¿Quién lo ha hecho?


¿Quién lo ha hecho?
Marcos Santos Gómez

No tiene importancia, nada tiene importancia, ni siquiera lo que acaba de suceder, en lo que yo nada he tenido que ver. Sé que todo ha ocurrido de un modo ajeno a mi voluntad y que mi mano no era realmente mía cuando empuñó la navaja que tontamente me había echado al bolsillo antes de salir de casa, una navaja que jamás habría empleado a conciencia contra nadie, ni la habría clavado repetida y cansinamente como al parecer acabo de hacer, hundiéndola en cuanto abdomen tenía a mi alrededor, en la fría mañana, degollando sin remedio, destripando panzas embargado por una imperiosa necesidad, en un rapto atroz, y actuando con letal diligencia, porque él ya lo había determinado. Todo lo ha hecho otro. Yo no era yo, sino un destino luctuoso y terrible. Me ha sido dictado por el infame. He empleado de hecho un arma que nunca quise poseer ni llevar encima, cuando la portaba oculta en el bolsillo de mi gran abrigo azul, mientras caminaba ensimismado y ajeno, sin tener culpa de nada, sin haberlo decidido jamás, sin que yo, verdaderamente, haya hecho nada.

Juro que salí a tomar un simple café, que había dormido poco y que iba, bien es cierto, muy aturdido, por haberlo visto en la penumbra de mi dormitorio, a eso de las tres o las cuatro de la noche. Debo afirmar de modo taxativo que era real. Lo vi como a alguien realísimo, que aguardaba en silencio, sentado en una esquina de mi cama. Supe que estaba ahí de veras, vaticinando lo que habría de suceder. Sus piernas larguísimas, de varios metros, que empezaban en su estrecha cintura, tocaban en sus extremos, es decir, con los pies impecablemente calzados, la blanca pared y se extendían por gran parte de la habitación, como cuerdas, invadiéndola y llenándola. También los brazos parecían no caber en el dormitorio, en contraste con un tronco ridículamente pequeño. Sonreí y le dije: “¿Qué vas a hacer, maldito Slenderman? ¿Qué vienes a tejer en mi alma? ¿Qué ocultos horrores prefiguras? Mira que no te tengo miedo, aunque te siento ahí, de un modo denso, magnético, de manera que me produces un vuelco en el corazón y haces que me despierte aturdido, con mortal sobresalto, que dé vueltas en la cama y sude copiosamente, que te espere cada noche como una presencia viva y persistente, como una compañía perenne en mi ansioso sopor”. Todo ello exclamé, mecánicamente y lleno de impropia elocuencia. Porque lo he pensado mucho en los últimos tiempos, sé qué tenía que hacer y qué decirle.

Debo anotar que ha estado ahí, con pavorosa insistencia durante meses y que anoche ya llegué casi a poderlo tocar. Lo vi perfectamente. Me espantó de veras cuando se levantó, tras esperar sentado en una esquina de mi cama, y cuando lo supe gigantesco y desgarbado, vestido con pulcritud como para un entierro, con seriedad de luto y silencio de alguien sin boca, ni nariz, ni orejas ni ojos, que sin embargo me miraba y parecía sonreír. Subir mi mirada hasta el mismo techo bien alto, y ver su cabeza sin rostro, como un huevo, me hizo gritar. Traté de encender la luz de la habitación, de manera atropellada, mientras me decía que esta vez iba a sorprenderlo ya para siempre, a plena luz, y a luchar con él, invocando a Dios y a todos los santos para que lo sometieran. Quise demostrarle que no iba a poder conmigo. Pero se había ido cuando logré dar con el interruptor en la pared, ya fuera de la cama, tambaleándome, intentando al mismo tiempo tocarlo con el otro brazo, y sobre todo, viéndolo con insistencia, grave y consistente. Sencillamente se esfumó. Dejó una atmósfera de formol, como de quirófano, que evocaba limpieza, un aroma que se me introdujo en las narices y que hasta ahora sigo percibiendo, como incrustado en mi sentido olfativo, persistente y nauseabundo, como el olor a lejía que desprenden los cementerios y que, junto con el suave aroma del musgo y los huesos, se deja oler en las tumbas. Con este hedor en el cuerpo intenté dormir de nuevo, logrando tras veinte o veinticinco minutos un medio sueño, inquieto, consciente a medias, que le daba vueltas a todo, que volvía a presentir su presencia a retazos. Esta vez procuré atraparlo sin fallos, cuando reapareció callado y orgulloso, y salté de la cama lanzándole un puñetazo, en el punto exacto donde estaba su corazón, en el torso, en medio de donde le hacía vigilando mi medio sueño, concentrando todas mis fuerzas en ese puño, en despertarme de nuevo del todo, en no darle apenas tiempo de desaparecer. “Sé quién eres –le dije ahora-, sé que estás ahí y que juegas conmigo a que no estás, pero esta vez te voy a mirar bien, te voy a ver del todo, no te vas a ir como siempre para que crea que no existes. Eres como un fantasma, como un maldito fantasma, un monstruo, pero muy real. Sé que me vigilas cuando duermo, que me velas, que anuncias algo despiadado”. Pronunciando tal perorata, perdí el resuello varias veces. A trompicones, pulsé el interruptor de la luz en la pared, y él simplemente otra vez se disolvió. Me sorprendió que se esfumara de pronto, un ser tan definido y opaco como una cosa en la oscuridad, cuando esta vez lo había contemplado con nitidez en la penumbra. Era él, pesaba sobre mi colchón mientras permanecía mudo, sentado e inmóvil, con terquedad de existir y de ser. Me atusé la cabellera meditabundo y decidí no apagar la luz el resto de la noche, y ser yo quien vigilara para sorprenderle, en mi medio sueño. Apenas logré, en las pocas horas que restaban para el amanecer, echar una ligera cabezada en la que no puedo decir que durmiera de veras. Permanecí más o menos vigilante, con la luz encendida, y hablando en susurros a quien demonios fuera este Slenderman, pareciéndome que él también susurraba desde su no boca, que en esos momentos estaba en algún lugar de la casa escuchando mi monólogo con atención, tal vez en la habitación de al lado, a punto de irrumpir en el dormitorio y saltar sobre mí. Me invadía a ratos un poderoso pavor y me fue absolutamente imposible apagar la luz. Sé que entraba sigilosamente en cuanto bajaba la guardia y cerraba los cansados ojos soñolientos para dar una brevísima cabezada. Entraba y se acercaba, enorme, colocando una de sus manos a escasos centímetros de mis ojos cerrados, como si pretendiera hundirlos con los dedos.

Al amanecer estaba desconcertado. No había logrado descansar y me levanté de la cama con dolor de cabeza, en un estado de tensa duermevela. Allí, o en mi nariz, persistía ese olor hediondo de hospital y me hallaba irritado por la falta de sueño, fuera de mí, como ardiendo de fiebre y sintiendo que extrañamente ya no era yo. Esa fue la sensación que tuve desde entonces y que aún ahora, mientras escribo esta breve memoria de lo sucedido, perdura. No sé, en realidad, quién escribe esto, o mejor dicho, es como si todo fuera parte de un sueño y en breve fuera a despertar aliviado, sabiendo que nada había ocurrido. Pero todo ha sido real, muy real. Y por eso sólo me resta lamentarlo, lamentarlo siempre, y arrepentirme toda mi vida, ansiando el pronto abrazo de la Parca. Me levanté, pues, tras tanta inquietud, muy enfadado. Sentía lo mismo que ahora, como si yo no fuera yo, o como si yo fuera dos personas, hablando y escuchándome ajeno, con una rara sensación de desdoblamiento, o, dicho con mayor precisión, como si otra persona dictara mi deseo y dirigiera mis pasos. Me aturdían y aturde la falta de sueño, la desesperación y la impotencia. El maldito demonio me había dejado en un poderoso estado de insania, de excitación y a la vez de lento letargo. Ambas cosas, excitación y letargo. Estaba tan nervioso y ajeno que rasgué levemente, por mi movimiento tenso, brusco, la camisa, al tratar de vestirme. Y definitivamente era otro quien con desaliño, pálido, sin afeitar y con grandes ojeras azuladas bajo los ojos, salió, como un poseso. Había topado de hecho, en los últimos tiempos, con seres indeseables, pero seres de la vigilia, que me acechaban estúpidos y malignos en los lugares donde suelo acudir, en el bar, por supuesto, y en la frutería, la carnicería o el gimnasio. Me observan con malevolencia, cuando llego aturdido por la noche en vela y el miedo atroz, me acechan como él, que es quien mueve los hilos. Sabía que la suerte estaba ya, fatalmente, echada. Pero no importa lo que pasó. Ya nada importa de veras.

Insisto en que no he sido yo quien lo ha hecho, al menos no ha sido mi voluntad y en gran medida no ha sucedido, aunque la sangre era muy real, de olor semejante al hierro, que no he podido evitar traer a casa pegado en la ropa. Me explico. Si no lo hubiera visto, con nítida claridad, en la noche honda y aciaga, en mi constante sopor maligno y duermevela, no habría pasado nada. Ahora ya sé lo que él quería, y puedo asegurar de una vez por todas, que existe, que incluso casi he alcanzado a darle un puñetazo en el pecho ridículo, en medio de ese tórax de grillo, diminuto, y desbordado por las desproporcionadas extremidades que me han tocado, suavemente, el rostro cuando más inmerso me hallaba en el mortal letargo, y cuando he cerrado los ojos adivinando el horror que estaba sucediendo, mientras los acuchillaba, mientras acometía con excentricidad lo que yo no quería hacer, lo que sin embargo sucedía para mancharme y confundirme para siempre. Por eso, me digo una y otra vez, que nada importa, que no he hecho nada consistente, nada real, nada de veras.

Pero a él sí lo he visto, anoche, mientras me embargaba una furia y un odio que en realidad ocultaba mi crudo terror, el espanto primigenio de hacer algo largamente temido y esperado, algo que no quería creer que sucedería ni que fuera tercamente verdad. Un horror primario, acaso infantil, propio de los terrores nocturnos de mi niñez, un miedo indefinido que me ha perseguido durante meses, en los que juro por Dios que lo he olido, que lo he presentido muy cerca, que incluso lo he llegado a ver, de verdad, como ahora veo al grave agente que me vigila, al médico que sin yo merecerlo me atiende. Casi todas las noches, de pie, inmenso, o sentado pulcramente en el lecho, en medio de una atmósfera de formol, lejía y hueso, estaba ahí, realmente ahí. Siempre supe que era él que venía a verme desde un mundo inconcebible, como una abominable pesadilla, a proclamar su sinrazón, a rasgar mi alma, a convencerme de que era el tiempo del horror, de hacer las cosas y luego arrepentirme, de obrar compulsivo y feroz, como un autómata, viéndome a mí mismo hacer todo, con saña, hundiendo la navaja en las obscenas barrigas, degollando, pinchando y rajando, sin cesar, como un rito brutal al que debía obedecer, como si soñara, antes y ahora, y siempre estuviera soñando, sólo soñando, y me jurara que todo aquello que hacía no estaba sucediendo de veras, que era obra de mi imaginación y que sólo él es real, lúgubremente real.

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