El lector


El lector
Marcos Santos Gómez

Antes de su penoso colapso, ha sido un apasionado devoto de la ciencia y un denodado buscador de respuestas. En el fondo como muchos, como yo mismo; pero en él el pathos inquisitivo se ha dado en un grado difícil de emular, con las grandes preguntas vertebrando su alma cuarteada por el esfuerzo hasta un extremo inconcebible, con una resignación propia de santo y de mártir, tenaz en su desempeño fatal. Media vida se ha pasado en la oscuridad de su laboratorio, embebido por sus disquisiciones empíricas y plenamente dedicado a ellas, en su puesto de técnico de laboratorio, efectuando una y otra vez las mismas pruebas en la firme pretensión del control exacto de lo que hacía. Llegaba a memorizar las características individuales de cada uno de los insectos con los que experimentaba, anotando meticuloso todos los rasgos relevantes para detallar su singularidad, confeccionando inventarios casi infinitos. Paradójicamente su plena disposición para emprender sus estudios lo alejó de una recomendable mejora de su curriculum, pues le importaba más su ciencia que realizar la penosa realización de cursos de perfeccionamiento, estancias de investigación en el extranjero o incluso publicaciones. A todo anteponía su objetivo de enumerar largamente las características de los insectos que estudiaba, acumulando todo lo observado, en espera de próximos artículos de alta divulgación, concibiendo leyes que estaban siempre a punto de ser paridas y que buscaba imposiblemente articular con sus detalladas observaciones, todo lo cual me lo anunciaba deslumbrado, insistiendo en que nada, nada más, ninguna otra cosa, merecía tanto la pena como el prolongado tedio de sus días de infinita pesquisa y el monótono secreto en que conducía tan ingente labor.

Claro que yo siempre lo aconsejaba, lleno de espíritu práctico, que procurara asentarse en el puesto de trabajo y forjarse un futuro a medio plazo, recordándole que también esta empresa suponía una obligación razonable para todo hombre de ciencia, porque no podía pretender continuar su trabajo como si siempre fuera el último día en la víspera de un portentoso descubrimiento (eternamente pospuesto), a costa de descuidar su sueño o su alimentación. Bien es cierto que entonces, aún, dormía regularmente y se alimentaba con cierta normalidad, permitiéndose incluso algunos momentos de solaz en los que pasaba el rato conversando, con una incipiente animación. Pero nunca fue capaz de forjarse una seguridad laboral medianamente aceptable. Siempre contestaba que la administración no se tomaba tan en serio el problema como era preciso, y que en sus constantes revisiones de los curricula de los investigadores no se lograba asegurar el buen camino, según él, de la ciencia, de manera que seguir sus instrucciones le resultaba desesperante. Es lo que ni ellos ni nadie acababa de entender, insistía, con el café siempre a mano.

Ya entonces tenía esta obsesión por economizar sus fuerzas y por especializarse y orientarse todo él a una misma meta, haciendo de su vida una suerte de misión. Al transcurso de unos pocos años, empezó a manifestar cada vez más el ascetismo que lo definiría en su época más reciente, comenzando a suprimir comidas y horas de sueño. Fue entonces cuando se entregaba hasta altas horas de la noche en el laboratorio, después de que todos los compañeros, testigos mudos y apenados de todo este proceso tan divino como materialista, se habían marchado a la mullida bendición de los hogares, lo que lo impulsaba aun más a proseguir su ruta personal.

De manera injusta, pues era producto del más inhumano desconocimiento, los compañeros lo iban dejando solo, de manera que perdió muchos colaboradores y, paradójicamente, sus estudios tenían que demorarse. Ganó, sin embargo, en concentración, en conseguir esa unidad en toda su persona que se daba a costa de vacíos y abandonos, esa admirable entrega que yo, sólo yo, apreciaba y que, equivocadamente, llegué incluso a estimular, antes de percatarme del horror latente que hoy ha estallado. A partir de esta situación de franca soledad, comenzó a ingerir café en dosis aun más masivas, pues decía que necesitaba fomentar un cierto nerviosismo, para no bajar la guardia y continuar muy atento a sus insectos, a los que, en la medida de lo posible, trataba con ternura. De hecho, apreciaba su mundo más sencillo, su falta de razón, su muda obediencia a los instintos y estímulos, que los hacían seres más perfectos, con todas sus preguntas bien respondidas, carentes de maldad o de misterio, admirablemente bien hechos, operativos y fieles funcionarios de la naturaleza.

Pero un día me confesó, de manera sorprendente, que los insectos significaban apenas una de las primeras fases de su investigación, que pretendía continuar atisbando muy lejos, “antes de morirse”. En aquellos tiempos fue asumiendo un cierto toque de solemnidad en su persona, mostrándose cada vez más serio y grave en su expresión, según cumplía años y constataba el imposible avance en su empeño descriptivo. Yo todavía no lo comprendía ni vislumbraba su segunda fase tras la crisis que sufrió en mitad de su carrera, cuando se cuestionó el camino que había emprendido. Sólo adiviné lo que quizás habría de llegar, o que todo iba a cambiar, un día en el que me confesó que las respuestas que buscaba estaban en otra parte y que nunca vendrían del mundo mecánico de los bichos. “Es cuestión de ir a otra dimensión, de escoger en qué dimensión de la realidad queremos movernos y dónde hay que buscar y formular las preguntas”. De manera insólita acabó dejando sus análisis, al tiempo que afirmaba que las claves de todo estaban ya prefiguradas, pero de modo innominado, dispersas, y que lo que había que hacer era sumergirse en la búsqueda religiosa y filosófica por parte de la humanidad, es decir, que no era tanto en la investigación científico-empírica donde había que encontrar lo que llevaba toda una vida buscando. A mí me sorprendió mucho, y confieso que callaba con desconcierto mientras le escuché cierto día, con los pelos muy revueltos, mal afeitado y ojeroso, ya excesivamente delgado, cuando me explicó que lo que siempre había perseguido era decirse que había un imposible orden. O sea, lo que le interesaba de verdad era el carácter milagroso del universo que se reflejaba en sus listas inagotables, en la diversidad de sus individuos y de los matices. Su fracaso se le antojó justamente lo más sagrado de toda la cuestión, lo que rozando el delirio expositivo, en su impotente exhaustividad, arañaba un no sé qué cuya definición se propuso en esta segunda etapa como, también, una tarea imposible. Todo era una diabólica singularidad en la que el hombre escribía y escribía textos para completar el delirio de la naturaleza. Se propuso fatigar los textos que como insectos de otro orden más complejo, agitaban sus patitas y te devoraban cuando tú creías que los devorabas. Su tarea se acabó perfilando como canibalismo, en gran medida, como inacabada digestión del hombre por el hombre. Todavía, cuando elucubraba de este modo, no había comenzado a devorar libros de manera angustiosa. Afirmaba que había que ascender a un pensamiento como tenazas (empleando a menudo otras metáforas dudosas y oscuras que nunca supe comprender del todo), a una reflexión más amplia y completa, aunque más imprecisa también. Tras unos días de honda y salvaje meditación, se enfrascó en la lectura de ensayos. Me decía: “todo está ahí escrito, vagamente intuido pero ya dicho de algún modo. El esfuerzo de una humanidad que ha querido trascender el orden de los insectos”. Y comenzó a leer con igual devoción que anteriormente había emprendido su labor empírica. Primero devorando ensayo, entre la filosofía y la teología, para desembocar, entusiasmado, en esa formulación y postulación del hombre que se desarrolla en la literatura y en todas las formas de arte.

Ahora no sufría desvelos de microscopio y tubos de ensayo. En este exacto momento de su carrera, momento terrible, y aciago empeño de mente calenturienta que yo comenzaba a no comprender, todo él se redujo más y se concentró. “Tengo que leer, ya no hay tiempo. No tengo tiempo”, exclamaba con desesperación. Y así, acabó definitivamente dejando el trabajo en el laboratorio, de manera a mi juicio muy temeraria, pues peligraba el bienestar que le habría permitido leer más y mejor. Pero él dejó de preocuparse, por completo, de la cuestión del sustento y de la faceta más práctica de la vida. Sólo leía, desde las ocho de la mañana a las once de la noche, grandes libros que apilaba en el suelo de su casa, siempre instalado en la terraza de su pequeño piso, entre macetas de verdes hojas que sin llegar a la exuberancia, proporcionaban una estupenda vida y energía al lector que concentraba todo su esfuerzo en su vasta exploración bibliográfica.

Apenas se detenía para ingerir alimentos, pues se negó a gastar tiempo en cocinar y, para economizar también el tiempo requerido en ir de compras, se racionó los almuerzos, de manera que, observé preocupado, comenzó a comer cada vez menos, y a no lavarse ni dormir lo suficiente, peor aun que antes. A menudo, y según iba pasando el tiempo y él iba acumulando sus lecturas, decía sentirse un poco más cerca de X, pero al día siguiente, lo veía de nuevo desconcertado, buscando mejores y más provechosas lecturas. Buscaba X, pero nunca lo hallaba. Leía cosas de calidad o incluso detestables obritas ínfimas y nada valiosas. Yo comencé a redactar la lista de los libros que engullía, pero pronto me desbordó la tarea. Empezaba unos, los terminaba antes de tiempo y los dejaba a mitad, retornaba luego a leerlos. Releía, también. Decía que ya no había tiempo de pensar, que había que leer, mucho. De este modo estuvo meses, recibiendo como únicas visitas las mías, y de nadie más. Sólo yo le hablaba o escuchaba, y lo atendía con infinita pena y lo visitaba, conociendo que sus únicas salidas a la calle eran las de su “batida” por las librerías. De hecho, libros era lo único que compraba o robaba, a decenas y a cientos, acumulando, a fecha de hoy y según mi cálculo aproximado, la insólita cifra de unos diez mil ejemplares que se lo comían y se le caían encima por montones hasta herirlo.

Incluso en invierno, bien abrigado, salía a la terraza, entre las plantas, a leer. A primeras horas del día iba calentando motores, tomándose su taza de café muy negro. Yo le hacía sus compras y le prestaba el dinero. Si no hubiera sido por mí ya haría mucho que habría muerto, aunque tarde o temprano habría de llegar lo que ya ha llegado, por desgracia. Tampoco escribía, ni diría que pensara, pues su mente se amoldó a corretear entre letras ajenas, entre párrafos que se le antojaban figuras geométricas, que podían, decía, pintarse, para al poco tiempo prácticamente ir olvidando lo que había leído, tal era su desmesurado número de lecturas, que se sucedían inagotablemente. “Ya no hay tiempo” me revelaba con un rictus de angustia. “Hay que leer, deprisa”. Asimismo se lamentaba por el tiempo perdido en las pesquisas del laboratorio, entre los indescifrables individuos que eran reflejo del mucho más indescifrable y desconcertante universo. “Cada libro es único y al mismo tiempo implica a todos los demás” me confesó un buen día, entre sorbo y sorbo ansioso de café negro y con mucho azúcar, que finalmente, fue lo único que ingería, mientras su delgadez comenzaba a resultar alarmante. Mis visitas eran monólogos en los que yo fingía que le hablaba y él fingía que me escuchaba. Entraba en casa, pues tenía copia de las llaves que me había confiado tiempo atrás, y lo sorprendía enfrascado en la lectura de un libro, pálido y demacrado. Todo se había reducido a los libros, incluso su hambre física que ya lo era tan solo espiritual. Yo interpretaba todo lo que hacía y me pareció que en su inusual comportamiento podía estar dándose incluso una cierta sublimación de impulsos primarios, de naturaleza sexual, que acababan siendo destilados en el impulso que lo obligaba a leer sin parar, tanto que cada vez dormía menos, que incluso, lo fui averiguando hace unas semanas, prácticamente había dejado de dormir y se limitaba a pasar como un escáner sus ojos secos y enrojecidos por los libros.

Su forma de leer se fue tornando patética, pues ya lo hacía con el cuerpo encogido de hambre y de frío, con el café circulando a raudales por sus arterias, palpitando como si sufriera parkinson. “Debo leer todo, antes de morir” aseveró de nuevo cierto día triste, en el que, una vez más y todavía con la bata blanca puesta, yo lo acompañaba mudo y sobrecogido, con sagrada reverencia, a él que absorto en su lectura murmuraba entre dientes su sed de inmortalidad, sus ganas de hallarse en una gran biblioteca repleta de sus adorados libros con toda una eternidad disponible para leerlos.

Esta última semana ha resultado atroz. El temblor le ha impedido incluso agarrar el libro que tenía delante, por lo que ha estado utilizando un atril que no sé de dónde diablos lo ha sacado. Descuidado, sucio y desmadejado en todos los sentidos. Aunque su suciedad y el cansancio le hacen detener su lectura a menudo para frotarse los ojos o para rascarse con frenesí. Ha cronificado sus ojeras azuladas, en una cara esquelética, palidísima, que va tornándose tan solo nariz. Se ha negado a emplear gafas, todavía ignoro por qué. Hace tres días le he preguntado por su pesquisa, que ya lo es así, en singular, pues sus pesquisas, en plural, se han acabado concentrando en la Pesquisa, en singular y con mayúscula. Repitió que esencialmente estaba cerca de identificar el alfabeto del mundo, que quizás le bastaría con eso. No eran exactamente los números y figuras que decía Galileo, pero tampoco sabía decir, con propiedad, qué era. Todo era, me aseveraba, como un mar, insondable, eterno, majestuoso.

Ahora, mantenido por mí como un mendigo, sin trabajo ni vida social ni afectos o intereses mínimamente mundanos, ha agarrado la Biblia. La está devorando desde el primer versículo, siguiendo el orden de los libros y capítulos, enfrascado como nunca lo he visto, exhalando extraños grititos cuando toma conciencia del escaso tiempo que, según afirma, le queda. Su forma de leer ya es histérica. No sé qué va a suceder. Lleva tres días sin comer y se ha tornado un trozo de huesos que crujen, tres días en los que no dormir le comienza a producir alucinaciones, y en los que nunca se ha levantado de su asiento en la terraza, incluso cuando ha llovido al paso de una tormenta, mientras él persistía, con el agua emborronando su biblia, con las gotas resbalando por su rostro hasta caer en ella, sin tiempo ya ni siquiera de respirar, agotado. Así, se consume en su reto de la lectura total, con la que pretende arañar el mundo, que no abandona ni un solo minuto y que, según creo, lo va a llevar pronto a la tumba o a la locura, sin que yo sepa qué hacer ni cómo remediarlo.

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