Una parodia muy seria


Una parodia muy seria

Marcos Santos Gómez

Él era alguien dentro de una cadena cuyo horror solo a él afectaba. Había devorado cientos de novelas, novelas policiacas, pero también la otrora llamada gran literatura, con especial énfasis en los clásicos del siglo XIX cuyos perturbadores folletines repasaba como un loco. El mayor estremecimiento lo había padecido con Dostoievski, de quien le había impresionado con hondura la novela Los hermanos Karamazov. Leía porque sabía que el mundo de símbolos de la literatura supera al mundo originario. Mas por eso mismo, prohibía y censuraba.

Cuando algo estaba censurado, una obra concreta, en este nuevo Eón, nadie se atrevía a leerla, con el terror semejante al que dejó intacto el cáliz de oro y de piedras preciosas que ordenó Vlad el Empalador colocar donde pudiera ser robado por cualquiera, sin que nadie en todo el reino se atreviera ni siquiera a acercarse. Un horror así, primario, del que emanaban dolores, pero desde el cual se expandía también una satisfacción inimaginable, una bondadosa mansedumbre como la experimentada por el niño limpio y alimentado que descansa en su cuna perfumada sobre almohadones mullidos.

Él era tremendo y terrible. Por supuesto, lo sabía y ejercía como Jefe de verdugos, de las fuerzas del orden que garantizaban la seguridad que había tardado siglos en conquistarse, en una Sevilla que sentía vivir en un nuevo esplendor. Y era eso lo que el Gran Jefe de verdugos aseguraba. El precio fue que vio morir espiritualmente a los hombres, irse achicando sus vidas y sus almas en una felicidad de esclavo que en esos momentos sólo él y unos pocos mandatarios conocían hasta el fondo. No había más remedio que prohibir. Él hacía callar, todos literalmente enmudecían a su paso, algunos se inclinaban y mezclaban el miedo con el amor en las caras espantadas. Todos rehusaban acercarse a los libros, pues amaban su advertencia, como algunos visionarios ya habían anticipado que ocurriría, quienes habían expresado lo que estaba destinado a florecer e inscrito como un sello candente en el alma de todos. No había más remedio. Los plácidos ciudadanos debieron acatar, en su momento, el impávido destino de una abominación, felizmente secreta, que él portaba como un estigma, cuya extensión sólo él conocía en toda su desmesura. Y por fuera era un hielo en cuyo interior estaba el fuego invisible.

Había sido informado por sus subalternos. Era un individuo que parecía provenir de otra ciudad, lo cual ya estaba en sí prohibido. Nadie debía desplazarse de una ciudad a otra. Pero además platicaba en la calle con todos, lleno de elocuencia, lo que había motivado un cierto desorden que en principio no era peligroso pero que, le decía su olfato, iría a más. Los hombres hacían un corro en torno a él. ¿Y sólo habla? Preguntó a sus subalternos, y éstos le respondían que los ciudadanos decían que habían sucedido hechos extraordinarios, como éxtasis repentinos. Debía averiguarse inmediatamente quién era, pero los subalternos le comunicaron que no constaba en ninguna base de datos, que parecía provenir de otro mundo. Viste con harapos, le dijeron, no parece violento, aunque todo indica que es como un profeta, habla como nadie es capaz de hablar. Y todos le imploran alucinados, relataban, y él consuela y promete. Aquello debía ser asumido por él mismo en persona, decidió el Jefe principal, así que ordenó que le condujeran a la plaza del Altozano, a la orilla del Guadalquivir, en la entrada al barrio de Triana. Fue transportado entre sirenas que a quienes poblaban las calles estremecían, cayendo convulsos de rodillas a su paso.

Fascinados por su bondad, muchos rodeaban al extraño. ¿Milagros? Preguntó retóricamente el Jefe de verdugos, ¿cómo que hace milagros? Y se acercó, al tiempo que la muchedumbre se deshizo, huyendo todos en cuanto lo vieron venir. Él ordenó que lo detuvieran inmediatamente y lo condujeran a los calabozos secretos.

Capturaron al extraño, del que alguien dijo que parecía un ángel, evocando una imagen olvidada, como si ésta hubiera acechado durante décadas hasta ser de nuevo dada a luz, la imagen de un ser de otro mundo que viene a éste como mensajero. El Jefe, tras leer las respectivas declaraciones tomadas a los ciudadanos testigos que lograron identificar, se detuvo, precisamente, en esta palabra. Sólo él era capaz de comprender todo lo que la palabra movilizaba, su pathos, un pathos celosamente guardado para él, el único que leía. Todo parece retornar, sin que haya posibilidad de eludirlo. Siempre aparece lo mismo, la misma ansia contradictoria, el ansia por algo que nunca podría hacerlos felices. Incluso en los más tenebrosos escritores de la antigüedad, como Ernesto Sabato cuyas novelas Sobre héroes y tumbas y Abbadón el Exterminador había leído en tiempos recientes, un autor, desde luego, apocalíptico, porque demostrar que no hay presente ni futuro es salvar el presente y, lo cual era mucho más peligroso, decir el futuro. Era eso lo que él evitaba a los hombres, el vano futuro. Pero cuando meditaba se le antojaba que “no hay nada nuevo bajo el sol”, como había leído en la olvidada Biblia que ya nadie recordaba. Todo lo que vivía le remitía a ideas o escenas relatadas en los libros, estaba horrorizado por ello, como si por un rasgo milagroso la literatura tocara una cierta fibra o nervio íntimo y común entre todos los hombres y las eras. Todo lo escrito sucederá, temía, y era esa la verdad que guardaba celosamente, pero que devoraba, sintiéndose solo, muy solo, estremecedoramente solo. Todo era una cita de algún texto olvidado, se decía confuso y extasiado.

Su mente había rumiado estas cuestiones cuando aguardaba en su limpio despacho, reflejo del Orden y del sentido común. Llegó a decirse ¿me estaré apropiando de sus almas? Y presentía que todo lo que giraba en torno al forastero detenido estaba ya contado y previsto en el vibrante canal literario que sólo él cultivaba. Ellos lo han prescrito, acaso, o vaticinado, o esperado, o descrito. Los libros. Está en algún sitio, es una historia ya contada, murmuraba para sí, lo he debido de leer.

Señor, le dijo el guarda, el prisionero espera su ejecución mañana al amanecer. Entonces el gran jefe exclamó algo insólito, fuera por completo del orden establecido. Quiero hablar con él. ¿Con él, señor? ¿No va usted a ordenar su ejecución? Sí, dijo, la ordeno, la ordeno, pero debo hablar con él, repitió en el mismo momento que en su mente se abría el telón de un escenario donde se representaba una farsa atroz, una broma monótona.

Se abrió la puerta del calabozo. El prisionero le miraba en medio de sus cadenas, en aquel boquete inmundo donde en la más horrible penumbra esperaban los condenados sus minutos eternos. Mira, le dijo al prisionero. Esto está fuera del reglamento que nos regula, que nos asegura, que tú, aseveró al tiempo que la función en su mente comenzaba, ignoras y desprecias, porque… alguien decía por medio de su boca, cuando unos hilos invisibles que dominaban sus movimientos iniciaban su función de títeres, siendo él una cansada y soñolienta marioneta, determinando el destino, el ineludible destino que a todos nos aguarda… Sé quién eres, musitó con una energía que le desbordaba. Sé que ahora callarás, y no vas a decir una sola palabra, y que yo debo explicarme, de un modo que ni siquiera a solas, conmigo mismo, he practicado. Yo debo increparte, insistir en que mañana serás ejecutado con puntualidad, al amanecer, porque eres peligroso y has venido a Sevilla a hacernos una faena, sin que nadie te hubiera llamado, pero tú has querido venir, por enésima vez, por todas las veces prefiguradas en la literatura, para, como un espejo, reflejarme yo, y la humanidad cautiva de este nuevo Eón que tú vienes a sabotear, como ya has hecho, cientos de veces. El prisionero miraba en silencio, con los ojos muy abiertos, mientras el Gran Jefe lo zarandeaba y le conminaba a no tener miedo, a que esta vez expusiera su doctrina sobre el hombre y la libertad, como en viejos libros, como en el bueno de Erich Fromm había leído, un oscuro autor que nadie, salvo el Gran Jefe, recordaba, que sólo él sabía que era un profeta que había prefigurado esta miseria que él vigilaba y guardaba, dejando para sí, dijo a gritos mirando a los ojos alucinados del prisionero, el conocimiento de que se condenaría, de que él, celoso garante del bienestar, se iba a consumir eternamente en el infierno. El prisionero abría la boca, sin proferir palabra pero manifestando en el gesto un enorme asombro ante la perorata que el funcionario estaba diciendo, como si delirara. Es un destino, insistía, que hayas venido, estaba escrito, se sabía que esto iba a pasar. Así que yo sólo debo increparte por haber profanado nuestro Orden, que es el orden de todos, el orden que el hombre necesita, y decírtelo de un modo precario, estúpido e irrisorio frente a aquel otro momento lleno de vértigo y audacia, relatado por su pluma santa y diabólica, por el gran Dostoievski, que como tú, creyó en la libertad, y que me dicta lo que tengo que decirte, porque nadie lo sabe, pero todo, absolutamente todo, estaba previsto, advertido y escrito, lo que yo, pobre entre pobres, apenas sé representar desmembrado en el acto de prohibir, de aconsejar, de castigar, de aseverar, de perorar sin el menor decoro. El prisionero tenía los ojos muy abiertos, con las cejas bastante alzadas, sin que ahora podamos decir lo que pensaba, ya que para nosotros, que escribimos esto, este personaje debe ser inaccesible y sagrado; él mismo nos dicta su silencio, y dicta su moción espantada, su fanatismo y su sed al Gran Jefe. Éste, fuera de sí, decide marcharse, mientras le increpa por no despedirse con un beso, por no responder besándole la boca de labios contraídos, y se marcha, en un monólogo absurdo, entre aspavientos de autómata, para dejar la puerta del calabozo abierta y ordenar que lo sacaran de allí, que lo dejaran marchar, y que nadie, absolutamente nadie, le hablara de él jamás.

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