El secreto de los cuidadores de monos


El secreto de los cuidadores de monos
Marcos Santos Gómez

Los había cazado a uno tras otro, desde el tortuoso Rif hasta el Bajo Atlas, comenzando por quien el hombre corroído por la lepra le había indicado. Tu búsqueda debe iniciarse en Tánger y allí es donde debes implorar la respuesta interrogando al primero de ellos, le dijo, una vez te hayas purificado. El mendigo, cuando le informaba, no podía imaginar que su intención era matarlos, forzándolos a confesar un secreto que nunca revelarían de otro modo. El asesino no se engañaba al respecto y sabía que tendría que proceder con determinación. Acerca tu devoto oído a mi boca, dijo el repulsivo pordiosero, para que te revele el primer nombre, musitó inmerso en la embriaguez de la droga. Su voz parecía un quejido inútil. Durante días, el asesino se había sentado a su vera, lo había alimentado y abrigado, arrojándole una manta a los pies y le había cantado viejas canciones en lengua bereber.Yo amo al que sufre porque Él ama a quien sufre, le susurraba al oído. Por eso yo te amo. Incluso había llegado a rozar con un suave pétalo de rosa la palma abierta del hombre al que la lepra había cegado, simulando un tenue beso de sus labios en la mano hedionda.

Si alguien le preguntara por qué mataba, habría confesado que lo hacía por dinero. De este modo, mentiría. Le habían pagado con mucho dinero, desde luego, pero sus motivaciones eran demasiado execrables para admitirlas. Las muertes lo iban convocando, vampíricamente, a ser, y esto pocos lo entienden, se decía. Oficiaba una liturgia arcana y bestial, gozando con el mismo afán lúdico de los gatos cuando juegan con sus presas. Matar era una forma de vida en todos los sentidos y sus abominaciones querían ser una suerte de plegaria a una divinidad invertida y arcaica. El mal era su honor. Portaba nueve identidades y él era plenamente en cada una de ellas, de un modo tan profesional como metafísico. Pero si alguien pudiera tirar de cada una como si de túnicas se tratara, levantando los nueve velos, con asombro comprobaría que dentro no había nadie.

El rastro de muertes cruzando Marruecos estaba siendo investigado por la gendarmerie y él debía actuar con más celeridad que la policía, suplantando personalidades, fingiendo vidas y oficios, padeciendo destinos ora aciagos, ora sublimes, ejerciendo todos los trabajos, con el mimetismo de un camaleón y la constancia de una sanguijuela. Sabía que sólo en trance de muerte los cuidadores de monos confiarían su secreto y que debía interrogar al poseedor del último nombre musitado en la precedente agonía. El leproso le había prometido, semanas atrás, que conocía dónde empezar el recorrido de quienes guardaban el secreto.Él poseía el secreto del secreto. En su apoteosis de despojo y podredumbre, como un Job maldito en el éxtasis de la soledad y de la pena, cuando solicitaba la mísera piedad de la limosna, al pie del minarete octogonal de la mezquita de la plaza de Utta el Hamman de Chaouen, con la palma de su trémula mano vuelta hacia arriba, ciego, como un pozo al que rehúsan asomarse incluso los más bondadosos de los hombres, que arrojan las moneditas a sus pies mientras se cubren los ojos para no contemplar su insufrible bacanal de miseria, el mendigo enfermo repetía que era el mayor de todos los hombres, el más dichoso y cabal, el muy gozoso portador del más noble de todos los secretos.

El asesino tenía instrucciones de comenzar su trabajo en Chaouen, localizando al miserable indigente de lengua larga, pues entre los turistas se había tornado una rutina, a la vuelta, contar el horror y la locura que representaba el deforme leproso al pie del minarete, que juraba en una interminable salmodia saberlo todo, que decía tener en su boca el nombre deseado, que podía revelar el inicio de la senda que conducía a una verdad tan terrible como sublime. Con él debía el asesino comenzar el encargo. Para engañarlo, el asesino practicó la caridad, durante semanas, con devota insistencia, camuflado como peregrino proclive a proferir palabra y obras piadosas, desde un corazón supuestamente sincero. El asesino fingía ser todo ello, pues era capaz de representar distintos papeles con una perfección que algunos llegaban a considerar mágica. Pero viendo que aun ganándose la confianza del mendigo, éste no acababa de revelar por quién habría de emprenderse el camino en pos del más grande de todos los misterios, aunque siempre parecía estar a punto de ello, mezcló hachís entre las viandas del cous cous que, como todos los días, cocinaba para él. Éste, nublándosele toda resistencia, balbuceó al asesino que si deseaba conocer el peor de los secretos, debía iniciar una peregrinación en Tánger y buscar a Saladin, para recorrer el camino de los cuidadores de monos, uno tras otro. Mas le advirtió de que ninguno hablaría fácilmente. Los auténticos conocedores de la más insoportable de las verdades son, dijo, los cuidadores de monos, que guardan la parodia del hombre, porque el mono es la parodia del hombre, pero habrás de sonsacar a uno sólo el nombre del siguiente en la lista aciaga, y ellos hablarán cuando se crean morir y sientan el horror de llevarse con ellos lo que puede condenarlos al infierno.

En Tánger, Saladin, un callado empleado del puerto, alimentaba a los monos requisados en la aduana. Les daba agua y comida, los desinfectaba, les inyectaba las vacunas. Estudiaba sus hileras de dientecillos de humana apariencia, sus manitas, sus orejas tan semejantes a las nuestras, y con ellos trataba de entender al hombre, viviendo como un sabio en el más crudo anonimato, capaz de encarar de manera incipiente, como un siervo de la verdad, el comienzo de la respuesta aciaga que sólo podía conocer el último nombre de la tenebrosa lista. Y en la soledad de su casa, amigo de los monos pero no de los hombres, cuando un cuchillo se le hundía en el cálido pecho, pronunció “Omar, en Fez”. Y entonces el asesino, después de acometer la ejecución, convertido en un anciano cabileño, vestía una chilaba parda, conversaba cordialmente con algunos pasajeros del autobús, en perfecto dialecto dariya, y emprendía el viaje en zigzag que había de desembocar en Fez. Omar, el segundo cuidador de monos, era otro sabio que pasaba por estulto, un hombre práctico en apariencia, que teñía telas en el laberinto de la medina,un joven de ensortijado cabello castaño claro, de bereberes pómulos sonrosados y una vieja ruina en la mirada. Fue quien reveló, mientras también le atravesaba el pecho el frío y afilado acero llenando de tinieblas la ruina de su mirada, el nombre y la ciudad donde habitaba el tercer cuidador de monos, descargándose del mal de acarrear tal secreto a la tumba.

Omar era a quien todos los vendedores en la medina juraban haber visto comprar monos casi con compulsión, aun siendo pobre. No tenía dinero para comer y sin embargo adquiría sin cesar macacos traídos del alto Atlas. Se decía que los utilizaba de criados y que a veces ellos robaban los mendrugos de pan de harina de garbanzo con que se nutría el amo. Tras el correspondiente sacrificio de éste, en medio de los aullidosde decenas de macacos furiosos, en la plaza Jemaa el fna de Marraquech el asesino localizó a Yusuf en un puesto donde ofrecía un espectáculo circense de trapecios y monos, ante un corro de turistas absortos, no lejos del encantador de serpientes con sus sibilantes cobras.

El verdugo que cometía sus crímenes sin inmutarse, llevado por la antigua sabiduría de su oficio, no ambicionaba el secreto, sólo aspiraba a obtener la desaforada suma de dinero que le prometía un tenaz catedrático español y, sobre todo,  el mencionado solaz de sentirse dueño de la vida y de la muerte. Para ello utilizaba sus cuentos y sus disfraces. Según este profesor que lo había contratado, todo debía prepararse para estar listo en el congreso de mayo, cuando el cómplice catedrático debía coronar su carrera con el mayor de todos los logros. Sellaron su pacto en La Línea de la Concepción, junto a Gibraltar. Había leído en viejos pergaminos árabes que buscó y robó de archivos de Marruecos y de España, la leyenda sobre los portadores del secreto más inconfesable de todos, un secreto que retumbaría inconcebible en los oídos que lo escucharan, insoportable y tremendo, guardado por una dinastía de ocultos fieles que no se conocían entre sí, salvo a uno de los demás que seguiría, a su vez, la cadena, guardando el nombre del siguiente. Había que jugar una suerte de juego de la oca y sin duda, toparse, con los menos sacerdotales de todos los sacerdotes, con los sabios que fingían la ignorancia. Resultaba vital, en la empresa de hacerse con el repulsivo secreto, hallar el nombre inicial. Había descubierto buenas razones para sospechar que había de reunirse con un viejo leproso en Chaouen que alardeaba ante todos los turistas de saber el primero de una trascendental letanía de nombres y fieles que portaba al mismo tiempo la gloria y la perdición. Así que el catedrático supo cómo iniciar una tarea que sólo un asesino sin escrúpulos podría llevar a cabo. Era heredero de una fortuna familiar con la que se propuso sufragar los gastos y minutas del silencioso y eficiente matador a sueldo, un profesional que acometía su tarea con misticismo.

¿Debe saberse? El viejo profesor no se lo preguntaba. Había elegido conocer la más malvada de las verdades por un prurito de soberbia. Habría de coronar su carrera de este modo, para pasar presto a los anales de la historia y obtener, por esa vía incierta de la fama y del renombre, una eternidad titubeante. Ser él quien proclamara lo que de tan certero y elevado que es, puede hundir, al mismo tiempo, a los hombres en la miseria. Jugaba con la muerte y la locura. Una vez más, el hombre compraba su inmortalidad a un precio que no imaginaba, a pesar de tantas firmes advertencias leídas por él en los manuscritos andalusíes. Es preciso advertir, aseveraban los escritos, que no se puede soportar la profanación del secreto de los cuidadores de monos, y que quien lo intenta se expone a la tortuosa insania.

Dios es irónico y desconcertante, alabado sea. El asesino, con la policía tan cerca que podía oler sus alientos, a duras penas arrancó el último de los nombres, el del portador final del secreto. Para su asombro la verdad no se jugaba ya en Marruecos, sino que había que buscarla de nuevo en la Península, en una ciudad altiva y mestiza. Todo era una suerte de broma, se dijo, volver casi al punto donde empecé la pesquisa, a un palmo de la casa del eminente catedrático con hambre de Verdad. El último nombre había sido pronunciado ante las dunas de Ouarzazate, Plowman, un nombre inglés, perteneciente a un teniente del regimiento del ejército británico situado en la ciudad de Gibraltar. Era el oficial veterinario encargado de contar, vigilar, vacunar y alimentar a los más doscientos monos que como locos habitan chillando las sesgadas pendientes del Peñón. Cuando se encontraron, el teniente, de austeras costumbres militares, sobrio y parco en el decir las cosas, que era el sabio entre los sabios, tuvo la certeza de que iba a morir, en la penumbra de su apartamento de carcomidas ventanas de hierros roídos por el levante. La lucha apenas fue un digno trámite y el cuchillo venció a los puños. Entonces, utilizó su último aliento para pronunciar la respuesta, el secreto de secretos, que invoca al mismo tiempo a la verdad y a la locura precisa para soportarla.

El asesino gimió entre los pinos en la ladera oeste del Peñón, que crecen y brotan en la pura piedra caliza, en un suelo de roca. No muy lejos, se avecinaba una tempestad proveniente de Ceuta. Supo que le restaba poco tiempo de cordura, y procuraba no digerir lo que el teniente había proferido, no creerlo, no sentirlo y menos rumiarlo. Debía actuar con distanciado automatismo, y él, experto en fingir, supo fingir el tiempo preciso la cordura, y creerse cuerdo, cuando ya había sido tragado por la horrible faz de un espanto arcano más brutal que sus propios espantos y atrocidades. Quiso actuar como si nada hubiera sucedido y todo el dinero del catedrático le pesaba como un ominoso lastre que lo arrastrara a una perdición de soledad y gritos. Maldijo la codicia y maldijo su hambre de sangre. Él, que había oficiado los sacrificios con la mayor de las devociones, se había tornado muda bestia en otro sacrificio mayor, humillado por la palabra y la suprema evidencia. Tuvo que huir de Gibraltar, no soportaba sentir cerca a los monos, escuchar sus alaridos, husmear su olor acre, verlos bailar sobre la ciénaga del Estrecho. Cruzó nadando, sigiloso y con los dientes apretados de dolor, los dientes que se le antojaban dientes de mono, en perfectas hileras, en mandíbulas casi humanas, porque no podía soportar ni un segundo más ser un hombre.

En sus últimos instantes de forzada lucidez, comunicó al catedrático el secreto de los cuidadores de monos, que éste acogió con el esperado horror, tapándose los oídos estremecidos, en un inútil arrepentimiento tardío, cuando el secreto había sido ya comunicado y él también perdía la razón, aseverando entre alaridos la verdad, jurando y maldiciendo, porque, gritaba fuera de sí, los hombres seamos la parodia de los monos.

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