Blanco

Blanco

Marcos Santos Gómez

 

Me gusta el color blanco, por eso adoro cuando palidecen. Voy con mi bastón, pasito a pasito, dando vueltas a la placita, girando sin cesar como las manecillas de un reloj, en torno a una solitaria farola que despide una luz alba que penetra el frío mortecino de la noche. Una luz traidora. Deslumbrada, casi ciega, salgo a pasear y en estas noches de intenso invierno camino más feliz si cabe, hollando la nieve en cada fatigosa vuelta hasta convertirla en hielo. Cuando resbalo, tan tarde en la noche, nunca hay nadie que me ayude a levantarme. La plaza y el barrio se alzan silenciosos. Nunca hay nadie. Por eso yo debo incorporarme con gran esfuerzo, con desesperante lentitud, apoyándome en mi báculo, que recuerda al bastón de los ciegos, pero que es más grueso y corvo. Y torno a caminar, tanteando una vez más el traicionero suelo con el bastón. Se me antoja que giro infinitas veces. Porque los ancianos debemos andar, dicen los médicos, para desentumecer las articulaciones y rebajar grasas. Yo me fío profundamente de ellos, cuyas batas blancas son, en realidad, un luto resplandeciente por los moribundos que atienden. El blanco es un color santo. Yo misma voy siempre vestida de blanco, con camisones o con una gabardina, cubriendo los vestidos, blanco sobre blanco. Porto mis perlas rodeando el cuello, mi viejísimo collar que heredé de quien me transmitió esta monotonía. Y mis pendientes, que también exhiben perlas. La nieve, la farola y su luz irradiando en el frío de la noche, mi ropa, mi cabello, mi tez, mis botines, todo es muy blanco. Pero no puedo evitar que se me abra ampliamente la boca, como la de un decadente titán que se espanta, un Dionisos enloquecido, o un dios Pan, que es todo, abismo y tiniebla que bostezan. Entonces mi boca semeja una gruta, una cavidad que resuella con hondos estertores, una oscuridad, las fauces de un maquinal tiburón devorador de hombres. Mis ojos, de un azul pálido, apenas descifran las formas y colores. Mil arrugas arañan mi rostro. Mis manos están secas. Y mis dientecillos despuntan de las negras encías minúsculos y afilados. Cuando abro la boca con desmesura y los ven, es cuando más pálidos se tornan.

Anoche me siguió uno de ellos. Un joven acicalado, levemente exaltado por la ebriedad. Se sentó en un banco y me contempló pasando una y otra vez, mientras él daba cabezadas para de repente despertar sobresaltado y examinarme con curiosidad, con los ojos muy abiertos, tratando de vencer al sueño. Me preguntó, una de las infinitas veces que pasé junto a él, si me sentía bien, pues él tiritaba y daba nerviosas pataditas alternas al cristalino suelo para calentarse. ¿Por qué no se va a casa, señora? ¿No hace demasiado frío para usted? Yo le parecí, lo sé, un fantasma o una loca. Pero era un muchacho bueno y en algún instante de lucidez, acaso creyendo que todo era un sueño (aunque muy real), se apiadó de mí. Yo no contestaba a sus preguntas y me limitaba a chirriar como un gélido engranaje. Él, cabizbajo, decidió pasear por la placita para desperezarse e incluso empezó a seguirme con paso más rápido que el mío, por lo que iba como a saltos, con apresurados pasos pero para detenerse a ratos muy cerca detrás de mí. Me dejaba que fuera yo siempre delante. Yo la quiero ayudar, abuela, exclamaba, no debe usted seguir aquí a la intemperie, hace mucho frío, es peligroso.

Cuando el aire era más gélido e inmóvil, como si todo se hubiera suspendido, y por el este comenzaba a clarear el firmamento, me volví para mirar la cara al joven que caminaba detrás, con las manos en los bolsillos. Le dije que le haría caso, y que le invitaba a visitar mi casita, allí mismo, la que se alza en medio de bloques de hormigón sucios y grises. Mi casa está toda encalada, de blanco puro, incluso las ventanas de pulido metal. Es como un limpio torbellino. La puerta, también metálica, está pintada de blanco virgen. Todo en ella es funcional. Entré en mi propia casa llevada en sus brazos, cuando me había visto a punto de desmoronarme. Le di mis llaves y él abrió la puerta. Mis claras ropas eran, de hecho, un ajado traje de novia. Las palomas que dormían en las ventanas revolotearon con el incipiente amanecer. El joven, que se presentó como Marcelo, y que me dijo su nombre sin yo pedirlo, conoció el mío. Pues Blanca, hijo, ¿cuál si no? Me depositó cuidadosamente en el sofá. Está usted helada, murmuró. Le ofrecí con mi mano entumecida un vaso de leche fresca, recién ordeñada, que el lechero deja a la puerta, sin detenerse demasiado ni hablar conmigo. Soy como una tórtola. Me encojo desde hace no sé cuánto tiempo. Debo de tener más de cien años, le confesé, y estoy muy cansada. Pero usted pasea a horas intempestivas, me señaló. No debe hacerlo más.

Marcelo saboreó la leche y después palideció. ¡Se puso tan hermosamente pálido, cuando le aclaré que yo sabía destilar venenos que matan con mano larga, a destiempo! Ya hice buen uso de ellos, le di a conocer, mientras me miraba con asombro. Yo he sabido aprovecharlos. Me empezaba a escuchar con el horror de lejanas pesadillas, al preguntarse, al rumiar, quién podía ser yo. Pero él debía beber su leche. Bebe mucho, hijo, no te dejes nada, le alenté, traga todo. Su cabeza era casi perfectamente esférica, como la de un obediente muñeco articulado, que parecía moverse con aire mecánico, cada vez más rígido por el frío. Yo te agradezco la visita, muñeco mío, le dije. ¡Éste sí tenía alma de títere! Contemplaba todo a su alrededor con ojos muy pequeños, entrecerrados y soñolientos. Tenía las orejas muy separadas de la cabeza. El frío me mata, señora, no como a usted, murmuró. Hijo yo estoy muy acostumbrada al frío. ¡Perdona! Te has tomado la leche fría, estaría helada, ni me he acordado de calentarla. Y tú sin decir nada. Eres bueno. Mi casita es, toda ella, como un frigorífico. Aquí dentro el aire está limpio. Toda la casa parece vibrar de pulcritud. Todo el que ha entrado antes, como tú, ha tenido que cruzar los brazos, que dar saltitos, que frotarse la cara con paños para soportar un frío peor que el de la calle.

Marcelo parecía pasar del color rojo, que invadía sus mejillas, a la palidez, alternativamente, como un semáforo. ¡Qué gracioso y lindo! Pero me gusta sobre todo cuando palidecen del todo. Las flores en los jarrones de nívea porcelana son blancas hasta en los tallos y las hojas. Porque todo, absolutamente todo, es blanco en el interior de mi moradita (creo, me parece que he dicho esto ya muchas veces, muchas). Parece un quirófano, y que yo fuera una vacilante cirujana de dedos enclenques y reumáticos. Sí, hijo, dije desde la profunda caverna de mi ronca garganta, soy tan vieja que ya me he acostumbrado a este frío. El frío es puro. Verás, siéntate en esta cómoda butaca que guardo para los invitados, y siente como si te abrazara un oso polar. Siéntete resguardado por sus brazos poderosos. Le agarré la mano con la mía escuálida y le pedí que confiara, que no hiciera como todos, que no perdiera la fe, pues ahora, tan sola como me hallo, le prometí, tengo que contártelo todo.

Esta soy yo de joven, comenté mientras le enseñaba el álbum de fotos. Una niña regordeta en una vieja foto de blanco y negro, como un pedazo de algodón. Y esta también soy yo, una hippie en Ibiza, y esta es mi boda, le aclaré enseñándole la foto de estudio con mi marido, del que no recuerdo el color de los ojos y cuyo rostro he borrado de la fotografía para que sólo mi memoria lo pinte. Porque yo borro todos los rostros. ¡Y he vivido tanto que no sé cuál de mis vidas contarte! ¿No te deprimes, hijo? Son mis recuerdos, los recuerdos de una vieja tozuda que persiste en el mundo. No hallarás aquí ningún objeto, mueble, pared, puerta, ventana que no sean del más inmaculado color blanco. Como este poco de arroz con leche que te sirvo, traído de la cocina y que tú rechazas con rigidez, removiéndote inquieto, tiritando, como si te arrepintieras de haberme acompañado llevado de tu buen corazón, pobre muñeco, y que finges sonreír cuando te enseño más fotos horribles. Pero sólo tengo que mirarte con mis ojos muertos para que te comas todo, hijo. Cómelo todo, no dejes nada. Mira qué hermosa túnica. ¿Sabes que el color del luto en casi todas las civilizaciones es el de las margaritas? No te esfuerces en mirar para la puerta. Fuera todo es malo. Lo bueno está aquí dentro, por eso he echado el pestillo, para que nadie nos moleste.

Sentía miedo, como a todos les pasa. Yo le pregunté: ¿Y tú, hijo, conoces el arte de crear figuras de papel? Se había ya percatado de que reposaban sobre las estanterías pajaritos de papel, mudos e inertes como él. Le dieron arcadas. Has bebido mucho, hijo. Demasiadas copas esta noche. Sí, pensaba él haciendo un esfuerzo, me levanto y voy hacia la puerta, huyo, me escapo, sé que se exhortaba a sí mismo. Yo practiqué artes marciales, dije con aspecto de carrusel, como en una feria petrificada, con helada sonrisa de momia. ¿A que es raro?, le pregunté. Nunca quise exhibir ningún otro cinturón que el de los principiantes, el bello cinturón blanco, lavado siempre con lejía. La lejía es, de hecho, muy útil, y también la cera. Te sigo contando. Me casé en los años veinte, creo, o en el treinta y poco, y pronto tuve a mi hijo, lo más hermoso que he visto nunca. Blanco como el jazmín. Ven, levántate, mira la foto que tengo enmarcada en mi dormitorio. Y él profirió un grito agudo, estridente, un chillido histérico al ver pasar junto a sus pies lo que pensó que era una inmensa rata albina. Lo tuve que calmar agarrándole sus manos con las mías, para  decirle que era un simple conejo. Él musitó: ¿de veras? Sí, es albino, y tiene los ojos inyectados en sangre. No es tan terrible como parece. Aquí viven muchos.

He prometido contarte todo, pero mejor míralo con tus propios ojos. Entramos en el dormitorio y oscilándole el cuerpo, intentando de manera imposible abrir bien los ojos, paseó la vista por la exhibición de neutra funcionalidad. Los muebles fabricados en serie. Todo muy ordenado. Su rostro reflejaba apremio, indecisión, como si esperara el momento de salir corriendo, como todos. La camita estrecha, con un colchón muy hundido, el orinal a los pies. Pero el blanco no siempre es bello, le dije, existe por ejemplo el blanco de la pus, y hay otros blancos ocultos, como el del globo ocular inundado de venillas rojas, cuando se sostiene sobre las manos. Éste sí es precioso. Yo los he visto todos, todos los blancos. El reluciente esplendor de calaveras bien lavadas con lejía pura ¡Oh, cuántas cosas pueden verse! Pero, pobre de mí, tengo cada vez peor la vista y en realidad todo se va convirtiendo en una mancha, como una húmeda niebla, el mundo cada vez menos mundo y más deshecho en un blanco incierto. Ya apenas soy capaz de ver nada con claridad, y paseo, dando vueltas en torno a una luz que parece estallar y cegarme antes que regalarme vista. Debes darte cuenta de que vivo inocente e indefensa. Yo no tengo culpa de nada. No hago ningún daño. Pero él, como todos, no soportó la visión de mi secreto, de la carne de mi carne, blanca, blanca para siempre.

Abrí el cofrecito y se lo mostré, sosteniéndolo en mis brazos como alambres. Él parecía a punto de desmoronarse, pieza a pieza de su engranaje mecánico. Hecho un mudo monigote que abría la boca como una perfecta O labrada en la madera, cuando supo la verdad. Abrí el cofre y allí estaba mi hijo como un querubín bellamente pálido, para siempre más perfecto que nunca, mejor hecho que cuando salió de mi carne. Su carne ahora olía bien, a iglesia, y todos los maniquíes que asistían a la brillante actuación aplaudían entrechocando sus manos en un coro de alegres castañuelas, con sus bocas como redondos agujeros practicados a la esfera que es cada cabeza. Habían salido de su escondite y ya trataban de agarrar a Marcelo, quien había comenzado a derramar lágrimas que surcaban, mudas, el inerte rostro de madera.