El alma de los zapatos

El alma de los zapatos

Marcos Santos Gómez

Jamás lo vi reír. Decía tomarse el mundo muy en serio, “como corresponde al hombre cabal”. Era así como él se expresaba, de un modo un tanto insólito. Decía estas cosas solo cuando accedía a hablar “de verdad” con alguien, que casi siempre era yo. Era reservado, de cuerpo y rostro cuadrados, como compuestos con bloques. En su hábil tarea de carnicero, pasaba los días con muda resignación pero guardando un muy correcto trato con los clientes. Con ellos intercambiaba palabras de modo impersonal, como si en realidad, su mente estuviera en otros lugares. Me explicaba, sólo a mí, lo que significa “tomarse el mundo en serio”, que según él consistía en mantener una especie de recogimiento en la vida y en las emociones, una suerte de ascetismo laico. En lo más esencial, era la típica alma inquieta que se ha labrado en soledad y sin un método o disciplina escolar, es decir, un autodidacta. Un autodidacta, adusto y solo.

Su cultura había sido forjada con esfuerzo, en los ratos libres que le dejaba su trabajo. Le tuve, desde niño, gran afecto, cuando mi madre me llevaba a hacer la compra, de su santa mano, y yo parecía absorber el mundo por mi boca abierta siempre como una perenne letra O. Yo era tímido y enfermizo. Un niño triste. Iba con ella de mala gana, porque siempre me aburría soberanamente esperando en cualquier sillita o rincón a que le llegara “la vez”, y después la seguía dando traspiés y colgándome del brazo.

El erudito carnicero, cuando me veía, guiñaba un ojo y siempre, como costumbre antigua, guardaba un libro para mí. En este sentido fue muy generoso y a él debo en gran parte mi afición por leer y el haber dispuesto desde muy pronto, apenas a los doce o trece años, de un excelente caudal bibliográfico: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Stevenson, Joseph Conrad, Walter Scott, Conan Doyle, manuales de todo tipo sobre ciencias, historia, hasta atlas de geografía y etc. Aun no había llegado internet. Pronto me acostumbré a recibir tales obsequios, con la aseveración de que con ellos me regalaba una inmensa felicidad. La paradoja es que él no parecía muy feliz, lo cual adiviné, más mayorcito, cuando le hacía los recados a mi madre y me entretenía en hablar, ya a solas, con él. Era lo que en el lenguaje laboral se denomina un “autónomo” al que, aunque nunca careció de lo indispensable, su trabajo le restaba todo el tiempo que a él le hubiera gustado tener libre para, decía, “las tareas del espíritu”.

Lo vi envejecer, en mis idas y venidas desde la universidad a L., la ciudad de mis padres, donde nací, y donde él tenía su puesto en el mercado. Poco a poco iba aumentando su decadencia, perdió el cabello, engordó y se agigantó el halo de pena que irradiaba. Todo él, siempre era grave… Justo como lo eran sus zapatos. No sabía por qué me había percatado de la seriedad que sus zapatos compartían con él, los que sólo podía contemplar cuando nuestro carnicero abandonaba el puesto y salía afuera del mercado, que era un lugar techado y cerrado. Yo lo observaba y lo estudiaba a fondo. Su ropa ligera, su delantal sanguinolento, sus zapatos. Siempre calzaba, fuera de lugar, unos poco cómodos zapatos negros para vestir formal, afilados, ajustados al pie y rígidos, que brillaban desafiantes todo el rato pues eran sistemáticamente cepillados y lustrados a diario.

Nunca ha tenido para mí gran relevancia la forma de vestir. En el caso del carnicero, los zapatos formales, los que siempre calzaba, eran expresión de su talante, del talante que parecía haberse impuesto, porque aun siendo generalmente un calzado caro, hecho en tierna piel curtida y tintada de contundente negro, constituía, según llegué a interpretar en una de mis idas y venidas de la universidad, la impronta del distanciamiento objetivo, o sea, era símbolo y carácter de su alma pretenciosamente científica y de la distancia que deseaba guardar con el mundo y con los demás hombres.

En cuanto a mis conversaciones, he de admitir que tenía razón en casi todo lo que me decía, seguramente, pero erraba a causa de su melancolía, que le tiznaba la percepción.

Cuando vine a L., hará una semana, supe que él estaba muy enfermo. Había cerrado el puesto en el mercado y yacía en la penumbra de su casa, sobre la cama vieja, muy estrecha para él, con su corpachón desmesurado, en un lóbrego dormitorio, en la casa llena de muebles rústicos, y sobre todo, de estanterías funcionales y sobrias, donde se apilaban cientos, seguramente varios miles, de libros. Cuando entré en su casa me estremecí. Había allí como flotando en la atmósfera una tristeza insufrible, acentuada por el brutal acontecimiento de su agonía. Intercambiamos algunas pocas palabras, balbucientes ambos. Sólo creo necesario repetir aquí una curiosa frase, un deseo que, seguramente, cumplió escrupulosamente: “Hay que morir sin mover un solo músculo de la cara”. En fin, terrible.

En un momento en que sólo nos hallábamos él y yo en la casa, aproveché que cerraba los ojos, de inmensas pestañas, mansa y quedamente, para mirar bien y observar el entorno. Entonces vi el par de lustrosos zapatos, brillantes y orgullosamente limpios, pegados a la pared a un lado del lecho. Estos zapatos que él ya nunca calzaría aguardaban allí, como si lloraran en su inactividad, con otros tantos que asistían a la agonía.

Casualmente, yo había ido a un teatrillo, en L., unos días antes. Era una función, en la sala para conciertos y representaciones de la Casa de la Cultura, obra de unos ingeniosos payasos, unos cuantos de esos titirimundi medio hippies que recorren España con sus espectáculos, que parecen provenir de un tiempo que ellos prolongan con idealismo.

Como yo, esos teatreros se habían fijado en la elocuencia de los zapatos, que siempre son y dicen más de lo que parecen, pues no son simples cosas, sino evocaciones condensadas, una suerte de precipitación del alma de quien los posee o poseyó. Son una reducción caricaturesca de la persona que los calza. Me reí a más no poder con la genial ocurrencia en que se basaba la representación teatral que parecía partir de cierto número de la película La quimera del oro, de Charles Chaplin. Los zapatos y las botas parecen tener vida, como digo, cuando yacen sin el dueño. Su ridiculez cuando nadie se los pone, su paciente letargo, los convierte en objetos quejumbrosos, pero alegres cual pícaros duendecillos si cobran vida por sí mismos.

La obra que representaron fue toda en sí una auténtica carcajada. Con un fondo negro en el escenario, una iluminación que sólo apuntaba a unos palmos del suelo, y los actores también cuidadosamente vestidos con ropa negra y pintadas manos y caras también de negro, comenzaron a desfilar ¡zapatos! Los actores, invisibles en la oscuridad, que serían unos diez o incluso quince individuos, daban vida propia y movimiento a unos zapatos, que eran manejados, como marionetas, por las manos de los cómicos que se hallaban introducidas en el habitáculo pensado para los pies. Así, unos detrás de otros, parecían desfilar, con pasos lentos, acompañado todo de un canto chocarrero que desde la tiniebla interpretaban los actores a capella, un canto ridículo, muy estúpido, que sólo pronunciaba tonterías y quejas grotescas de un modo similar al pollo que es asado mientras se lamenta de la brevedad de la vida y de los avatares impredecibles de la fortuna, dando vueltas en la parrilla ensartado, que en Carmina Burana de Carl Orff nos es presentado. Recuerdo que entre las distintas piezas musicales que interpretaron estaba el conocido y antiguo son publicitario de las muñecas de Famosa, que marchan juntas al portal por Navidad. Esas muñecas como espantosos autómatas que también, caminaban y se iban acercando a la cámara amenazadoramente. Pero la marcha de los zapatos en esta función, justo después de haber visitado a mi amigo el carnicero, era mejor, no eran horribles, sino que componían una pura comedia. Eran zapatos que parecían palpitar, tiernos y en el fondo frágiles, como las personas a las que pertenecieron.

Mi mentor carnicero me había enseñado a leer de veras. Sólo hablaba conmigo de argumentos y personajes, de tramas, autores y, cuando yo ya era más crecido, ediciones y traducciones buenas. Él siempre decía que leía para aprehender la vida, pero a mí me daba la impresión de que a él se le estuvo escapando la vida de las propias manos durante más de sesenta años. Nunca un chiste, ni una broma, siempre el hosco envaramiento y el tono más que pedante que insiste en no decir nada de lo que no sean libros, pero que, en el escenario de la carnicería se tornaba, en sí, una suerte de broma.

Después de asistir a la referida función de “teatro de lo ridículo”, entre la carcajada y la sopresa, con zapatos y botines que desfilaban, que hacían cabriolas, persiguiéndose y amándose con obscenidad, me estuvieron dando silenciosos ataques de risa, aun varias horas después del final de la función. Si uno lo piensa bien y sabe mirar, casi todos los accesorios humanos, diría que incluso todas las cosas, son en extremo divertidas.

Al finalizar la función, dejaron en singular desorden todos los zapatos, apilados, a un lado del escenario, como una estúpida pirámide.

Conmocionado por la broma, me puse a cocinar en mi casa. Me venían a la memoria sin cesar fogonazos de tan curiosa tontería vista en el teatro. Y fue de este modo que se me ocurrió hacer lo que diré a continuación, cuando tuve una conmovedora iluminación.

Me dirigí a casa de mi pobre maestro enfermo y ya, me decían, delirante. Allí permanecían, a su vera, dos mujeres que solían ir a comprar carne en su puesto del mercado. Entré en el dormitorio. Las dos mujeres, de edad avanzada, no paraban de cacarear, en un diálogo que por su tono y contenido estaba absurdamente fuera de lugar. La soledad del lecho y su sufriente carga era intensamente obvia. Allí sobrábamos todos, pues moría un hombre que siempre quiso vivir solo. Y esas dos gallinas, vestidas de negro, sin importarle un pimiento la función que allí se estaba representando, la última de las funciones de quien en muy breve lapso yacería difunto. Todos me dieron pena, una punzante lástima, que en un cierto salto psíquico extendía a mí mismo y a la humanidad entera.

Presto me puse a buscar aquello para lo que había acudido allí de nuevo. Estaban, todavía en su rincón, igual de lustrosos y brillantes que siempre. Sus dos impecables zapatos cabizbajos y también muriendo de tristeza. Pero yo ya sabía cómo remediar tanta pena, cómo enmendar toda una vida. Para eso mismo había retornado al lúgubre dormitorio. Solo tuve que callar y esperar a que las viejas se fueran alegando mil excusas. Me quedé solo, con él, que en cualquier momento podía expirar. Se alternaban con fuerza en mi corazón una pena persistente pero también una rara sensación de belleza. Le dije, sabiendo que no podía ya escuchar nada, acariciando su frente anciana, que iba a ser feliz, muy feliz, por fin, que yo me haría cargo de ello.

Por suerte todavía se representaba una nueva función en el teatrillo. Aguanté una más, con lágrimas en los ojos de risa y pena, sintiendo la extrañísima seguridad de que él iba a ser feliz, de que por fin gozaría del manso solaz que a todos nos debería aguardar. Seguro. Llevaba los dos zapatos dentro de una bolsa de plástico. Esperé con paciencia. Y lo hice cuando tuve la fortuna de disponer de unos segundos, ya con todo el público fuera de la sala y sin los actores, que habían salido del escenario haciendo mutis tras el aluvión de aplausos. Habían abandonado a sus protagonistas apilados en un rincón, helados en el postrer acto de la función, que había consistido en un tumulto orgiástico. Tomé los dos zapatos de quien yo no era capaz de asegurar que fuese realmente mi amigo, ni que alguna vez tuviera “seres queridos” y los lancé a la maraña de botines, sandalias, zapatos, playeras y botazas. Allí los dejé, amándose. No puedo asegurar si los actores se percataron después de la presencia de ambos polizones en la turba y si así fue, lo cual era harto probable, qué habían hecho con el singular par de zapatitos. Quiero creer, y rezo porque así sea, que se hallan en alguna otra ciudad desfilando con todos los demás, acompasados a ridículas melodías, en una disparatada procesión, ebrios de buen humor, contagiando su delirio absurdo al público alborozado.

Dormir como un niño

Dormir como un niño
Marcos Santos Gómez

Aguardaba en la iglesia, pálido en la penumbra, sin dejar de revolverme, sentado sobre un banco próximo al confesionario, soportando a duras penas la irrefrenable necesidad de orinar. Inútilmente, porque contra mi voluntad se me escapaban algunas gotitas, lo que aumentaba mi pavor. Temía que no ya pudiese aguantar más y que me viniera abajo, orinándome encima, para llenar de una culpable vergüenza y oprobio mi encuentro con la santidad. Antes de llegar a esta situación, había leído repetidas veces una Biblia para niños, con ilustraciones y textos adaptados. De hecho, pasé mi infancia leyendo esa Biblia. Me fascinaban sus terribles admoniciones, sus imágenes preñadas de significados a menudo incomprensibles y el sensual esplendor de cuanto se narraba, pero en especial la familiaridad de un Dios que no permanecía callado. Y yo tentaba a ese Dios, colocando vasos sobre mi mesita del dormitorio, pidiéndole que si existía de veras, los cambiara de posición durante la noche, de un modo milagroso, para decidirme a creer en Él. Hasta aquel día de mi más fervorosa confesión, nunca había tenido constancia de que ese Dios me hiciera caso en ningún momento; lamentaba que no hubiera tenido a bien regalarme esa prueba fácil de realizar que le pedía, para el convencimiento cabal y la obtención de la fe bendita. Que Dios me regalara la evidencia como diciendo Pues claro que existo, puedes estar seguro y descansar de tu angustia. Una fe clara y obvia para sanar el pasmo que ya de niño me abrumaba, el doloroso desconcierto ante la imperfección del Cosmos y la desdicha humana. Por eso, en mi contacto con lo divino mediante el sacramento de la confesión, que era el que me hacía sentir más cerca el aura de lo excelso, era un puro nerviosismo, una agitación física y anímica, ante la duda de si sería capaz de explicarme. Porque aquel día tenía algo muy especial que confesar, una culpa obstinada que proclamar y reconocerle al propio Dios en su sordera.

Aunque me habían dicho que llamara “padre” al sacerdote, no sentía nada ante esa palabra, o, por el contrario, lo sentía todo. No sabía si el cura podría estar a la altura de un término tan conmovedor. Me estremecía la palabra “padre” dicha allí, tornada un nombre para asir realidades inabarcables. El Padre se me antojaba elevadísimo, pero yo no lo quería así, sino que habría deseado tenerlo muy cerca, y sentir el aliento de su boca con aroma de tabaco, el tacto de una muñeca de adulta firmeza o de un pecho peludo, caliente, vivo. Anhelaba saber verdaderamente lo que significa “padre”, sin que ello me condujera a una amplitud sobrehumana. Yo lo necesitaba. Los trabajadores de la casa de acogida parecían tenerme aprecio y me acompañaban, a su manera, en mis infantiles disquisiciones de niño triste. A ti no te hace falta tener padres, cariño, porque tus padres somos nosotros, me repetía Clotilde. Estaba también Sebas, con gafas plateadas y coleta, un psicólogo que me conocía mucho, al menos esa era mi impresión.

A los niños internos no nos dejaban solos un momento, vigilaban nuestros juegos pero eran muy bondadosos. Respecto a mí, se daban a menudo de bruces con esa necesidad mía de poner cara, olor y tacto a algo que no lo tenía, como si echara de menos un objeto perdido, pero incluso más que esto mismo, una especie de tensión, de “no” insistente, recorriendo mis años en la casa de acogida. Y la casualidad de que a Dios también hubiera que decirle “Padre”.

Sebas, sabiendo mi tormento, me sentó sobre su mesa del despacho, para bromear, preguntándome por mis amiguitos, por los otros niños, para al poco ir al grano, porque ya conocía mi amarga curiosidad, mi luctuoso interés por concretar esos rostros vacíos que determinaban mi jovencísima existencia. Yo no podía recordar esas caras. Por eso quería verlos aunque fuera en fotografías, para fijarlos definitivamente en mí; le dije esta idea profunda con un lenguaje infantil. Sebas, entonces, se puso serio, incluso melancólico y me cogió de las manos, mirándome con infinita lástima, pero calló. Agustín, me interpeló, Tu familia somos nosotros, y Tarzán, este adorable mastín que excava en el jardín y al que tenemos que regañar cuando se come las moras y destroza los rosales que ahora podamos, para que broten espléndidas las rosas dentro de unos meses. Todo esto es tu familia. Todo esto. Observa a los gorriones que vuelan y nos visitan, sin miedo, sin deber nada a nadie, como agradecidos de ser, porque también ellos son tu familia. Y no te olvides de Willy, que nos persigue dando saltitos, y nos mira infinitamente manso con los ojos muy redondos, porque es pura inocencia. Aquí tienes de todo para jugar. Eres un chico aplicado y responsable, te van muy bien las clases, eres serio y adoras leer. Incluso prefieres leer antes que jugar al fútbol, y mientras yo esté aquí siempre tendrás un buen libro a mano, te lo prometo.

Pero había algo esencial que sentía que me faltaba. Los demás niños, en el centro de acogida, forjaban amistades o coaliciones muy sólidas para los juegos. Yo, tras la marcha de Dani, mi mejor amigo, torné al estado de ánimo triste, a permanecer cabizbajo y taciturno. Me encerré a leer, pero aunque llenaba mis días con libros y con los ejercicios del colegio, fue creciendo en mí ese vacío espantoso, algo que experimentaba incluso de un modo físico, parecido a caminar sobre el cordel que pende en la nada, atenazado de abismos. Hubo días que me sentaba en la hierba a llorar, y nada de lo que los monitores y cuidadores me decían lograba apaciguarme.

En la casa de acogida comprendieron que de algún modo somatizaba la ausencia de mis padres. Yo soñaba que jugaba, por fin, con una pelota grande que intentaba abrazar para descubrir que era nada, que estaba hecha de aire, como los lobos que me perseguían también en sueños, amarillos, con dentaduras y ojos crueles, muy distintos a los de Tarzán. Esas fieras desaparecían al tocarme, justo cuando ya casi sobrevenía el brutal mordisco. Agustín, me dijeron cuando cumplí doce años, tus padres estaban peleados con el mundo y un poco furiosos. Tal vez por eso, olvidaban atender bien a tus necesidades. Yo escuché muchas veces este mismo mensaje, pero no acababa de cuadrarme el hecho de que unos padres pudieran ser descuidados con su hijo. Entonces, preguntaba: de todos modos, ¿no puedo saber quiénes son? Lo importante es que nos tienes a nosotros y que debes decirte cada vez que acuda a tu mente el deseo de buscarlos, que es mejor, mucho mejor, no saber nada de ellos.

Solía espiar a los monitores. Para ello me escondía tras una cortina en un cuartito al que a veces entraban para hablar por teléfono, pues por entonces no era tan habitual tener teléfonos móviles. Un día supe, de ese modo, parte de mi historia. Clotilde, en aquel momento, señalaba a Sebas que no era recomendable revelarme toda la verdad. Decía: Agustín debe aceptarlo, le hemos explicado que es como un huérfano, al que pronto adoptarán, pues nadie sabe quiénes eran sus padres. Durante un tiempo mantuvo la fantasía de que eran muy ricos y que pronto vendrían a colmarlo de regalos, pues al parecer, cree él, se perdió caminando por la calle y por eso los policías lo trajeron aquí de manera provisional. Entonces, sin yo esperarlo, Sebas se refirió a cómo le habían quitado la custodia a mis padres, teniendo yo dos años, porque los vecinos dijeron cosas. Tuvieron que venir policías y bomberos y me mandaron directamente a la casa de acogida, con urgencia.

Escuchaba con suma expectación la verdad sin que ellos lo supieran. Decía Clotilde, sólo sabemos que en el juzgado informaron de que no comía ni se bañaba en días, que pasaba mucho tiempo absolutamente abandonado. Su padre era, al parecer, un cantaor flamenco que casi nadie conoce, una ruina de hombre, y la madre murió poco después, en la indigencia.

Yo me tambaleé por detrás de la cortina. Sentí vértigo y náuseas. Como es obvio, los cuidadores me descubrieron en el escondite y rápidamente me abrazaron, besando sonora y contundentemente mi pequeña frente. Yo no era precisamente Oliver Twist, tuve esa suerte.

De un modo inconsciente primero, y después con plena consciencia, asumí que mi materia ha preexistido, y viene de otros, los nervios, la sangre y los huesos, de otro. Cuando ya era casi un adolescente había querido, más allá de la identificación de los nombres de mis padres, saber quién era yo, y rellenar un plomizo vacío. Pero en la edad de la razón sólo hallaba fantasmas. Pensé mucho en ellos. Me los imaginaba. Desde aquel día, ciertamente, no he dejado de tener presente ese lugar perdido, y he temblado ante el rostro desconocido de mi padre, ante su canto acaso tan tenebroso como él mismo. Mi padre. Un hombre que seguramente desgarraba la noche con lastimeros quejíos entre lo patético y lo sublime. Su rostro oscuro, el rostro de una tiniebla, de la penumbra que me ha engendrado, de la penumbra que, acaso, yo soy.

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Cuando me llegó el momento para confesar, me incorporé, como buenamente pude, y contemplé aturdido y avergonzado que las rodillas me temblaban hasta entrechocar. Tenía ya doce años. Había meditado profundamente lo que habría de suceder. Algo me pedía que lo dejara, que no complicara las cosas, pero yo tenía que esclarecer lo que sucedía con mi alma, como fuera. De algún modo, yo tenía sentimientos opuestos, porque ya con esa edad, definir era para mí una tarea ardua llena de equivocaciones, frustraciones y contradicciones. Me sentía como partido a trozos. Les había oído también decir, a mis cuidadores y sin que ellos imaginaran que yo otra vez les escuchaba oculto, que yo era un muchacho muy atípico, que no me daba por rebelarme abiertamente contra el mundo, pero tampoco parecía un joven resignado y apaciguado, era un joven sin demasiada fe, precozmente escéptico. Los libros han acentuado esa actitud, decían, que ya era típica de mí desde muy pequeño, una tendencia a estar solo y a no acabar de trabar relación con nadie de mi entorno.

Fui, pues, hecho un flan al confesionario. El sacerdote confesor era un hombre en torno a los cincuenta y muchos o sesenta años. Yo me arrodillé frente a él, como inflamado de santidad, y comencé a hablar muy bajito, temeroso de que todos se enteraran de la terrible confesión que yo pensaba proclamar justo en esos instantes. Sentí que estaba haciendo algo contra mi voluntad, como movido por una fuerza ajena, y que, horror de horrores, se me escapaban de nuevo unas pocas gotas de orina, hasta el punto de que ya creía estar sintiendo su olor a vinagre. Todo yo temblaba y el sacerdote intentó tranquilizarme, tocarme suavemente en la cabellera, y dirigirse a mí con amabilidad para calmar mi angustia, informándome de que mis pecados serían tan nimios que ya estaban perdonados, que no tenían importancia para Dios, porque todavía eran cosas de niño, porque no había siquiera tenido la oportunidad y la libertad de pecar. Me sugirió que tan solo le admitiera el número de veces que había faltado a la obligación de la misa dominical. Balbuceando, le dije que a menudo me aburría oyendo la misa y que por eso iba poco. Él se carcajeó, para pronto recomponerse y decirme algo que me desubicó, una confesión también, la revelación de que él mismo a veces se aburría diciendo la misa.

Yo proseguí, y comencé mi argumento, es decir, mi confesión: Hay tantas religiones distintas, murmuré, y yo soy católico sólo porque he crecido aquí, en España. Y bien, exclamó con tono cariñoso el cura, que has tenido la fortuna de ser español y por tanto de disfrutar de la religión católica.

Padre, exclamé, y el vértigo, el horror, la tristeza me poseyeron al pronunciar la palabra “padre”, pero no sé, balbuceé y temblé, no sé, porque acaso ha sido una casualidad, y yo soy católico de esa manera, sin haberlo elegido, padre. Él enmudeció unos segundos, para cambiar la expresión y advertirme de que me iba a responder como a una persona mayor; me sugería que pensar, ejercer la razón, forma parte del hombre y de la fe, y que se salva o peca el hombre total, incluyendo su facultad de pensar como imprescindible materia de lo humano y parte de la Creación que en sí es buena. Así que me topé con un cura ilustrado. El cura me dijo afectuoso que yo aplicaba mi razón, lo cual no era malo, y que realmente me ocurrían las dudas porque pensaba la fe. Me dijo él, en una segunda confidencia, que estaba harto de creyentes ignorantes. Pero yo, casi llorando, le solté en un exabrupto que me era imposible creer en Dios; que me confesaba ante Él de que no creía en Él y que era ateo. Ese era mi pecado y mi condena, no creer en Dios.

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¡Vaya tela! Exclamó Morfeo, una historia jocosa, y al punto abrió desmesuradamente la boca en un bostezo lleno de escepticismo, pero también me juró que mientras hubiera pan y vino, habría Dios para él, mientras hubiera mundo. Recordé que de modo increíble era monaguillo, o lo acusaban de serlo, bromeando con el dato inimaginable, con el hecho de que él también fuera ateo y al mismo tiempo ayudara en las misas. Debía de reventar la túnica o lo que fuera que se ponen, la bata esa, de puro gordo. Me pregunto qué conseguiría ayudando en misas, tal vez le pagaban, yo qué sé.

Me había explicado, en ese día de confesiones, que para él lo principal era que sentía como un trance, como cuando se está harto de haber comido y dormido, cuando intuía que aquello podría prolongarse y que estaría así, comiendo y durmiendo por toda una eternidad, en un verde prado eterno. Yo, sin embargo, le comenté que mi anfitrión en ese banquete al que quizás también acudiría era adusto y escéptico, harto de vivir, y que su nombre estaba en la Biblia, como autor de un libro amargo. Sus manjares manifestaban el mérito así como la tristeza de lo único y de lo perecedero. Entonces, miró su reloj y dijo con énfasis que teníamos que hablar de eso largo y tendido, que ahora debía irse a no sé qué fiesta de unos que celebraban algo relacionado con el fútbol. Quedaba, pues, pendiente que yo le confiara quién era el bíblico personaje tan terrible a cuyos aciagos banquetes yo era invitado.

Y entonces, continuó Anastasia: seguro que se fue corriendo, como suele hacer, eso si no da una cabezada en plena conversación, porque es capaz de dormirse como los caballos, de pie, y con una mejilla desbordante y aplastada sobre el muro de turno, apoyado en él, roncando y abriendo la boca enorme para respirar como un mero sumergido en el océano. Curiosamente me recuerda a alguien que en apariencia no tiene que ver con él, no, desde luego, para nada se parecen, pero hay algo en ese acto de dormirse en plena conversación que lo asemeja, diría yo, y no sé tú que opinarás, al Doctor House.