Una escena hilarante


Una escena hilarante
Marcos Santos Gómez

No veía personas, sólo caricaturas. Era un secreto que albergaba desde la remota infancia, de cuya mirada no había podido librarse, y cuando entraba en una copistería, por ejemplo, se veía forzado a prorrumpir en vigorosas carcajadas que dejaban a su lado desconcierto y lástima, productos de la incomprensión, porque nadie era capaz de ponerse en su lugar y de ver las cosas y los seres en la impúdica obscenidad con que él los veía, en la muda histeria de habitar atropelladamente el mundo como hormigas, en su apabullante griterío y libertinaje, en su escandalosa resolución. Lo que le hacía más gracia era que las personas en realidad fueran como trastos o muñecos. La misma palabra “trasto” le evocaba ese universo de entidades sordas, dignas de ser almacenadas y apiladas, y ante la imagen ridícula de las personas guardando cola o contando pacientemente las monedas, afanadas en comprar guantes, abotonándose los abrigos o abriendo los paraguas, le entraba una incesante risita de conejo que pronto devenía en abierta carcajada.

En la copistería del ejemplo, pongamos por caso, se había reído ante la desmesura de la máquinas, tan serias y funcionales, tan meticulosas y al mismo tiempo tan ñoñas. Asimismo, no podía detenerse más de unos poquísimos segundos, para no reventar de la risa, en la atropellada visión de unas botas de florida exuberancia y de un color rosa chicle que se contagiaba, como un halo secreto, al resto de la persona que era, básicamente, lo mismo que sus botas. No podía dejar de lanzar miradas, tartamudeando con los ojos, en un ir y venir enajenado por la sorna que abultaba sus mofletes y le hacía mostrar la hilera de dientes sumamente parecidos a los dientes de los monos, sin que hubiera entonces en el mundo para él nada más que esas botas rosas que llevaban anexionada una mujer y que parecían moverse solas, dar saltitos o cruzarse una encima de la otra.

Los demás, en la copistería que se le antojaba un horno donde se cocían de manera irrisoria personas llenas de prisa, lo contemplaban con misericordia mientras él se tronchaba, sin imaginarse nadie su envidiable y espléndida virtud, y sólo dirían de él, curiosamente, que era gordo, harapiento y lunático, que es exactamente como él se vería a sí mismo si pudiera ser pasivo objeto de su mirada de pinceladas gruesas. Pero ellos callaban graves y solemnes, sin que el pobre loco pudiera parar de reírse, perdiendo incluso el resuello, ahogándose, dándose manotazos en los muslos, sin ser capaz de evitarlo, ejecutando histéricos aspavientos y pateando el suelo.

Y así estaba, carcajeándose de las botas rosas, en particular, aunque también del bolsillo en el chaquetón, un bolsillo grande y confortable, como si la mujer fuera un canguro que exhibiera sus propiedades, junto con las botas. Al bolsillo había llegado siguiendo con la mirada al reloj desmesurado y orgulloso. La señora canguro rosa lo había agarrado del mostrador de un modo gracioso, como si empleara pinzas en lugar de los dedos, un mostrador donde quizás, imaginaba él, servirían café a otra hora, cuando todo se transformara en una cafetería, si se daba el caso. La mujer de las botas rosa chicle, que en medio de una cierta nada, agarró el objeto que a él le golpeaba los ojos, el reloj que no pudo dejar de mirar, incluso cuando la dependienta clamaba al cielo y se tiraba de los pelos de un modo muy divertido, con la voz como si lloriqueara y dando desolados puñetazos sobre la mesa-mostrador-barra de bar y que se preguntaba histérica quién había robado su reloj. Para él, la clásica maquinita dieciochesca marcaba las horas con sus manecillas como si fueran graves maderos en un carillón de caoba y la había visto pasar de la mesa a unos dedos como pinzas, para ocultarse dentro de una manaza en la cual el reloj se plegó como si estuviera jugando al escondite, y desapareció en el abrigo de esa señora que era un reclamante rosa chicle. Y ya no pudo dejar de observar con detenimiento el bolsillo, que parecía una bolsa de canguro, que se había tragado a la cría, que era el reloj, que como un duende se divertía en su encierro, y cuyas risitas de gnomo él escuchaba a la perfección. Y entonces introdujo entre carcajadas la mano en el bolsillo de canguro y mostró a todos el pequeño duende que clamaba un tic tac repelente, como un trasto de otra época, pero brillante, ostentosamente brillante. Todos lo vieron y él rió jocoso ante las bocas abiertas como en mansos bostezos, y ante las manos cubriéndose los rostros cuadrangulares, y también se desternillaba de risa cuando la dependienta salió, casi de un salto, a zarandear a la mujer de rosa chicle que forcejeaba, mientras otros clientes también la agitaban, y la amenazaban y querían patearla, de manera que él ya se imaginaba el rosa chicle pisoteado en medio de la calle como, precisamente, un pegote de chicle sobre el asfalto. Y no podía dejar de reír.

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