Relato sin alma


Relato sin alma

Marcos Santos Gómez

Entre estas tumbas olvidadas yo invoco a Slenderman como es preceptivo, entre los muros arcillosos y el suelo helado del cementerio que brota en la ladera entreverada de viejas ruinas. Llamo a la tristeza de siempre, la que ha de acudir como un mecanismo activado con fórmulas y quimeras, como si mis manotazos al gélido aire de diciembre dieran cuerda al reloj primigenio para que de éste surja el pájaro cuco preso en la madera, siempre a la hora convenida, fatalmente. El reloj debe vomitar su mecanismo. Bestias híbridas, noctámbulas, daimones fatales. Siempre las mismas pautas. Los mismos personajes. Historias monótonas y triviales. Cansinas.

 Arranco frenético yerbajos entre las tumbas, araño la áspera tierra y rompo mis uñas en la roca despiadada de las lápidas. Me topo lunático con esta dura terquedad de las cruces hincadas en el humus, una obstinación mineral que mancilla el significado de las propias cruces, que se ríe de ellas pues petrifica toda esperanza. Vence la tozuda materia. Estas cruces que como espantapájaros lucen a la pálida luz de la luna significan el final de la verdad que pretenden proclamar.

 Aquí, en este NO majestuoso como el firmamento que se extiende mustiamente en el frío, reside lo que he esperado impaciente. Me he lastimado los dedos desesperado de llamarlo en vano aún, ansioso de facilitarle su cena. El torbellino de voraces siervos de la noche es uno. Sólo será uno. Cercado por las pautas, es, sin embargo, imprevisible. Lo llamo desde mi cárcel de símbolos raídos. Yo también quiero, como él, bañarme exultante en la verdad más lúgubre. Solazarme en ella.

Si aspiro a encontrarme con Slenderman, tengo que seguir todas las claves expuestas en los más ominosos relatos que se entrecruzan en un internet que teje y teje, hora tras hora, el mundo. Porque quiero ser viéndolo. Tratar con él, que habrá de materializarse desde los hogares de la ciudad soñolienta, donde se profieren clamores silenciosos y donde los sueños mueren con todas las muertes. Viene del tráfico urbano que bulle ininteligible, diciendo lo mismo que el agua hirviente en un caldero, desde los coches aciagos e hipnóticos. Desde los hospitales. Desde el vacío del silicio y de los ciegos electrones, desde su no lugar y su anticielo. Es todos los miedos. Aquí lo espero, para servirle su banquete. Tengo abierta ya la fosa. Calaveras con el círculo temible de un disparo de gracia. Allí, donde todo terror se activa y reaparece letal. Él acude con el pánico, porque él es el pánico que nos despedaza.

Sé que es esquivo, que nadie lo ha podido contemplar y retornar lúcido. Me arriesgo. Se han conservado, no obstante, someras descripciones arrancadas de los delirios de aquellos a quienes enloqueció. Es algo muy alto, de enormes extremidades, bien trajeado, aun hozando en los detritos y en las más miserables putrefacciones. Se adivina en él una cara, pero una cara inexistente, sin expresión, sin boca, nariz ni ojos, pálida y ovalada, que mira como nos miran las piedras. Es de un peso plomizo como el de los muertos que se resisten a ser trasladados o como la eternidad brutal o como el laberinto de los infiernos. Dicen que encierra, a pesar de ello, una cierta ternura, y que todo él, tan enorme, es en realidad como un niño grande que juega a esconderse, o a asustarte acariciando tu nuca mientras duermes. Todo es un juego, un simple juego infantil que hace chillar a las criaturas en su cuna. Un horror recurrente de la humanidad cansina. Él es en el fondo el niño que acosa a otros niños y que se entretiene en el suntuoso limbo de la infancia mutilando insectos y pájaros, viéndolos agitarse y morir, cegándolos con agujas.

Yo voy desesperado, en la noche oscura sin alma, de una tumba a otra, pateando el suelo frenético. Lo llamo y escruto ávido la negrura, el ébano mudo y frío que me rodea y oprime. ¡Mira! ¡He abierto tus tumbas! ¡Las he profanado! Grito. Siento la presión de la hora y de tantos huesos y jirones que creyeron ser algo, expuestos como maniquíes desnudos en los escaparates de la ciudad tenebrosa que debe vomitarlo para que sea aquí, de nuevo uno, como muchos monstruos que son en realidad el mismo. Son las doce. Mandan las convenciones. Las fatigo una tras otra: el 666, el círculo mágico, el negro cirio, gotas de la sangre inocente de una bestia sacrificada mientras se ora el antipadrenuestro.

Me parece sentir ya tu olor acre, le digo. Me retuerzo de espanto para que tú vivas. Convoco al mismo miedo, fatigo sus lugares comunes para que te materialices, cuajando aquí entre las tumbas. Ha de ser en un cementerio, en la medianoche y bajo la engañosa luz de la pérfida luna llena. A solas. Arriesgando todo. Para ver los ojos y la lengua inexistentes en tu cara incólume. Para escuchar tus verdades mientras sorbes mi jugo vital como hace la araña con el insecto atrapado en su telaraña. Caer como el ratón en el cepo. Y ya estoy en el cepo. Apresado por ti. Como estos vestigios de la nada exhibidos en la fosa abierta a este camposanto olvidado, huesos que carecen de nombre y de rostro. Yo los he expuesto a la pálida luna llena. He profanado su sueño y su anonimato por ti, sólo por ti.

 En el puro estremecimiento me siento audaz y vivo. El miedo es insufrible. Me arrodillo, jadeo meneando la cabeza para ver en todas direcciones. Las estrellas a lo alto y una distancia infinita por medio. El rumor de la ciudad que respira en su inercia nocturna, muy abajo, como algo mecánicamente vivo, lejos, adonde podría acudir para ponerme a salvo. Estoy aún a tiempo. Pero no, la suerte está echada. Juré saberlo todo, costara lo que costase, y eso espero, aunque mi sabiduría dure lo que tarde en vaciarse la sangre de mi cuerpo. Solo, totalmente solo en la noche de diciembre que mata a los indigentes de los que también te alimentas, de cuya miseria vives. Porque tu cara vacía puede ser la del asesino que ha hecho algo horrible de la manera más inocente. ¿Acompañará el dolor a la metamorfosis que espero recibir de ti? Pero ya te siento venir. Hay algo vivo que viene a nutrirse de la carne podrida de los muertos y de sus huesos ennegrecidos de tiempo y humedad, de los espantosos despojos de lo que fue. Y esto que está vivo viene de la propia muerte. Y me hinco de rodillas en el suelo una vez más, para rendirte pleitesía, para encadenarme contigo, para ser en tu infierno, en tu anticielo, en tu nada.

——————————

¡Ya sé la abominable verdad! ¡No has venido, porque ya estabas! Siempre has estado aquí, desde el principio. Me has acompañado en cada momento del ritual, resucitaste en el mismo acto de excavar la fosa, por mi insistencia en extraer el alma del mundo, en perderme, en fatigar una vida ahíta de símbolos desgastados, por recorrer los andamios de la nigromancia, la estructura descarnada de estos restos de la historia. Y ya lo has hecho. Ya has robado mi alma, te la llevas, desaparece con los mismos conjuros que te han invocado. Se ha disuelto al pronunciar tu palabra. Tu cara sin rasgos ni facciones, sin ojos, sin boca, sin nariz ni orejas es mi reflejo, pues me veo en ella, veo en ella mi propio rostro descarnado, inexpresivo, fósil.

Soy la nada que tejen los relatos, la voz sin alma que roba las almas, el muñeco, el falso homúnculo, el artefacto. Slenderman, la invención de todos y de nadie, ya eras cuando me he ido deshaciendo preso en el vacuo reino de las convenciones, impotente para ir más allá, para ver, para atreverme ni siquiera a vislumbrar el vasto horizonte. Me sacrifico. Expulso mi alma y te la doy, y la aniquilas, y a cambio me dejas tu verdad, tu propia nada.

Anuncios