Dormir como un niño


Dormir como un niño
Marcos Santos Gómez

Aguardaba en la iglesia, pálido en la penumbra, sin dejar de revolverme, sentado sobre un banco próximo al confesionario, soportando a duras penas la irrefrenable necesidad de orinar. Inútilmente, porque contra mi voluntad se me escapaban algunas gotitas, lo que aumentaba mi pavor. Temía que no ya pudiese aguantar más y que me viniera abajo, orinándome encima, para llenar de una culpable vergüenza y oprobio mi encuentro con la santidad. Antes de llegar a esta situación, había leído repetidas veces una Biblia para niños, con ilustraciones y textos adaptados. De hecho, pasé mi infancia leyendo esa Biblia. Me fascinaban sus terribles admoniciones, sus imágenes preñadas de significados a menudo incomprensibles y el sensual esplendor de cuanto se narraba, pero en especial la familiaridad de un Dios que no permanecía callado. Y yo tentaba a ese Dios, colocando vasos sobre mi mesita del dormitorio, pidiéndole que si existía de veras, los cambiara de posición durante la noche, de un modo milagroso, para decidirme a creer en Él. Hasta aquel día de mi más fervorosa confesión, nunca había tenido constancia de que ese Dios me hiciera caso en ningún momento; lamentaba que no hubiera tenido a bien regalarme esa prueba fácil de realizar que le pedía, para el convencimiento cabal y la obtención de la fe bendita. Que Dios me regalara la evidencia como diciendo Pues claro que existo, puedes estar seguro y descansar de tu angustia. Una fe clara y obvia para sanar el pasmo que ya de niño me abrumaba, el doloroso desconcierto ante la imperfección del Cosmos y la desdicha humana. Por eso, en mi contacto con lo divino mediante el sacramento de la confesión, que era el que me hacía sentir más cerca el aura de lo excelso, era un puro nerviosismo, una agitación física y anímica, ante la duda de si sería capaz de explicarme. Porque aquel día tenía algo muy especial que confesar, una culpa obstinada que proclamar y reconocerle al propio Dios en su sordera.

Aunque me habían dicho que llamara “padre” al sacerdote, no sentía nada ante esa palabra, o, por el contrario, lo sentía todo. No sabía si el cura podría estar a la altura de un término tan conmovedor. Me estremecía la palabra “padre” dicha allí, tornada un nombre para asir realidades inabarcables. El Padre se me antojaba elevadísimo, pero yo no lo quería así, sino que habría deseado tenerlo muy cerca, y sentir el aliento de su boca con aroma de tabaco, el tacto de una muñeca de adulta firmeza o de un pecho peludo, caliente, vivo. Anhelaba saber verdaderamente lo que significa “padre”, sin que ello me condujera a una amplitud sobrehumana. Yo lo necesitaba. Los trabajadores de la casa de acogida parecían tenerme aprecio y me acompañaban, a su manera, en mis infantiles disquisiciones de niño triste. A ti no te hace falta tener padres, cariño, porque tus padres somos nosotros, me repetía Clotilde. Estaba también Sebas, con gafas plateadas y coleta, un psicólogo que me conocía mucho, al menos esa era mi impresión.

A los niños internos no nos dejaban solos un momento, vigilaban nuestros juegos pero eran muy bondadosos. Respecto a mí, se daban a menudo de bruces con esa necesidad mía de poner cara, olor y tacto a algo que no lo tenía, como si echara de menos un objeto perdido, pero incluso más que esto mismo, una especie de tensión, de “no” insistente, recorriendo mis años en la casa de acogida. Y la casualidad de que a Dios también hubiera que decirle “Padre”.

Sebas, sabiendo mi tormento, me sentó sobre su mesa del despacho, para bromear, preguntándome por mis amiguitos, por los otros niños, para al poco ir al grano, porque ya conocía mi amarga curiosidad, mi luctuoso interés por concretar esos rostros vacíos que determinaban mi jovencísima existencia. Yo no podía recordar esas caras. Por eso quería verlos aunque fuera en fotografías, para fijarlos definitivamente en mí; le dije esta idea profunda con un lenguaje infantil. Sebas, entonces, se puso serio, incluso melancólico y me cogió de las manos, mirándome con infinita lástima, pero calló. Agustín, me interpeló, Tu familia somos nosotros, y Tarzán, este adorable mastín que excava en el jardín y al que tenemos que regañar cuando se come las moras y destroza los rosales que ahora podamos, para que broten espléndidas las rosas dentro de unos meses. Todo esto es tu familia. Todo esto. Observa a los gorriones que vuelan y nos visitan, sin miedo, sin deber nada a nadie, como agradecidos de ser, porque también ellos son tu familia. Y no te olvides de Willy, que nos persigue dando saltitos, y nos mira infinitamente manso con los ojos muy redondos, porque es pura inocencia. Aquí tienes de todo para jugar. Eres un chico aplicado y responsable, te van muy bien las clases, eres serio y adoras leer. Incluso prefieres leer antes que jugar al fútbol, y mientras yo esté aquí siempre tendrás un buen libro a mano, te lo prometo.

Pero había algo esencial que sentía que me faltaba. Los demás niños, en el centro de acogida, forjaban amistades o coaliciones muy sólidas para los juegos. Yo, tras la marcha de Dani, mi mejor amigo, torné al estado de ánimo triste, a permanecer cabizbajo y taciturno. Me encerré a leer, pero aunque llenaba mis días con libros y con los ejercicios del colegio, fue creciendo en mí ese vacío espantoso, algo que experimentaba incluso de un modo físico, parecido a caminar sobre el cordel que pende en la nada, atenazado de abismos. Hubo días que me sentaba en la hierba a llorar, y nada de lo que los monitores y cuidadores me decían lograba apaciguarme.

En la casa de acogida comprendieron que de algún modo somatizaba la ausencia de mis padres. Yo soñaba que jugaba, por fin, con una pelota grande que intentaba abrazar para descubrir que era nada, que estaba hecha de aire, como los lobos que me perseguían también en sueños, amarillos, con dentaduras y ojos crueles, muy distintos a los de Tarzán. Esas fieras desaparecían al tocarme, justo cuando ya casi sobrevenía el brutal mordisco. Agustín, me dijeron cuando cumplí doce años, tus padres estaban peleados con el mundo y un poco furiosos. Tal vez por eso, olvidaban atender bien a tus necesidades. Yo escuché muchas veces este mismo mensaje, pero no acababa de cuadrarme el hecho de que unos padres pudieran ser descuidados con su hijo. Entonces, preguntaba: de todos modos, ¿no puedo saber quiénes son? Lo importante es que nos tienes a nosotros y que debes decirte cada vez que acuda a tu mente el deseo de buscarlos, que es mejor, mucho mejor, no saber nada de ellos.

Solía espiar a los monitores. Para ello me escondía tras una cortina en un cuartito al que a veces entraban para hablar por teléfono, pues por entonces no era tan habitual tener teléfonos móviles. Un día supe, de ese modo, parte de mi historia. Clotilde, en aquel momento, señalaba a Sebas que no era recomendable revelarme toda la verdad. Decía: Agustín debe aceptarlo, le hemos explicado que es como un huérfano, al que pronto adoptarán, pues nadie sabe quiénes eran sus padres. Durante un tiempo mantuvo la fantasía de que eran muy ricos y que pronto vendrían a colmarlo de regalos, pues al parecer, cree él, se perdió caminando por la calle y por eso los policías lo trajeron aquí de manera provisional. Entonces, sin yo esperarlo, Sebas se refirió a cómo le habían quitado la custodia a mis padres, teniendo yo dos años, porque los vecinos dijeron cosas. Tuvieron que venir policías y bomberos y me mandaron directamente a la casa de acogida, con urgencia.

Escuchaba con suma expectación la verdad sin que ellos lo supieran. Decía Clotilde, sólo sabemos que en el juzgado informaron de que no comía ni se bañaba en días, que pasaba mucho tiempo absolutamente abandonado. Su padre era, al parecer, un cantaor flamenco que casi nadie conoce, una ruina de hombre, y la madre murió poco después, en la indigencia.

Yo me tambaleé por detrás de la cortina. Sentí vértigo y náuseas. Como es obvio, los cuidadores me descubrieron en el escondite y rápidamente me abrazaron, besando sonora y contundentemente mi pequeña frente. Yo no era precisamente Oliver Twist, tuve esa suerte.

De un modo inconsciente primero, y después con plena consciencia, asumí que mi materia ha preexistido, y viene de otros, los nervios, la sangre y los huesos, de otro. Cuando ya era casi un adolescente había querido, más allá de la identificación de los nombres de mis padres, saber quién era yo, y rellenar un plomizo vacío. Pero en la edad de la razón sólo hallaba fantasmas. Pensé mucho en ellos. Me los imaginaba. Desde aquel día, ciertamente, no he dejado de tener presente ese lugar perdido, y he temblado ante el rostro desconocido de mi padre, ante su canto acaso tan tenebroso como él mismo. Mi padre. Un hombre que seguramente desgarraba la noche con lastimeros quejíos entre lo patético y lo sublime. Su rostro oscuro, el rostro de una tiniebla, de la penumbra que me ha engendrado, de la penumbra que, acaso, yo soy.

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Cuando me llegó el momento para confesar, me incorporé, como buenamente pude, y contemplé aturdido y avergonzado que las rodillas me temblaban hasta entrechocar. Tenía ya doce años. Había meditado profundamente lo que habría de suceder. Algo me pedía que lo dejara, que no complicara las cosas, pero yo tenía que esclarecer lo que sucedía con mi alma, como fuera. De algún modo, yo tenía sentimientos opuestos, porque ya con esa edad, definir era para mí una tarea ardua llena de equivocaciones, frustraciones y contradicciones. Me sentía como partido a trozos. Les había oído también decir, a mis cuidadores y sin que ellos imaginaran que yo otra vez les escuchaba oculto, que yo era un muchacho muy atípico, que no me daba por rebelarme abiertamente contra el mundo, pero tampoco parecía un joven resignado y apaciguado, era un joven sin demasiada fe, precozmente escéptico. Los libros han acentuado esa actitud, decían, que ya era típica de mí desde muy pequeño, una tendencia a estar solo y a no acabar de trabar relación con nadie de mi entorno.

Fui, pues, hecho un flan al confesionario. El sacerdote confesor era un hombre en torno a los cincuenta y muchos o sesenta años. Yo me arrodillé frente a él, como inflamado de santidad, y comencé a hablar muy bajito, temeroso de que todos se enteraran de la terrible confesión que yo pensaba proclamar justo en esos instantes. Sentí que estaba haciendo algo contra mi voluntad, como movido por una fuerza ajena, y que, horror de horrores, se me escapaban de nuevo unas pocas gotas de orina, hasta el punto de que ya creía estar sintiendo su olor a vinagre. Todo yo temblaba y el sacerdote intentó tranquilizarme, tocarme suavemente en la cabellera, y dirigirse a mí con amabilidad para calmar mi angustia, informándome de que mis pecados serían tan nimios que ya estaban perdonados, que no tenían importancia para Dios, porque todavía eran cosas de niño, porque no había siquiera tenido la oportunidad y la libertad de pecar. Me sugirió que tan solo le admitiera el número de veces que había faltado a la obligación de la misa dominical. Balbuceando, le dije que a menudo me aburría oyendo la misa y que por eso iba poco. Él se carcajeó, para pronto recomponerse y decirme algo que me desubicó, una confesión también, la revelación de que él mismo a veces se aburría diciendo la misa.

Yo proseguí, y comencé mi argumento, es decir, mi confesión: Hay tantas religiones distintas, murmuré, y yo soy católico sólo porque he crecido aquí, en España. Y bien, exclamó con tono cariñoso el cura, que has tenido la fortuna de ser español y por tanto de disfrutar de la religión católica.

Padre, exclamé, y el vértigo, el horror, la tristeza me poseyeron al pronunciar la palabra “padre”, pero no sé, balbuceé y temblé, no sé, porque acaso ha sido una casualidad, y yo soy católico de esa manera, sin haberlo elegido, padre. Él enmudeció unos segundos, para cambiar la expresión y advertirme de que me iba a responder como a una persona mayor; me sugería que pensar, ejercer la razón, forma parte del hombre y de la fe, y que se salva o peca el hombre total, incluyendo su facultad de pensar como imprescindible materia de lo humano y parte de la Creación que en sí es buena. Así que me topé con un cura ilustrado. El cura me dijo afectuoso que yo aplicaba mi razón, lo cual no era malo, y que realmente me ocurrían las dudas porque pensaba la fe. Me dijo él, en una segunda confidencia, que estaba harto de creyentes ignorantes. Pero yo, casi llorando, le solté en un exabrupto que me era imposible creer en Dios; que me confesaba ante Él de que no creía en Él y que era ateo. Ese era mi pecado y mi condena, no creer en Dios.

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¡Vaya tela! Exclamó Morfeo, una historia jocosa, y al punto abrió desmesuradamente la boca en un bostezo lleno de escepticismo, pero también me juró que mientras hubiera pan y vino, habría Dios para él, mientras hubiera mundo. Recordé que de modo increíble era monaguillo, o lo acusaban de serlo, bromeando con el dato inimaginable, con el hecho de que él también fuera ateo y al mismo tiempo ayudara en las misas. Debía de reventar la túnica o lo que fuera que se ponen, la bata esa, de puro gordo. Me pregunto qué conseguiría ayudando en misas, tal vez le pagaban, yo qué sé.

Me había explicado, en ese día de confesiones, que para él lo principal era que sentía como un trance, como cuando se está harto de haber comido y dormido, cuando intuía que aquello podría prolongarse y que estaría así, comiendo y durmiendo por toda una eternidad, en un verde prado eterno. Yo, sin embargo, le comenté que mi anfitrión en ese banquete al que quizás también acudiría era adusto y escéptico, harto de vivir, y que su nombre estaba en la Biblia, como autor de un libro amargo. Sus manjares manifestaban el mérito así como la tristeza de lo único y de lo perecedero. Entonces, miró su reloj y dijo con énfasis que teníamos que hablar de eso largo y tendido, que ahora debía irse a no sé qué fiesta de unos que celebraban algo relacionado con el fútbol. Quedaba, pues, pendiente que yo le confiara quién era el bíblico personaje tan terrible a cuyos aciagos banquetes yo era invitado.

Y entonces, continuó Anastasia: seguro que se fue corriendo, como suele hacer, eso si no da una cabezada en plena conversación, porque es capaz de dormirse como los caballos, de pie, y con una mejilla desbordante y aplastada sobre el muro de turno, apoyado en él, roncando y abriendo la boca enorme para respirar como un mero sumergido en el océano. Curiosamente me recuerda a alguien que en apariencia no tiene que ver con él, no, desde luego, para nada se parecen, pero hay algo en ese acto de dormirse en plena conversación que lo asemeja, diría yo, y no sé tú que opinarás, al Doctor House.

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Un pensamiento en “Dormir como un niño

  1. Pardiez que no me canso de leeros, espero que este humilde comentario, a diferencia de tantos otros, se refleje. No puedo decir más que sois ese bicho raro que a veces odio en su escritura pero que sus destellos literarios me enganchan cual niño a la teta de su nodriza coja.
    No quiero dejar de deciros que cada vez que escucho esta canción me acuerdo de vos: https://m.youtube.com/watch?v=GN3FCxH9TyA
    Gracias a vuesamercé por compartir tantos tragos tintos conmigo, os saluda don Francisco.

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