaparición, o, mejor dicho, acudí a la policía asegurando que él se hallaba dentro, y que no parecía moverse ni abrir la puerta (salvo reptar, me dije), que quizás, Dios mío, estaría muy enfermo o algo peor. Como es obvio, deseché la absurda hipótesis de que hubiese adquirido una tortuga gigante, pues no eran ya pasos reptantes lo que ahora se dejaba oír, sino el suave roce de algo que se deslizaba como una serpiente.

Acompañé a la policía que accedió a echar abajo la puerta, para averiguar lo que estuviera sucediendo dentro.

Tuvimos que encender la luz. Primero vimos los símbolos escritos por todas partes e incluso labrados con algo punzante por todas las paredes. Después nos fijamos en las manchas de sangre seca desprendiendo el fuerte hedor metálico. Y acto seguido nos percatamos de las extrañas pinturas. Noches de muchas lunas que se reflejaban sobre las aguas infinitas de un Estrecho de Gibraltar casi irreconocible, el Peñón en un paisaje de mamuts, de tigres de desorbitados colmillos y monstruosos osos perfilados de un modo extraño, siguiendo, al parecer, pautas de una estética desconocida. Con trazos nerviosos y contundentes vimos borrosas manchas que semejaban leviatanes surcando las aguas. Pero lo más abundante eran los miles de papeles, no solo hojas para escribir, sino periódicos y páginas de libros que aparecían arrancadas del original, y que intentaban reproducir un idioma ininteligible, deduje en silencio ante el pasmo de los policías a los  que había abandonado todo color en las caras. Una grotesca aglomeración de lo que parecían letras del viejo alfabeto y de otro inventado, en la que apenas distinguí vocales y que componían impronunciables vocablos representados por series de hasta once consonantes. Era como si Pimo hubiera tratado de arrancar su lenguaje a la agonía de los desafortunados homínidos. Aquello era el frustrado intento de pronunciar lo impronunciable, de transmitir algo que sólo en la más pavorosa soledad podría comprenderse, de arrojar luz de manera imposible sobre la oscuridad primigenia que devora toda luz y toda forma, sobre la panza bestial donde se trituran y disuelven todas las cosas.

Lo hallamos todavía vivo, exhalando su postrer aliento, palpitante y tumefacto. Ya no parecía humano. Yacía sobre un desmesurado charco de sangre fresca, en el dormitorio, desangrándose como una ballena arponeada, con la ropa hecha jirones y atravesado de brutales cortes por todo su cuerpo. Era una inmensa inflamación, un cuerpo que se había sajado a sí mismo de un modo furioso hasta casi traspasar el umbral de lo soportable. Abría y cerraba la boca como una oruga frenética masticando el aire, como un demente, mientras dejaba que su cercenada garganta emitiera una cháchara de gruñidos.

Durante días, semanas, se había auto mutilado para regalar al sediento fetiche su sangre humana y mirar en las tinieblas de otros tiempos que son las tinieblas de todos los tiempos.

El fetiche estaba arrojado en el suelo, en un rincón, cubierto de negra sangre coagulada. Intenté robarlo, pero la policía me lo impidió. Reprimí mi llanto porque supe que era preciso destruirlo, que esa horrenda cosa era la culpable de todo, que nadie más debía hablar con él. Pensaron que estaba padeciendo un ataque de nervios y me mandaron al hospital en un coche zeta. Mientras me forzaban a meterme en él, lo vi de nuevo: un bulto macerado por su propia mano, plagado de úlceras y cortes, que se había cercenado nariz y orejas, y que expiraba sobre la camilla antes de llegar a la ambulancia. Había querido emplear hasta su última gota de sangre para dar de beber al macabro fetiche y seguir aprendiendo su torcido saber, sin detenerse jamás, perdida ya su voluntad, solo ávido de conocer lo incognoscible.

Ahora solo queda esperar. El armazón que sustenta nuestras ilusiones se derrumba porque el fetiche ha iniciado su tarea de roer el mundo, hilando una esperada venganza, para que caigamos devorados por nuestras viejas víctimas y ya nunca salga el sol, y pare el orden, y perezca el último de los nuestros en la noche terrible, y se precipite, como él, como el último de ellos, aullante en el mudo infierno que alberga la materia.

La cofradía

La cofradía

Marcos Santos Gómez

Apenas atinó a balbucear sencillas alabanzas cuando el sanador le mostró el resultado de las mezclas humeantes, una mixtura de brebajes vertidos al caldero de barro y removidos al compás de lentas recitaciones en las ásperas lenguas herméticas. Ahora conoces el secreto, le dijo, ahora sabes que de las más inocentes yerbas, que son el alma del bosque, se abre paso el bien, manso y humilde. Lo bueno permanece siempre bueno en todas sus mutaciones. Sostuvo el maestro la copita llena de la poción resultante, para ir a cerrar la pequeña tapadera que coronaba al recipiente tras segundos de éxtasis. Dio entonces instrucciones a su discípulo: No debe verterse más que en el agua que mitiga la sed que lo atormenta a través de las tortuosas noches en vela. Se la sirven en cada una de las horas aciagas, para aliviar su insomnio. Él no debe saberlo. Porque el bien es discreto y es preciso que el sanador no infle su orgullo. Sólo esta condición has de guardar, para tu ingreso definitivo en nuestra cofradía.

El maestro había aparecido anunciado por los niños que lo vieron venir por el camino. Con él, unas alforjas en las que se agolpaban los elementos de su arte, sobre los lomos de un asno de enorme cabeza, gris como el color de sus aleaciones de metales. Nadie más que él sabía qué era cada cosa y cómo emplear cada una de las medicinas en forma de ungüentos, polvos y menjunjes que portaba la mansa bestia. Él caminaba encorvado y cojo detrás de ella, porque cargaba con el peso de terribles pecados, como diría a su improvisado discípulo, el joven más cándido y puro de la aldea. Yo también hube de curarme, le confesaría, pero mi mal no tenía origen en la materia, sino que era una enfermedad del espíritu. Tuve que emprender vastas purificaciones para caminar por la buena senda. De todos modos, no ha de ser la salud para el maestro, sino para los trémulos pacientes. Me basto con este cuerpo para pasar mis días.

El joven, avisado por los niños que habían proclamado su visita por todas las casuchas de la pequeña aldea, le esperó junto al pozo, en la placita. Allí, una multitud de bocas asombradas le escuchó pregonar sus medicinas y todos fueron a recoger el remedio de sus males. Aplicaba una poderosa receta universal que curaba por la risa, porque cuando entraba en el cuerpo, hacía que éste se poblara de cosquillas, hasta brotar las carcajadas frenéticas que conciliaron a los enemigos entre sí y que provocaron varias jornadas de parada en los rudos trabajos del campo; una risa persistente, que iba mitigando y curando, como si los expulsara del cuerpo a empujones, todos los males.

El joven quedó junto a él el último, tras el ocaso. Mudo, con los brazos desplomados y con un leve temblor ansioso, esperaba poder pronunciar las palabras que la emoción apresaba. El docto extranjero, con su melodioso acento, sabía, antes de que el joven hablara, lo que éste deseaba. He venido para hallar a alguien como tú, dijo al muchacho. Alguien sincero, alguien inocente, henchido de bondad y de ardorosa curiosidad. Quieres conocer el secreto de mi oficio, los dones de mi antigua cofradía. Pues bien, yo te lo voy a revelar, pero para ello, ve a buscarme junto a la tumba anónima que yace en el lado oeste del cementerio como un precipitado de soledades, cuando el antisol que alucina la noche lama el páramo con su lengua de plata. Habrás de orientarte bajo él y no comunicar a nadie tu propósito. Espera a que tus padres duerman. Su candoroso admirador acertó entonces a pronunciar en un susurro “allí estaré la próxima luna llena”, a pesar del vértigo que le ataba la lengua. Ahora, finalizó el doctor, no me sigas.

El visitante de la aldea fue a internarse en los negros bosques, con su burro de enorme testa. La incertidumbre del reino, que esperaba ansioso la curación imposible, se extendió a su paso. Él la paladeó con una mueca feroz. Conocía el general desconcierto en torno a cuándo habría de regresar la salud que los protegería de las acechantes maldades, la salud que había abandonado todos los dominios regios. Porque el atormentado rey velaba contra su voluntad, enfermo, con los ojos extraviados de locura, tras haber recibido los insistentes oráculos que empañaron su alma y le robaron la alegría. Las lentas horas de la espeluznante madrugada en una era arcaica y primitiva plagada de supersticiones y de la inefable presencia de los muertos, hacía que todos se replegaran en los hogares, venciendo al miedo y al frío con el duende chisporroteante que habitaba entonces las chimeneas en cada cabaña. Mientras, en el castillo, el rey velaba retorciéndose de nostalgia por el sueño. Todos afirmaban que llevaba varias lunas enajenado, que no conseguía que sus ojos mustios se cerraran plácidos. La paz que había asegurado para sus dominios sometiendo a su firme cetro las voluptuosidades de señores locales rijosos como monos y babeantes siervos de la desmesura. El mal que atormentaba al monarca provenía, precisamente, del terror a estas bestias sometidas y recluidas en sus propios rediles. Sus torvas manos podían llegar lejos.

El extranjero apareció en el lugar acordado después de que hubiera llegado el discípulo para comenzar su viaje iniciático a través de las fórmulas secretas, a la luz de la luna inmortal, junto a la rústica piedra sin inscripciones que marcaba el temido lugar donde habitaba un vagabundo que había muerto lustros atrás sin que nadie lo pudiera encajar en las genealogías conocidas de los hombres, un ser sin linaje, como un vasto centro de solitaria nada. Todos temían acudir a la sepultura atroz, y menos aun en plena medianoche. El médico había fijado precisamente por eso dicho lugar para la reunión secreta con el joven aspirante.

Cuando días atrás se acercó a la aldea por el camino, precedido por los niños que brincaban y aullaban a su llegada, todavía no había puesto cara a su elegido. Al mirar la tumba sin nombre, adivinó que sería el lugar adecuado para la prometedora cita cuando lo reconociera. Después, lo conduciría al bosque.

Las facciones de la cara y su carne esperada llegaron ese mismo día, en la placeta del pueblo, junto al pozo. Nada más verlo supo que era él.

Después de noches de espera, tras reunirse junto a la tumba señalada, ambos recorrieron mudos el páramo nocturno. La noche de plenilunio contenía una torcida lucidez, una peligrosa verdad en su seno que sólo el nigromante conocía. La pálida luminiscencia garantizaba que los atemorizados campesinos se hubieran guardado bien de salir a la intemperie, y ya prácticamente todos dormían tanto como su rey desdichado velaba insomne. En el interior de los hogares del pueblo que pretendía el abrazo de su monarca, no se había desatado todavía el miedo. Eran seguros cobijos cercados por un terror callado.

Cruzaron tortuosamente entre los árboles, en medio de una tupida vegetación hostil. El bosque protegería al maestro y lo nublaría todo para que nadie supiera la verdad. Fueron al mismísimo corazón de aquel mundo umbrío poblado de susurros. El discípulo se arrastraba con agitación, venciendo el miedo atávico que durante siglos había alejado a los campesinos de aquella mustia naturaleza. Era el primer paso de la doctrina que habría de aprender: caminar sin temor, siempre avanzar hacia delante y proceder como estaba prescrito. En algunos momentos, la voz sibilante del médico que dominaba la salud porque dominaba la risa, que curaba a fuerza de histéricas carcajadas con su pócima silvestre, le iba indicando las primeras claves. Tú vas a aprender mi arte, decía al joven expectante, vas a llegar adonde yo no puedo, venciendo los obstáculos con tu preciosa ingenuidad. Se abatirán las lanzas a tu paso, se bajarán los puentes levadizos y se abrirán todas las puertas, hasta llegar al corazón del reino porque eres simple y conmovedor como un gorrión. A mí todo me abruma y mi dolorida espalda ha de encorvarse aun más, como ves, porque el precio de la sanación es que el propio sanador no haya de sanarse. Nunca serás rico ni tendrás donde descansar, vivirás sin el calor de un hogar, dormirás sobre la dura piedra y te humillarán los cielos.

Al fin, llegaron a una covacha. Yo ya he estado aquí, dijo, conozco este centro donde se abre la grieta que hunde su lástima en las profundidades infernales. Hemos de descender a la misma tierra, donde crecen los hongos, donde parasitan los repulsivos gusanos las tripas de ciegos topos enloquecidos que excavan en la más angustiosa oscuridad, pues es aquí donde debe ser pronunciada la lección que nadie, salvo tú, debe oír. Tú podrás soportarlo. Ocultos, alimentándonos de aquello que nos conducirá por éxtasis de plenitud y de lucidez, que crece en las entrañas adonde vamos. Allí lo sabrás todo, de dónde extraigo la risa que sana a todos menos al propio sanador. Comprenderás esto, y tu espalda también empezará a encorvarse bajo el peso de tan lastimosos secretos.

El joven sentía una opresión cada vez mayor en el pecho, un ansia como oleadas de una tempestad oceánica y una avidez que milagrosamente iba venciendo a todas las tinieblas que los asaltaba, cada vez más sumergidos dentro de la tierra. El viejo portaba un candil con el que, una vez llegaron a una pequeña explanada a muchos pies bajo la superficie, encendió el fuego donde lo había hecho antes, muchas otras veces, cuando hilaba frenético la trama.

Allí, extenuados, se sentaron sobre la piedra. Algunas estalactitas derramaban sobre ellos sus lágrimas, que al chocar con el suelo resonaban con la reverberación de lánguidos ecos. Era una vibración abismal en torno a ellos, como lamentaciones y como una advertencia que el joven no percibía. Tras lamer aquellos sones fantasmales, sedientos y casi sin resuello, el maestro pudo revelar a su iniciado que él podía curar la vigilia demoníaca que horadaba la vida del querido monarca. Que había venido para curarlo. Esta ha de ser tu primera jornada como sanador, le dijo, la salvación del reino.

El viejo preparó el caldero con el agua que manaba de las paredes, colocándolo en el fuego, y musitando los preceptivos rezos. Arenillas y hojillas cayeron en el agua hirviente de sus manos. El joven observaba y miró estupefacto el vasillo lleno de la pequeña porción de líquido cuando el maestro lo situó ante sus ojos tras horas de cocción. Éste cerró una especie de tapaderilla, que encajó bien y aseguró, para que en el camino no se desperdiciara el agua secreta. El rey, le dijo, necesita una medicina poderosa. No es fácil extraerle su mal. Pero nadie sabe, exclamó el muchacho, la causa exacta de esa lucidez mortal en la que no hay final ni reposo. ¿Qué le ha asustado tanto de los misteriosos oráculos y sortilegios que dicen que ha recibido? Ha soñado que un poder imbatible se cierne sobre él para aplastarlo, contestó el curandero. Mas sanará con este preparado que tú has de portar hasta su dormitorio. Preocúpate solamente de ensayar los pasos sigilosos con que debes llevar a cabo tu tarea, la firmeza en la mirada, la presteza en aprovechar el descuido de su camarero y ensaya cómo has de verter esta insípida mezcla de yerbas en el agua que piadosamente le sirven para paliar, a cada toque del reloj, su sufrimiento. Recuerda que sólo el secreto garantiza la curación definitiva y que nuestro don no debe conocerse cuando opera. Tal es nuestro juramento y sacrificio. La cofradía donde vas a ingresar profesa su magia desde el inicio de los tiempos, pero nadie ha de saberlo. Es el precio. No debe auparnos el dinero ni la fama. Y el joven, que había asistido días atrás a su misteriosa llegada, a la mágica curación en una tarde de los males de los aldeanos, que no cabían en sí de su asombro, y a la alegría reinstaurada en la pequeña villa, ardió en deseos de emular tan sorprendente oficio que curaba con el buen humor.

Éste ejecutaba fielmente todos los pasos, apenas rozando con extremada suavidad el suelo con las plantas de los pies. Así debes caminar al final de tu recorrido, cuando tras llegar al salón azul, veas preparar la bandeja de oro donde el camarero colocará su preciosa jarra con el agua fresca recién recogida en el pozo que se adentra en el centro exacto del castillo, que es el centro del reino. Debes aproximarte con sigilo y aprovechar cuando el camarero, portando la bandeja, llame a la puerta del dormitorio regio. Son brevísimos instantes, como la acelerada respiración de los murciélagos, en los que nadie te verá. Llegarás a este punto porque todos te conocen como a quien nadie puede odiar ni temer. Tu bondad abrirá sus corazones. Tu rostro redondo, de grandes ojos, como el de un bebé, la piel tersa, la amplia frente, la boca mansa, el suave candor de tus facciones, han de ser tu llave, hasta que sólo te separen de tu obra esos breves pasos hasta la bandeja, a la que llegarás veloz pero callado, sin que te vean introducir el poderoso filtro que devolverá fuerza, risa y sueño al rey. El rey sólo entonces podrá dormir profunda y serenamente, tras proferir por fin exultantes carcajadas. Después despertará tan astuto y valiente como lo había sido durante años. Obrará nuestra magia intangible y retornará al reino su viejo esplendor, su fiesta y la paz que lograba obtener con rudos latigazos para someter a los señores como a perros rabiosos. Recuperará sus dones, tornarán sus fuerzas, volverá la antigua astucia para vencer a quienes lo amenazan. Porque el rey ha creído los embusteros oráculos que lo paralizan en su estado actual, temiendo la victoria definitiva de quienes intentan matarlo por los más tortuosos y mezquinos medios. Eso le han jurado los adivinos reales, aseverando que su destino está sellado y que morirá, haga lo que haga. Es ese espanto el que lo priva del descanso, como una agonía convocada antes de que el propio asesino enviado surja como el betún ponzoñoso de la tierra. Yo he conocido estos detalles con mis artes, lo he visto todo, lo veo sufrir con el miedo atroz, porque sabe que los señores son certeros y eficaces en servir a la muerte. Pero nuestra santa cofradía puede enmendar los más torcidos destinos.

El joven aprendió a ser ligero y veloz como una sombra, aleccionado por el viejo maestro que ya no podía practicar su propia enseñanza, por los muchos años. Pero el muchacho era tenaz y deseaba ardientemente ser admitido en la más secreta de las cofradías. ¡Cuidado!, le insistía su maestro, ¡que nadie te vea administrar la poción! Nuestra secta debe proseguir oculta para la historia, nuestra cofradía acompañante de los avatares de los hombres, que ha permanecido junto a ellos necesariamente oculta, durante siglos, determinando el futuro de los reinos en el más absoluto desconocimiento de todos. La medicina, aseveraba el maestro en aquel corazón de hongos y goteante piedra, obra su milagro desde la abnegación de la cofradía, desde su misterio. Yo, como tú, aprendí de otro que a su vez había recibido el conocimiento de alguien mayor. Nosotros morimos finalmente, pero el conocimiento que nos había precedido nos sucede inmortal para la salud de los hombres venideros y paz de los reinos.

El muchacho aprendió la doctrina, convirtiéndola en su propia carne. Seguir hacia delante siempre, perseguir con obstinación el bien anhelado. Ser cauto y paciente, discreto, eficiente. Así, debes caminar por las doce habitaciones que se abren una tras otra desde el sur hasta el norte. Todos los que esperan a otro te contemplarán y comprenderán que no eres el oscuro asesino. Ahora, ve hacia el castillo y cumple seguro tu misión. Recuerda que debes ser tú mismo cuando te dirijas a los guardianes y mirarles como miras a tus padres. Ahora debes caminar, de día y de noche, explicando a todos que vas a pedir al rey una nueva vaca, pues el animal de tus padres ha reventado de indigestión, tus padres que son queridos por su honestidad, fieles servidores del monarca, dos labradores de intachable prudencia. Yo seré su orgullo, dijo con firmeza el joven aprendiz, sobreponiéndose a la emoción.

Caminó veloz por el páramo, dejando atrás el bosque maldito, diciendo a todos que iba a visitar de parte de sus padres al Domador de los Cuervos. Los campesinos, deferentes con él y llenos de lástima por su pobreza, lo dejaban pasar echándose a un lado y sonriendo alegres de hallarle, aún con la resaca de la duradera juerga con que se recibieron las milagrosas curaciones. Es incapaz de pecar, pensaban complacidos al verle.

Así que cuando se plantó frente al puente levadizo, éste bajó, mientras los guardias pronunciaban conmovidos su nombre y lo dejaban pasar. Cayeron todas las lanzas, se sometieron inconscientes todos los cortesanos y soldados. El rey, se decían, les dará la vaca que piden, porque son los mejores súbditos de todo el reino. De este modo, cruzó las doce habitaciones, una tras otra, asombrado de contemplar sus riquezas, como si manaran de una fuente inagotable. Como la justicia del rey, se dijo, todo lo que lo rodea proclama su grandeza. No cabía en sí de gozo al acercarse a su meta, feliz de pensar que por fin curando al rey daría a todos la vieja seguridad frente a los señores ladinos, que serían mantenidos a raya con mano firme. El bien es el destino, pensaba, como me ha enseñado mi maestro.

La última lanza, la que guardaba la antecámara, se doblegó ante él. Al guardia se le iluminó la cara al ver al joven tan virtuoso, que cándidamente pedía para sus padres. Le guiñó un ojo y le permitió entrar en la antecámara donde el camarero real aguardaba la hora de franquear la última de las puertas, la del inmenso dormitorio, con la jarra llena del agua más inocente del reino, la del pozo que se adentraba en la tierra como el vibrante centro de tanto destino aciago. Entonces se detuvo firme, a unos pasos del camarero que portaba la áurea bandeja, mientras le hablaba de la vaca muerta. Sabía que tras la milagrosa curación del rey la pequeña mentirijilla de la vaca habría de perdonarse, cuando él desapareciera corriendo, para no ser visto ya nunca más e iniciar la peregrinación iniciática con el poderoso sabio. Quizás lo adivinarían, pero él correría para guardar el secreto, para dar lleno de gozo la buena nueva al maestro, que abriría sus brazos en un paternal abrazo.

Sonó la hora en el reloj de la torre y el camarero, durante brevísimos instantes, alzó cabeza y ojos para mirar a la puerta, donde tocaba para entrar. Fue en ese lapso, que para el aprendiz se dilató inmenso como una eternidad en la que permaneció con absoluto control de los propios nervios, inmutable pero certero como un halcón, cuando vertió la poción que el rey habría de beber sin saberlo. En el momento en que el camarero, tras abrir la ansiada puerta, miró durante décimas de segundo la bandeja, como para asegurarse inconscientemente de que iba todo bien, la jarra y las sedosas servilletas, ya había sido vertida la medicina. El joven, ahora impaciente, decidió quedar unos minutos a la espera de alguna señal de la portentosa curación. Escuchó al rey quejarse, llenar el vaso en un gorgoteo que lo embargó de amor y gozo. Aguzó los oídos mientras sonreía y no lograba evitar que el corazón le fuera como a salir del pecho con cada latido. Con breve entusiasmo oyó toser al rey. Ahora, pensó, llegaría la carcajada y una felicidad mayor que el cruel destino se deslizaría por todos los rincones, hasta impregnar los más recónditos parajes del reino en los confines. Oyó lo que parecía una honda y sonora inspiración, como si el monarca tomara aliento para la esperada carcajada, pero, helándosele al joven su rictus de entusiasmo, sintió cómo aquello se transformaba en el más espeluznante gemido. Y tras callar el rey para siempre, oyó la voz del camarero horrorizado llamando a gritos a la guardia.

Entró el vigilante en la antecámara, cuando ya clamaba el camarero que el rey había sido envenenado, y que el mal lo había hecho sin lugar a dudas el adorable niño, que nadie más había allí cerca ni podía haber vertido el veneno ponzoñoso. El niño quedó desconcertado y mudo, víctima de su propia inocencia, pagadero de su misma candidez y confianza, mientras el guardián lo agarraba de un hombro, casi pidiéndole perdón, sin saber todavía a ciencia cierta qué había sucedido. Campesinos resentidos, malditos, clamó el ayuda de cámara cuando al abrir la puerta del dormitorio, vio al muchacho atrapado por el soldado. ¿Quién te ha pagado? ¿Quién te envía? ¿Son ellos? Y un destino amargo y desolado cayó sobre él, como minutos antes había alcanzado al rey.

El maestro sonrió cuando, oculto en la espesura, vio pasar pálidos campesinos que huían de la masacre en la aldea. Entonces se aseguró de salir del bosque sólo tras la caída de la noche, en la que no se le podría sorprender, portando la miseria que tizna, como la invisible mano que había acarreado a todos el horror, pues los destinos se hilan aciagos contra los deseos de los hombres. Se fue satisfecho. Nadie podría conocer jamás que aquel jorobado lento y anciano era el matador de pasos sigilosos, el veloz asesino de mano certera e implacable, el de turbia fama, el que nunca fallaba, el que, como insistían los oráculos, nadie vería jamás, para poder proseguir con su oficio hasta el fin de la eternidad. Y la agonía y el fuego hundían al reino por fin en la guerra fratricida, mientras los señores, repartiéndose sus despojos, se retorcían de felicidad entre lúgubres carcajadas.