La cofradía


La cofradía

Marcos Santos Gómez

Apenas atinó a balbucear sencillas alabanzas cuando el sanador le mostró el resultado de las mezclas humeantes, una mixtura de brebajes vertidos al caldero de barro y removidos al compás de lentas recitaciones en las ásperas lenguas herméticas. Ahora conoces el secreto, le dijo, ahora sabes que de las más inocentes yerbas, que son el alma del bosque, se abre paso el bien, manso y humilde. Lo bueno permanece siempre bueno en todas sus mutaciones. Sostuvo el maestro la copita llena de la poción resultante, para ir a cerrar la pequeña tapadera que coronaba al recipiente tras segundos de éxtasis. Dio entonces instrucciones a su discípulo: No debe verterse más que en el agua que mitiga la sed que lo atormenta a través de las tortuosas noches en vela. Se la sirven en cada una de las horas aciagas, para aliviar su insomnio. Él no debe saberlo. Porque el bien es discreto y es preciso que el sanador no infle su orgullo. Sólo esta condición has de guardar, para tu ingreso definitivo en nuestra cofradía.

El maestro había aparecido anunciado por los niños que lo vieron venir por el camino. Con él, unas alforjas en las que se agolpaban los elementos de su arte, sobre los lomos de un asno de enorme cabeza, gris como el color de sus aleaciones de metales. Nadie más que él sabía qué era cada cosa y cómo emplear cada una de las medicinas en forma de ungüentos, polvos y menjunjes que portaba la mansa bestia. Él caminaba encorvado y cojo detrás de ella, porque cargaba con el peso de terribles pecados, como diría a su improvisado discípulo, el joven más cándido y puro de la aldea. Yo también hube de curarme, le confesaría, pero mi mal no tenía origen en la materia, sino que era una enfermedad del espíritu. Tuve que emprender vastas purificaciones para caminar por la buena senda. De todos modos, no ha de ser la salud para el maestro, sino para los trémulos pacientes. Me basto con este cuerpo para pasar mis días.

El joven, avisado por los niños que habían proclamado su visita por todas las casuchas de la pequeña aldea, le esperó junto al pozo, en la placita. Allí, una multitud de bocas asombradas le escuchó pregonar sus medicinas y todos fueron a recoger el remedio de sus males. Aplicaba una poderosa receta universal que curaba por la risa, porque cuando entraba en el cuerpo, hacía que éste se poblara de cosquillas, hasta brotar las carcajadas frenéticas que conciliaron a los enemigos entre sí y que provocaron varias jornadas de parada en los rudos trabajos del campo; una risa persistente, que iba mitigando y curando, como si los expulsara del cuerpo a empujones, todos los males.

El joven quedó junto a él el último, tras el ocaso. Mudo, con los brazos desplomados y con un leve temblor ansioso, esperaba poder pronunciar las palabras que la emoción apresaba. El docto extranjero, con su melodioso acento, sabía, antes de que el joven hablara, lo que éste deseaba. He venido para hallar a alguien como tú, dijo al muchacho. Alguien sincero, alguien inocente, henchido de bondad y de ardorosa curiosidad. Quieres conocer el secreto de mi oficio, los dones de mi antigua cofradía. Pues bien, yo te lo voy a revelar, pero para ello, ve a buscarme junto a la tumba anónima que yace en el lado oeste del cementerio como un precipitado de soledades, cuando el antisol que alucina la noche lama el páramo con su lengua de plata. Habrás de orientarte bajo él y no comunicar a nadie tu propósito. Espera a que tus padres duerman. Su candoroso admirador acertó entonces a pronunciar en un susurro “allí estaré la próxima luna llena”, a pesar del vértigo que le ataba la lengua. Ahora, finalizó el doctor, no me sigas.

El visitante de la aldea fue a internarse en los negros bosques, con su burro de enorme testa. La incertidumbre del reino, que esperaba ansioso la curación imposible, se extendió a su paso. Él la paladeó con una mueca feroz. Conocía el general desconcierto en torno a cuándo habría de regresar la salud que los protegería de las acechantes maldades, la salud que había abandonado todos los dominios regios. Porque el atormentado rey velaba contra su voluntad, enfermo, con los ojos extraviados de locura, tras haber recibido los insistentes oráculos que empañaron su alma y le robaron la alegría. Las lentas horas de la espeluznante madrugada en una era arcaica y primitiva plagada de supersticiones y de la inefable presencia de los muertos, hacía que todos se replegaran en los hogares, venciendo al miedo y al frío con el duende chisporroteante que habitaba entonces las chimeneas en cada cabaña. Mientras, en el castillo, el rey velaba retorciéndose de nostalgia por el sueño. Todos afirmaban que llevaba varias lunas enajenado, que no conseguía que sus ojos mustios se cerraran plácidos. La paz que había asegurado para sus dominios sometiendo a su firme cetro las voluptuosidades de señores locales rijosos como monos y babeantes siervos de la desmesura. El mal que atormentaba al monarca provenía, precisamente, del terror a estas bestias sometidas y recluidas en sus propios rediles. Sus torvas manos podían llegar lejos.

El extranjero apareció en el lugar acordado después de que hubiera llegado el discípulo para comenzar su viaje iniciático a través de las fórmulas secretas, a la luz de la luna inmortal, junto a la rústica piedra sin inscripciones que marcaba el temido lugar donde habitaba un vagabundo que había muerto lustros atrás sin que nadie lo pudiera encajar en las genealogías conocidas de los hombres, un ser sin linaje, como un vasto centro de solitaria nada. Todos temían acudir a la sepultura atroz, y menos aun en plena medianoche. El médico había fijado precisamente por eso dicho lugar para la reunión secreta con el joven aspirante.

Cuando días atrás se acercó a la aldea por el camino, precedido por los niños que brincaban y aullaban a su llegada, todavía no había puesto cara a su elegido. Al mirar la tumba sin nombre, adivinó que sería el lugar adecuado para la prometedora cita cuando lo reconociera. Después, lo conduciría al bosque.

Las facciones de la cara y su carne esperada llegaron ese mismo día, en la placeta del pueblo, junto al pozo. Nada más verlo supo que era él.

Después de noches de espera, tras reunirse junto a la tumba señalada, ambos recorrieron mudos el páramo nocturno. La noche de plenilunio contenía una torcida lucidez, una peligrosa verdad en su seno que sólo el nigromante conocía. La pálida luminiscencia garantizaba que los atemorizados campesinos se hubieran guardado bien de salir a la intemperie, y ya prácticamente todos dormían tanto como su rey desdichado velaba insomne. En el interior de los hogares del pueblo que pretendía el abrazo de su monarca, no se había desatado todavía el miedo. Eran seguros cobijos cercados por un terror callado.

Cruzaron tortuosamente entre los árboles, en medio de una tupida vegetación hostil. El bosque protegería al maestro y lo nublaría todo para que nadie supiera la verdad. Fueron al mismísimo corazón de aquel mundo umbrío poblado de susurros. El discípulo se arrastraba con agitación, venciendo el miedo atávico que durante siglos había alejado a los campesinos de aquella mustia naturaleza. Era el primer paso de la doctrina que habría de aprender: caminar sin temor, siempre avanzar hacia delante y proceder como estaba prescrito. En algunos momentos, la voz sibilante del médico que dominaba la salud porque dominaba la risa, que curaba a fuerza de histéricas carcajadas con su pócima silvestre, le iba indicando las primeras claves. Tú vas a aprender mi arte, decía al joven expectante, vas a llegar adonde yo no puedo, venciendo los obstáculos con tu preciosa ingenuidad. Se abatirán las lanzas a tu paso, se bajarán los puentes levadizos y se abrirán todas las puertas, hasta llegar al corazón del reino porque eres simple y conmovedor como un gorrión. A mí todo me abruma y mi dolorida espalda ha de encorvarse aun más, como ves, porque el precio de la sanación es que el propio sanador no haya de sanarse. Nunca serás rico ni tendrás donde descansar, vivirás sin el calor de un hogar, dormirás sobre la dura piedra y te humillarán los cielos.

Al fin, llegaron a una covacha. Yo ya he estado aquí, dijo, conozco este centro donde se abre la grieta que hunde su lástima en las profundidades infernales. Hemos de descender a la misma tierra, donde crecen los hongos, donde parasitan los repulsivos gusanos las tripas de ciegos topos enloquecidos que excavan en la más angustiosa oscuridad, pues es aquí donde debe ser pronunciada la lección que nadie, salvo tú, debe oír. Tú podrás soportarlo. Ocultos, alimentándonos de aquello que nos conducirá por éxtasis de plenitud y de lucidez, que crece en las entrañas adonde vamos. Allí lo sabrás todo, de dónde extraigo la risa que sana a todos menos al propio sanador. Comprenderás esto, y tu espalda también empezará a encorvarse bajo el peso de tan lastimosos secretos.

El joven sentía una opresión cada vez mayor en el pecho, un ansia como oleadas de una tempestad oceánica y una avidez que milagrosamente iba venciendo a todas las tinieblas que los asaltaba, cada vez más sumergidos dentro de la tierra. El viejo portaba un candil con el que, una vez llegaron a una pequeña explanada a muchos pies bajo la superficie, encendió el fuego donde lo había hecho antes, muchas otras veces, cuando hilaba frenético la trama.

Allí, extenuados, se sentaron sobre la piedra. Algunas estalactitas derramaban sobre ellos sus lágrimas, que al chocar con el suelo resonaban con la reverberación de lánguidos ecos. Era una vibración abismal en torno a ellos, como lamentaciones y como una advertencia que el joven no percibía. Tras lamer aquellos sones fantasmales, sedientos y casi sin resuello, el maestro pudo revelar a su iniciado que él podía curar la vigilia demoníaca que horadaba la vida del querido monarca. Que había venido para curarlo. Esta ha de ser tu primera jornada como sanador, le dijo, la salvación del reino.

El viejo preparó el caldero con el agua que manaba de las paredes, colocándolo en el fuego, y musitando los preceptivos rezos. Arenillas y hojillas cayeron en el agua hirviente de sus manos. El joven observaba y miró estupefacto el vasillo lleno de la pequeña porción de líquido cuando el maestro lo situó ante sus ojos tras horas de cocción. Éste cerró una especie de tapaderilla, que encajó bien y aseguró, para que en el camino no se desperdiciara el agua secreta. El rey, le dijo, necesita una medicina poderosa. No es fácil extraerle su mal. Pero nadie sabe, exclamó el muchacho, la causa exacta de esa lucidez mortal en la que no hay final ni reposo. ¿Qué le ha asustado tanto de los misteriosos oráculos y sortilegios que dicen que ha recibido? Ha soñado que un poder imbatible se cierne sobre él para aplastarlo, contestó el curandero. Mas sanará con este preparado que tú has de portar hasta su dormitorio. Preocúpate solamente de ensayar los pasos sigilosos con que debes llevar a cabo tu tarea, la firmeza en la mirada, la presteza en aprovechar el descuido de su camarero y ensaya cómo has de verter esta insípida mezcla de yerbas en el agua que piadosamente le sirven para paliar, a cada toque del reloj, su sufrimiento. Recuerda que sólo el secreto garantiza la curación definitiva y que nuestro don no debe conocerse cuando opera. Tal es nuestro juramento y sacrificio. La cofradía donde vas a ingresar profesa su magia desde el inicio de los tiempos, pero nadie ha de saberlo. Es el precio. No debe auparnos el dinero ni la fama. Y el joven, que había asistido días atrás a su misteriosa llegada, a la mágica curación en una tarde de los males de los aldeanos, que no cabían en sí de su asombro, y a la alegría reinstaurada en la pequeña villa, ardió en deseos de emular tan sorprendente oficio que curaba con el buen humor.

Éste ejecutaba fielmente todos los pasos, apenas rozando con extremada suavidad el suelo con las plantas de los pies. Así debes caminar al final de tu recorrido, cuando tras llegar al salón azul, veas preparar la bandeja de oro donde el camarero colocará su preciosa jarra con el agua fresca recién recogida en el pozo que se adentra en el centro exacto del castillo, que es el centro del reino. Debes aproximarte con sigilo y aprovechar cuando el camarero, portando la bandeja, llame a la puerta del dormitorio regio. Son brevísimos instantes, como la acelerada respiración de los murciélagos, en los que nadie te verá. Llegarás a este punto porque todos te conocen como a quien nadie puede odiar ni temer. Tu bondad abrirá sus corazones. Tu rostro redondo, de grandes ojos, como el de un bebé, la piel tersa, la amplia frente, la boca mansa, el suave candor de tus facciones, han de ser tu llave, hasta que sólo te separen de tu obra esos breves pasos hasta la bandeja, a la que llegarás veloz pero callado, sin que te vean introducir el poderoso filtro que devolverá fuerza, risa y sueño al rey. El rey sólo entonces podrá dormir profunda y serenamente, tras proferir por fin exultantes carcajadas. Después despertará tan astuto y valiente como lo había sido durante años. Obrará nuestra magia intangible y retornará al reino su viejo esplendor, su fiesta y la paz que lograba obtener con rudos latigazos para someter a los señores como a perros rabiosos. Recuperará sus dones, tornarán sus fuerzas, volverá la antigua astucia para vencer a quienes lo amenazan. Porque el rey ha creído los embusteros oráculos que lo paralizan en su estado actual, temiendo la victoria definitiva de quienes intentan matarlo por los más tortuosos y mezquinos medios. Eso le han jurado los adivinos reales, aseverando que su destino está sellado y que morirá, haga lo que haga. Es ese espanto el que lo priva del descanso, como una agonía convocada antes de que el propio asesino enviado surja como el betún ponzoñoso de la tierra. Yo he conocido estos detalles con mis artes, lo he visto todo, lo veo sufrir con el miedo atroz, porque sabe que los señores son certeros y eficaces en servir a la muerte. Pero nuestra santa cofradía puede enmendar los más torcidos destinos.

El joven aprendió a ser ligero y veloz como una sombra, aleccionado por el viejo maestro que ya no podía practicar su propia enseñanza, por los muchos años. Pero el muchacho era tenaz y deseaba ardientemente ser admitido en la más secreta de las cofradías. ¡Cuidado!, le insistía su maestro, ¡que nadie te vea administrar la poción! Nuestra secta debe proseguir oculta para la historia, nuestra cofradía acompañante de los avatares de los hombres, que ha permanecido junto a ellos necesariamente oculta, durante siglos, determinando el futuro de los reinos en el más absoluto desconocimiento de todos. La medicina, aseveraba el maestro en aquel corazón de hongos y goteante piedra, obra su milagro desde la abnegación de la cofradía, desde su misterio. Yo, como tú, aprendí de otro que a su vez había recibido el conocimiento de alguien mayor. Nosotros morimos finalmente, pero el conocimiento que nos había precedido nos sucede inmortal para la salud de los hombres venideros y paz de los reinos.

El muchacho aprendió la doctrina, convirtiéndola en su propia carne. Seguir hacia delante siempre, perseguir con obstinación el bien anhelado. Ser cauto y paciente, discreto, eficiente. Así, debes caminar por las doce habitaciones que se abren una tras otra desde el sur hasta el norte. Todos los que esperan a otro te contemplarán y comprenderán que no eres el oscuro asesino. Ahora, ve hacia el castillo y cumple seguro tu misión. Recuerda que debes ser tú mismo cuando te dirijas a los guardianes y mirarles como miras a tus padres. Ahora debes caminar, de día y de noche, explicando a todos que vas a pedir al rey una nueva vaca, pues el animal de tus padres ha reventado de indigestión, tus padres que son queridos por su honestidad, fieles servidores del monarca, dos labradores de intachable prudencia. Yo seré su orgullo, dijo con firmeza el joven aprendiz, sobreponiéndose a la emoción.

Caminó veloz por el páramo, dejando atrás el bosque maldito, diciendo a todos que iba a visitar de parte de sus padres al Domador de los Cuervos. Los campesinos, deferentes con él y llenos de lástima por su pobreza, lo dejaban pasar echándose a un lado y sonriendo alegres de hallarle, aún con la resaca de la duradera juerga con que se recibieron las milagrosas curaciones. Es incapaz de pecar, pensaban complacidos al verle.

Así que cuando se plantó frente al puente levadizo, éste bajó, mientras los guardias pronunciaban conmovidos su nombre y lo dejaban pasar. Cayeron todas las lanzas, se sometieron inconscientes todos los cortesanos y soldados. El rey, se decían, les dará la vaca que piden, porque son los mejores súbditos de todo el reino. De este modo, cruzó las doce habitaciones, una tras otra, asombrado de contemplar sus riquezas, como si manaran de una fuente inagotable. Como la justicia del rey, se dijo, todo lo que lo rodea proclama su grandeza. No cabía en sí de gozo al acercarse a su meta, feliz de pensar que por fin curando al rey daría a todos la vieja seguridad frente a los señores ladinos, que serían mantenidos a raya con mano firme. El bien es el destino, pensaba, como me ha enseñado mi maestro.

La última lanza, la que guardaba la antecámara, se doblegó ante él. Al guardia se le iluminó la cara al ver al joven tan virtuoso, que cándidamente pedía para sus padres. Le guiñó un ojo y le permitió entrar en la antecámara donde el camarero real aguardaba la hora de franquear la última de las puertas, la del inmenso dormitorio, con la jarra llena del agua más inocente del reino, la del pozo que se adentraba en la tierra como el vibrante centro de tanto destino aciago. Entonces se detuvo firme, a unos pasos del camarero que portaba la áurea bandeja, mientras le hablaba de la vaca muerta. Sabía que tras la milagrosa curación del rey la pequeña mentirijilla de la vaca habría de perdonarse, cuando él desapareciera corriendo, para no ser visto ya nunca más e iniciar la peregrinación iniciática con el poderoso sabio. Quizás lo adivinarían, pero él correría para guardar el secreto, para dar lleno de gozo la buena nueva al maestro, que abriría sus brazos en un paternal abrazo.

Sonó la hora en el reloj de la torre y el camarero, durante brevísimos instantes, alzó cabeza y ojos para mirar a la puerta, donde tocaba para entrar. Fue en ese lapso, que para el aprendiz se dilató inmenso como una eternidad en la que permaneció con absoluto control de los propios nervios, inmutable pero certero como un halcón, cuando vertió la poción que el rey habría de beber sin saberlo. En el momento en que el camarero, tras abrir la ansiada puerta, miró durante décimas de segundo la bandeja, como para asegurarse inconscientemente de que iba todo bien, la jarra y las sedosas servilletas, ya había sido vertida la medicina. El joven, ahora impaciente, decidió quedar unos minutos a la espera de alguna señal de la portentosa curación. Escuchó al rey quejarse, llenar el vaso en un gorgoteo que lo embargó de amor y gozo. Aguzó los oídos mientras sonreía y no lograba evitar que el corazón le fuera como a salir del pecho con cada latido. Con breve entusiasmo oyó toser al rey. Ahora, pensó, llegaría la carcajada y una felicidad mayor que el cruel destino se deslizaría por todos los rincones, hasta impregnar los más recónditos parajes del reino en los confines. Oyó lo que parecía una honda y sonora inspiración, como si el monarca tomara aliento para la esperada carcajada, pero, helándosele al joven su rictus de entusiasmo, sintió cómo aquello se transformaba en el más espeluznante gemido. Y tras callar el rey para siempre, oyó la voz del camarero horrorizado llamando a gritos a la guardia.

Entró el vigilante en la antecámara, cuando ya clamaba el camarero que el rey había sido envenenado, y que el mal lo había hecho sin lugar a dudas el adorable niño, que nadie más había allí cerca ni podía haber vertido el veneno ponzoñoso. El niño quedó desconcertado y mudo, víctima de su propia inocencia, pagadero de su misma candidez y confianza, mientras el guardián lo agarraba de un hombro, casi pidiéndole perdón, sin saber todavía a ciencia cierta qué había sucedido. Campesinos resentidos, malditos, clamó el ayuda de cámara cuando al abrir la puerta del dormitorio, vio al muchacho atrapado por el soldado. ¿Quién te ha pagado? ¿Quién te envía? ¿Son ellos? Y un destino amargo y desolado cayó sobre él, como minutos antes había alcanzado al rey.

El maestro sonrió cuando, oculto en la espesura, vio pasar pálidos campesinos que huían de la masacre en la aldea. Entonces se aseguró de salir del bosque sólo tras la caída de la noche, en la que no se le podría sorprender, portando la miseria que tizna, como la invisible mano que había acarreado a todos el horror, pues los destinos se hilan aciagos contra los deseos de los hombres. Se fue satisfecho. Nadie podría conocer jamás que aquel jorobado lento y anciano era el matador de pasos sigilosos, el veloz asesino de mano certera e implacable, el de turbia fama, el que nunca fallaba, el que, como insistían los oráculos, nadie vería jamás, para poder proseguir con su oficio hasta el fin de la eternidad. Y la agonía y el fuego hundían al reino por fin en la guerra fratricida, mientras los señores, repartiéndose sus despojos, se retorcían de felicidad entre lúgubres carcajadas.

Anuncios