Pesadilla


Pesadilla
Marcos Santos Gómez

Hay una frontera que no deberíamos cruzar, y él, se lamentó, la había traspasado. Sentía miedo de lo que había hecho y arrepentimiento por haberse dejado nublar el entendimiento, por haber cedido de modo imperdonable a una fugaz y peligrosa ilusión. Y ahora sólo cabía terror, terror, terror. Quizás ya era irreparable. Casi todo, pensó, debería estar prohibido. Por lo menos, él debería atarse las manos antes que teclear a la ligera textos, mensajes, propuestas que eran salvajemente contrarias a su paz. Se revolvió arrepentido en la cama, aunque con una extravagante mezcla de sentimientos que le acuciaban como avispas enfurecidas. Mira que lo pensó a fondo. Lamentablemente tenía que admitir que no era su razón precisamente lo que había triunfado. Había actuado, una vez más, con una impulsividad casi criminal, y sólo Dios sabía en qué mundo se había metido, qué atentado contra sí mismo había cometido, porque en definitiva era él quien salía malparado. Mil veces se había dicho que internet era peligroso, que había que tener una prudencia que él olvidaba de continuo, y que visto lo visto, era mejor no trabar contacto con nadie, ni comprar y ni siquiera jugar en red. Todo, lo más inocente, puede constituir una grave opción, y una vez más había transitado el lugar por donde sólo podía transitarse con pies de plomo. ¿Por qué? ¿Qué le había sugerido esa maldita película? ¿Por qué había dado con ella? ¿Por qué la había visto? Pero, ¡demonios!, no era para tanto. No podía sucederle nada, y todo era endiabladamente falso, producto de su mente, del deseo desatado cuando la vio. Un afán descontrolado. Le gustaba, oh, Dios, le gustaba. Pero no, no podía ser.

Había accedido al enlace tras una inocente, se repetía a sí mismo, ¡inocente! búsqueda en google. Sólo había querido nutrirse de horror, pero de un horror artístico, pues en el mundo del arte todo quedaba en el plano del arte, y, como todos saben, la ficción es una bella mentira, y cuando uno ve la película o ha leído una novela, retorna a la realidad, donde cómodamente asiste a una rutina bendita, a un sosiego y una paz que por encima de todo había que proteger. No, ver una película no significa asumir que uno suscribe su moral, su estética, su guión. Todo es ficción, nada más que ficción.

Que aquella película fuera algo más, en fin, ¡quién podía imaginarlo! Ya sabemos que las escenas se ruedan con escepticismo, se decía afiebrado, fuera de sí. Nada de lo que sucede es real. El gore es obviamente irreal, grotesco. La película era un exceso, pero no en la abundancia de sangre o tripas, sino, no acababa de definirlo, en algo sutil. Había algo raro en esa película, una burda anormalidad. La historia era inverosímil, un pastiche de terror demasiado obvio. Pero había sido tan perturbador, fue su visionado tan extraño, porque ellos, Dios mío, parecían disfrutar, los actores y las actrices. Sin duda estaban todos locos. Yo aguanté, se dijo, como he aguantado otras veces filmes deplorables, auténticas exageraciones. Pero en esta película, ellos, Dios mío, parecían gozar tanto. ¿Cómo es posible? Pero la manifiesta inverosimilitud de este género de arte actúa como un antídoto. Porque en el arte todo es…broma. ¿Quién va a discutirlo?

Lo aguantó todo y la vio entera. Se imbuyó de las prolongadas agonías, de las ominosas desnudeces de los cuerpos maltratados, de un lúbrico sufrimiento. A ratos tenía que entrecerrar los ojos y repetirse que nadie podía hacer eso en serio y menos disfrutar así. Es obvio, concluyó con pesadumbre, que están locos. Pero ella era una tiniebla, una amargura, oh, Dios mío, exclamaba, un horror tan terso, con una ostensible suavidad que traspasaba la pantalla, que él podía tocar y acariciar en su dulce tormento. Todo era tan atrevido, los límites tan desdibujados, de una ambigüedad extraña, de una oscuridad deliciosa, de una mansa insania, tan natural, porque la película hacía natural a la locura, a la mismísima locura. Él, sin duda está loco, sólo había que mirarle la expresión de la cara, sus duras arrugas, el siniestro cabello lacio sin arreglo alguno que a veces le cubría gran parte de la cara… y sus ojos crueles, se repetía. Un loco, un psicópata, que echa para atrás, que no escogerías jamás como interlocutor o amigo. Un hombre peligroso al que le gustaban esos horrores que cometía sin el menor oprobio ni escrúpulo, sin la vergüenza que todo hombre debe guardar ante algo tan serio como es la muerte y el dolor. Porque lo cierto es que ahí todos disfrutaban, se repitió, las escenas eran absurdas, como si todo se encaminara a una grosera pornografía de cuerpos lacerados, de prolongadísimos y refinados sufrimientos. Allí no había sólo arte, y todo apuntaba a que era más que arte, a que era un producto de enfermos, de auténticos enfermos regodeándose en las más oscuras atrocidades.

Ahora sé que lo peor se avecina, se confesó espantado. Si me hubiera limitado a ver la película, se dijo con amargura. Pero no, no fue capaz, porque aquello lo perturbó terriblemente, y sentía una comezón que jamás había sentido, que le impulsaba a saber, a saber más. Tenía que averiguar quiénes eran, cómo sobrellevaban esa inenarrable perversión. No había guión, en realidad no había un plan ni rastro de elevación en ese aborto artístico, y todo era un regodeo demasiado primario para ser… falso. Disfrutaban, disfrutaban de veras.

Y entonces había profanado el secreto. ¿Cómo había osado? ¿Por qué se había aventurado a ir tan lejos? ¿Por qué no respetó la frontera, la frontera que jamás, bajo ningún concepto, era preciso traspasar? No, había ido muy lejos, demasiado. Se había atrevido a escribirles, a ellos dos, a esa pareja diabólica. No es que quisiera nada en particular, tan sólo era curiosidad, sí, pura curiosidad. Con un interés objetivo, estrictamente científico, por ansia de conocimiento, quería saber cómo eran en realidad, cómo. Y sólo había sido, por su parte, una oferta de amistad, una propuesta estrictamente social, fraternal. Porque él los compadecía. A ambos, diabólicos, segregados tristemente de la normalidad, víctimas de tan viles gustos, sobrellevando su error como si nada, a duras penas integrados en el mundo… normal.

Y ahí había quedado su propuesta, sobrevolando el éter, levitando en silencio como un ángel dormido. Ahora sólo cabía esperar. Era inútil, temió, echarse atrás. Solo restaba soportar la tensa espera, la incertidumbre, que ellos… aceptaran su desafío, su ansia de conocimiento; pero sólo para experimentar, para tantear, para saber si… o hasta qué punto. No, no lo tenía claro. Pero de nada valía ya arrepentirse. Estaba seguro de que ellos ya sabían, de que les había llegado el mensaje, un simple mensaje, una proposición a la que debían de estar predispuestos, un juego inocente, una sencilla nadería. Un juego, una película, sólo una película.

Pero ¿y si estaban verdaderamente locos?, se preguntó. Ya lo habrían leído y se habrían mofado de él, se habrían mirado cómplices, con esos ojos de lobos silvestres, de jungla, de cobra escupidora. Sí, se habían dicho todo sin palabras, asintiendo el uno y la otra, como dos tarántulas, como dos bestias, porque en la película aparecían, de hecho, tarántulas y siniestras telarañas, todo mórbido e irreal. Irreal.

Es posible, repetía como una monótona letanía, como una reiterativa salmodia, que se hubieran simplemente reído, que lo hubieran tomado a él por el loco, como un estúpido cretino, como un tonto que se lo había creído todo, tomándose al pie de la letra lo que eran meras gesticulaciones de actores, mera invención de director y guionista. Una sombra, un vacío. Pero los vampiros no se limitaban a morder salvajemente en esa película, y hacían cosas, ¡tales cosas! Por eso había sentido unas ganas mustias, cobardes pero decididas, que le habían hecho contactar con ellos, o, por lo menos, lanzar el anzuelo. ¿Habían picado? Lo pensó, meditó y rumió. ¡Sí!, se dijo. No habría sucedido si no lo supieran, si no lo hubieran producido con malas artes, con su magia de chupasangres. Porque nada, absolutamente nada, podía explicarlo. ¡Nada! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Por qué, si no, había tenido esas horrendas pesadillas? ¿Cómo era posible que le hubieran acosado en su sueño? Los dos, graves y dementes, uno y la otra, al pie de su mismo lecho, por turno, vejándole, haciéndolo palpitar de miedo, sí, de miedo puro. Porque no había sido agradable, en absoluto. Había sufrido mucho. No había sido ningún juego, ellos le habían hecho gritar, o mejor dicho, intentar modular y pronunciar un imposible grito de socorro, en medio de una mortal parálisis, la demencial petición de auxilio que apenas había podido arrojar, que parecía detenerse en su garganta, mientras él, de pie, vestido de gala, con sus ojos perturbadores, los ojos de un loco capaz de hacer lo peor, de terminar con uno a distancia, en sueños, en noches de retorcidos espasmos, de violentos estertores en la lucha para despertar, para no continuar un sueño, o mejor dicho, pesadilla, que no era, desde luego, ninguna broma, matar, matar de veras. Así de simple. Ambos eran capaces de ello, sin duda.

Habían traspasado océanos de tiempo para cercenar su vida, ni más ni menos. Ahora sabía a ciencia cierta que la película reflejaba una realidad, que el deseo es infinitamente perverso. Ellos habían leído el mensaje y habían sonreído, habían sabido que tenían una nueva víctima para su juego enfermizo, para su ponzoña, para su diabólica demencia. Le habían atrapado, se dijo, y juró que saldría de esta, que aunque el daño ya estaba hecho y la frontera traspasada, era absurdo que llegaran a tomarse tanto interés por él, un mero científico, un aprendiz voraz, un coleccionista de experiencias. Pero ellos habían ido siempre por delante. Seguro que le estaban esperando. Necesitaban un nombre, un simple dato, alguien que se atreviera y osara. Le habían esperado y ahora gozaban. Todo había sido una ironía, un juego grotesco. Nadie quería realmente pensar que iban en serio, que serían capaces de velar su sueño, de hacerle sentir la angustia de la atroz asfixia así, de lejos, a distancia, desde sus nauseabundos rincones. Y todo no había hecho más que empezar. No le llegaba la sangre a la cabeza, de hecho, se sentía débil, como si algo le hubiera sorbido el encarnado fluido vital. Y no le gustaba, no, que aquello fuera en serio.

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