Sueños bohemios


Sueños bohemios
Marcos Santos Gómez

Tenía un puestecito en la feria, donde vendía sus libros, extendiéndose entre él y el curioso que era yo toda la literatura que había nutrido sus cuarenta años. Me confesaría su edad con reticencias, pues era coqueto, aunque de un modo inverso, es decir, fingía que no le importaba la imagen, lo cual era hasta cierto punto verdad, pero ese desinterés por su imagen suponía un rasgo con el que se vestía y mostraba. Yo había ya visitado su puesto un día antes, y me había sorprendido ante la gran cantidad de buena literatura allí expuesta, con algunas ediciones muy aceptables, aunque en su mayor parte se trataba de libros de bolsillo. No es habitual toparse con ediciones críticas y universitarias de La Regenta, o los Episodios nacionales copando todo el espacio del mundo, en la gran tabla que tan rústica como majestuosamente ofrecía su tesoro en silencio, en un lugar donde no suelen interesar demasiado Clarín o Galdós. Me impactó el primer día que lo encontré, o mejor dicho, la primera noche, ya que se trataba de un puesto de los muchos que se instalaban en la avenida que desembocaba en la puerta solemne de la feria. De manera insólita, como una rara florescencia, había brotado la literatura, la gran literatura, y pasé el rato hojeando numerosos ejemplares con delectación, mientras él se protegía de la humedad de la noche en el Estrecho con una rebeca muy gastada que le quedaba grande. Lo miraba yo a él también, no sólo a sus libros, pues el vendedor parecía un ser de esos que ejercen en mí un irresistible atractivo, seres raros, nocturnos, místicos de la guitarra.

Lo que mayor magnetismo ejercía sobre mí era su ostentosa cadena de oro, quizás impropia en un devoto de la secta del hipismo, o de un actual hípster, que serían quizás los tipos a los que parecería responder su estilo. El oro brillaba al reflejar las altas y no muy lejanas luces de la puerta del ferial. Así que de aquellas noches puedo evocar, sobre todo, el peculiar reflejo de la cercana bombilla en un oro que destacaba sobre un fondo oscuro. Tanto me impactaron la literatura, el oro y la curiosa rareza de hallarme con un hombre viviendo como un mendigo, con la cuarentena a cuestas y rodeado de la mejor literatura que, como es obvio, regresé a la noche siguiente. Dije a Ángela que salía a dar una vuelta por la feria, pero no, más bien quería volver a tener ese tesoro ante mí y comprar de manera compulsiva todos los libros que pudiera. Mi casa es, en cierto modo, como el puestecillo de libros en el ferial, es decir, un lugar austero, en el que lo más notorio resultan las pilas de libros que en mi carrera de teología había acumulado. Soy, de hecho, una rara avis, un teólogo que ha leído y estudiado a Rahner, que ha ido también a parar, acaso como el vendedor de libros, de un modo ilógico a un rincón donde la teología, al menos la explícita, no se halla casi en ningún lugar, o mejor dicho, la mala teología implícita y explícita abunda en lugar de la otra.

Juan Pablo, pues ese era su nombre, añadía “tercero” a su nombre de broma como si procediera de una dinastía de papas. Iniciamos una conversación culta, en la que yo me había presentado como profesor de religión, natural de Úbeda, criado en medio de la exaltación renacentista del poder y la gloria, y él me dijo que su lugar natal era Melilla. Ambos coincidimos en elogiar al teólogo Küng. Él se consideraba sin embargo un ateo que profesaba su ateísmo con vehemencia. Yo me olvidé de Dios, dijo, que nunca he podido ver más que como un reflejo de reflejos en medio del más ominoso vacío. Inmediatamente disertamos sobre Pascal y su esfera, sobre la posibilidad de un sentido remoto y de un orden. Él basaba su discurso en tesis marxistas. Cogiendo nerviosamente Los miserables, explicó con voz ronca que ésa era su religión, la religión del hombre y que él era de izquierda porque estaba, y siempre lo estaría, en el lugar de los débiles. Me dijo también, caminando por derroteros más profanos, que trabajaba en la fresa en Huelva, en el olivo en Jaén y Granada y en la vendimia del sur de Francia. Tenía una furgoneta, que estaba allí, detrás del puesto, aparcada, muy sucia y destartalada, con pinta de acumular en insoportable desorden cientos de trastos, más libros, mantas, colillas de tabaco.

Cuando asomé la cabeza al interior del vehículo, mientras le ayudaba a recoger el puesto, animadísimo por la conversación, tuve que dar un respingo, pues me golpeó, literalmente, el olor de ácaros y lanas comidas de polvo. Supe que su vida era un caos que yo admiré y deseé, en vivo contraste con mi vida regular y monótona. Rebosaba arte, es decir, tenía un estilo de ser poético, de la misma enérgica elocuencia con la que defendía sus tesis contra Dios, glosaba la mejor literatura, describía los aspectos más desconocidos de las cepas vitícolas o relataba viajes y sucesos de muy variada índole.

Al contarle mi encuentro a Ángela, ella me miró con asombro y exclamó que aquel hombre era un irresponsable, que si tenía carrera podía haber estudiado unas oposiciones, que dormir liado en mantas sobre la arena en una playa, con la humedad en los huesos, no es bueno en absoluto, ni echar diecitantas horas diarias en un puestecito de una feria de tres al cuarto. Y todo sin que supiéramos encima si lo de llamarse Juan Pablo (tercero) era una broma ridícula y si se estaba riendo de nosotros, que, en fin, su rollo no la convencía en absoluto. Pero parece disfrutar con su vida bohemia, le dije. No, exclamó ella, la bohemia es una excusa para no hacer nada. Dice que quiere estar con los pobres, le repliqué. ¡Vamos, hombre! Exclamó ella, es lo fácil, no complicarse la vida, y eso de los pobres es una pose, te digo que es una pose. Respondí Yo lo veo muy coherente, vive como quiere, ¿acaso nosotros vivimos bien? Vivir atados a los bancos, a un empleo, a nuestras costumbres, a nuestras comidas, incluso a nuestros amigos, los mismos, por no cambiar, eludiendo lo imprevisible. Ángela tú padeces un prejuicio, valoras desde una normalidad que en términos absolutos no es verdadera, si conversaras con él ya te darías cuenta. Por favor, insistía ella, cómo se puede ir por ahí de esa manera, con cuarenta años.

Después de recoger el tinglado y los libros, me propuso ir a echar unos litros. Si lo supiera Ángela, me dije, con cuarenta años y de botellón. Así que nos instalamos en un parque cercano, con el ruido de fondo de la feria, en el calor de una noche de agosto. Fabricó un cubata de ron con cola. Me pidió unos euros para compartir el gasto, e iniciamos una amena conversación. Yo también estudié en Granada, allí me licencié en teología, precisé, ¿Has estado en las cuevas del Sacromonte? Me preguntó, y yo le confesé que allí mi vida había sido muy convencional, como ahora, y que nunca encontré ganas o momentos para subir al Sacromonte. Él me contestó Pues te has perdido lo mejor, la esencia del pueblo, no ya las cuevas más turísticas o la discoteca, por supuesto, sino las covachas desconocidas donde voces rasgadas y ebrias, exultantes incluso en la pena, se parten el alma. Uno tiene que arrancarse, entonces, y hay un no sé qué dionisiaco pero también platónico en todo ello. Tú que has estudiado filosofía, No, le dije, yo soy teólogo, estudié teología en la facultad de los jesuitas. Él desarrollaba su discurso: ¿La religión? Como dice Marx, opio del pueblo. Feuerbach es el mayor de los teólogos, me dijo, y yo estuve a punto de ironizar con la frase, de darle inversamente la razón, pero no quise. Me sentía ligero y feliz, de modo sin duda un poco grotesco, entre grupillos de veinteañeros que también celebraban sus botellones escondidos por el parque.

Mira, exclamó Juan Pablo, ahí vienen mis colegas. En efecto, de la oscuridad, como si ésta cobrara vida, surgieron otros hombretones con ojos chispeantes y algunas muchachas, con guitarras y timbalillos. Yo veía toda la magia del Sacromonte granadino trasladada a aquél insólito y olvidado sur, que fecundó la noche. Eran pueblo, eran humanidad, eran el rebaño de Cristo. Decidí saciarme con alegría de su pan y de su vino, en una alegría que parecía girar, como una espiral, o un tornadillo en una tormenta de aire eléctrico y sofocante. Era el momento de continuar el diálogo con las percusiones y las guitarras, las viejas nadas y vacíos, la honda seguiriya, la bulería divina en las letras de Khayyan cantadas por Camarón. En aquella ciudad olvidada, supe, Camarón había vivido y nos había nutrido de sus amigos, de sus juergas, de su generosidad, de su contradicción, de su insoportable colección de muertes y de vidas. Quise que la noche durara siempre, que aquello fuera toda la vida, sin otra aspiración, libre, bella, cabal.

Los débiles, me había dicho Juan Pablo, los nadies, los despojados, esa es mi religión, por eso soy, me repitió, marxista, por eso soy de izquierdas, por eso no quiero servir a este sistema. Antisistema me pueden llamar, y dicen bien, porque estamos obligados moralmente a ser antisistema, expresaba entre trago y trago. Pobres, dos tercios de la humanidad se muere de hambre. Pero, replicaba yo, hay muchas formas de luchar. No, respondía, es preciso ser radical, o sea, ir a la raíz de la miseria instalada en el mundo, despreciar su moral, reclamar la justicia. Escuchando esto, me decía admirado que tenía ante mí un hombre verdaderamente justo, y aunque él no quisiera que se le considerara así, yo por dentro sabía que estaba ante un auténtico soldado de Jesús. Se me empaparon los ojos, en la feliz sacudida de la música entre colegas, de una fraternidad loca que se desarrollaba con los tragos compartidos (¡Si Ángela supiese que había estado bebiendo a morro de una botella que pasaba de boca en boca!). Me sentí renacer como cristiano, en la alegría de la fiesta, en la igualdad, escuchando el himno de los pobres, sus guitarras, sus palmas, sus harapos, excéntricos y paupérrimos. Hay que ser, me dije, hortera, hay que mostrar mal gusto… y entendía a la perfección la ropa extraña y gastadísima que lucía Juan Pablo, el discurso que de esos trapos emanaba. Era ropa para el pueblo, del pueblo, sencilla, y arte directo, realista. Y comprendía en esos momentos, hasta cierto punto, las bondades del arte fiel a la realidad. Las guitarras eran la orquesta de aquella compaña, de esa cuadrilla de bellos bandoleros, en la humedad de un levante que chilla y corroe. Toda la literatura, me había aseverado poco antes Juan Pablo, debe ser literatura para el pobre, y sólo es buen escritor de su realidad quien canta, en lo bueno y en lo malo, la pobreza. Horas después, cuando llegué a casa y me encontré a Ángela esperando despierta, le dije que había sido muy feliz. Ella sonrió con escepticismo y comentó que no quería censurarme pero que era un insalvable idealista, que tenía que haber vivido en la década de los sesenta o setenta, que allí estaba mi sitio. Pero sobre todo, lo que eres es un cristianorro irremediable. ¿Ahora abogas por el realismo en la literatura? A ti lo que te pega es narrar desde la primera persona alucinada, y soltó una carcajada.

– – – – – – – – – – – – –

Hoy sigo de profesor de religión en el instituto y me acaba de ocurrir lo más absurdo y grotesco de mi vida, es decir, he recibido una lección en toda regla, para siempre. La verdad es que yo creí en Juan Pablo (tercero), amé su sinceridad, pues su vida era vida sincera, todo él era elocuentemente veraz, su modo de vestir componía su discurso y sus obras cantaban aquello en lo que creía. Era un plácido Diógenes, un bondadoso diablo, un tejedor del mundo nuevo. Así lo creí a pie juntillas, como ha quedado ya claro. Pues, ¡las vueltas que da la vida!, ayer lo encontré de nuevo. Hacía más de una década de aquel primer encuentro en la feria, en agosto del 2000. Luz, una compañera del instituto, me dijo que me tenía que presentar a un profesor nuevo, interino, que venía de fuera. Es un lector voraz, me informó, como tú. Cuál no sería mi sorpresa cuando pasmado me topé de nuevo con Juan Pablo. Hombreee, tío, me dijo y nos dimos un emocionado abrazo. Aun celebro aquella noche, fue inolvidable, en el parque, pero, hombre, qué haces aquí. Pues me he enganchado de profe, estoy en la bolsa de Andalucía, llevo cuatro años en esto. Profe de lengua. No me lo puedo creer, le dije, ¡qué alegría! Vamos, vamos a la cafetería.

Lo observé. No soy hombre de vestir de marca, nunca lo he sido, para mí la ropa es un triste añadido a lo que somos y no tiene la menor significación. Así fue que había valorado en aquella remota noche de juerga callejera la nula importancia que todos, y en especial, Juan Pablo daban a la imagen. Al menos eso creía. Pero Juan Pablo siempre le había dado toda la importancia del mundo a la ropa. Es más, él era, en un sentido muy personal, lo que vestía. Sabía vestir bien, se había cortado el pelo, no lucía bisutería ni complementos horteras en el cuerpo, sus zapatos tenían pinta de ser muy cómodos, de hecho, caminaba dando taconazos, igual que cuando nos sumergimos en una conversación sobre los viejos tiempos y quería resaltar cualquier idea que decía. Le pregunté si dictaba clases de literatura del pobre. Hizo un gesto y resopló, echando la cabeza hacia atrás. ¿Qué fue de la furgoneta? Me dijo que la había vendido. Que ahora poseía un coche que, acabé constatando, era de gama alta, muy caro. Juan Pablo había visto el dinero, obviamente, y le gustaba. Mostraba su reloj aparatoso, quizás, también, muy caro. Yo sin embargo era el mismo ser. Las mismas dudas, la misma angustia, la misma esperanza. Dios, Dios y Dios. Él seguía profesando un furibundo (ahora incluso mayor) ateísmo. Pero Dios ya no era el engaño del pobre, sino la moral del esclavo, lo propio de quien no puede afrontar la vida en todo su dramatismo, de quien no acepta ser en el más inmediato de los eternos retornos. Cuando empezó a proclamar tales exabruptos y verdades nietzscheanos me dije que pasaba algo raro allí, entre nosotros. Lanzaba aforismos entre sorbo de café, combinando a Nietzsche con Milton Friedman. Ya no bebía alcohol, me dijo, iba al gimnasio y no fumaba ninguna sustancia fumable. Quería, me dijo, la lucidez, sin trampas ni recelos, sin cobardía. El amor al otro implicaba una perversión y una cobardía. Yo no podía creer lo que estaba oyendo. Volvía una y mil veces a contemplar su excelente ropa, su rostro bien afeitado, su aroma, de un perfume varonil, su nuevo corte de pelo. Nada más nos habíamos visto, nos lanzamos a hablar de todo, desde luego. En los asuntos literarios puedo decir que la sorpresa fue menor. Seguía evidentemente disfrutando de la lectura, de los grandes clásicos e incluso del realismo literario.

Insistí en ir a tomar una cerveza, a la salida de clases. Él insistió por otro lado en pagar toda la cuenta. La izquierda, me indicó, está desfasada. Ya se ha demostrado que eso no funciona, que es la privatización de bienes lo que crea riqueza y todo el discurso de la izquierda española son palabras de cantamañanas y meapilas. Él llevaba años produciendo, había ahorrado, me informó. Es lo que hay, el hombre es malo, muy malo. ¿Sabes qué es lo que hay que respetar? ¡Esto! Dijo, pidiendo un vino especial. El vino caro, como objeto lujoso, añadía.

Pensé que yo no había cambiado tanto como él, que seguía quizás en la inopia y con los mismos fantasmas, pero no me había metamorfoseado hasta ese extremo. Cuando lo vi la primera vez me sentí burgués, sucio, cómplice de la miseria. Tener dinero llegó a parecerme vergonzoso, pues me sabía un hombre que no podía prescindir de la seguridad y de la comodidad. Por eso la vida incómoda pero coherente del Juan Pablo que conocí hace una década, me inspiraba profunda admiración. Sabía apreciar la verdad aunque yo viviera en la mentira. Pero hoy, él cobra un buen salario, vive bien y no opina como antes. Dice que todo el discurso de la izquierda yerra, que no puede mantenerse de manera razonable y que hay que estar, repite una y otra vez, con quien hace el dinero y crea la riqueza. Yo quise hablarle de mi hipoteca, de la cadena con el banco, de la amenaza de embargo, de lo que es, en el fondo, la vida de un currante. Él cobra como yo, pero sabe administrarse. Había, de hecho, entrenado para ello, necesitaba el dinero y le gustaba hacer compras ostentosas, pero sabía no atarse, no ligarse a nada. Era impío, hábil, feroz. Me llegó a confesar que invertía en bolsa, que había hecho una pequeña fortuna, que de todos modos el trabajo estable le venía de maravilla. Y que de ciudad en ciudad finalmente había venido destinado a ésta, de donde no esperaba moverse, llevando una vida tranquila. ¿Qué fue de tus colegas? Le inquirí y él volvió a efectuar un rictus entre el desprecio y la broma. A aquellos, bueno, los veo de vez en cuando, pero son problemáticos, es gente problemática. Hay que cuidarse, y aquello no era vida, eran malas compañías, nadie recomendable.

Cuando pude estar a solas, en mi triste apartamento, con el trasfondo de mi cruel hipoteca, de la atadura burguesa, pensé en el individualismo astuto de quien había logrado irrumpir en el sistema, de quien lo había utilizado con toda la alevosía del mundo. Temí estar equivocado, temí que todos en el fondo seamos egoístas y que el poder sea nuestra más honda víscera. Me acordé de Ángela. Decidí que tenía todo un año por delante para seguir nutriéndome de eruditas conversaciones con Juan Pablo, quien había vuelto de entre los muertos, tan enérgico y vital como lo había sido hacía diez años, tan individualista y en el fondo tan astuto. Y me dije que había sido embaucado. ¿Quién de ambos era Juan Pablo? Ambos son el mismo, me repetí con tristeza. Son el mismo.

Anuncios