El genio de Van Gogh

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El genio de Van Gogh
Marcos Santos Gómez

¿Loco yo? No estoy loco, insisto en que no estoy loco. Yo ya sabía que la sed más acuciante sólo sería saciada si consumía mi alma, retorciéndola, estrujándola sin piedad, cuando en el claro tenuemente iluminado por las sencillas lámparas, ante miles de manuscritos, ahíto de símbolos, me confesé ardorosamente a aquel erudito sacerdote. Ya me había advertido el buen hombre de que mi ansia implicaba pagar un precio diabólico, que por ese mortal precio no merecía la pena hacer lo que tramaba, y que él podía ayudarme pero me aconsejaba que me fuera, que saliera corriendo de allí, que nunca más volviera. Lo conocí hace seis meses cuando elaboraba un terrible, sobrehumano artículo sobre la pintura de Van Gogh, y fui porque aquel reino de silencio era el ámbito sagrado donde podía engolfarme en prolongadas bacanales de rabioso conocimiento. Me he estado preparando a fondo para escribir mi trabajo. Me quise atornillar en el éter como sus óleos sagrados, reveladores de una plenitud que es una nada, y de una nada que lo es todo, como una estrella ardiente en el más negro abismo. Las botas del pintor, falsamente confundidas con las botas de un campesino por, pronuncio su nombre con estremecimiento, Martin Heidegger. Esas botas. Su ensayo sobre esas botas y, en fin, el arte, el ser telúrico como una callada mancha de aceite penetrando las cosas, como el mismísimo Espíritu Santo.

Nadie lo comprende. Nadie se percata de una verdad sencilla, y es que estoy sano y cuerdo, lúcido como un búho rodeado de la más execrable noche poblada de mitos, que puedo ver lo que antes apenas intuía, que he ascendido, que soy, cualitativamente, otro. Me cuidan, me alimentan, me ayudan a realizar mis ejercicios, me instan a gozar del sol liviano de una tarde de mediados de octubre, un sol que va ya apuntando a ser el sol frío de las mañanas de diciembre, un sol limpio, porque el frío es limpio. Y esto les digo a mis cuidadores, con sus uniformes de impecable blanco, cuando me ayudan a caminar cada uno a mi lado, agarrando con ternura mis hombros para alzarme, para evitar que vuelva a hundirme en la tierra parda, pútrida, donde crecen de un modo insufrible las plantas, un crecimiento que me ensordece y me aturde; el otrora imperceptible rumor de las pálidas raíces hundiéndose en el humus. Todo hace ruido, todo cruje, se lo digo a los dos que me miran con aire amable pero firme, con una paciencia infinita como la que yo debo cultivar ahora que el mundo se ha tornado salvaje, feroz, vibrante. Me obligan a caminar con extrema lentitud, con pasitos cortos, como si ya, a mis cuarenta y cinco años padeciera demencia senil. Si ellos supieran. Pobres. Creen que es locura, que he perdido la razón, pero si ellos supieran la verdad.

El día de la revelación había bajado en ascensor hacia un horadado subsuelo, unas cinco plantas hacia el fondo de la tierra. El viejo erudito bajó conmigo y se dispuso a mostrarme los libros. Me había observado durante los pasados seis meses, mis horas de frenético estudio, de lectura audaz y vertiginosa: libros, artículos de revistas especializadas, legajos, pergaminos. El artículo es ambicioso, pero todavía tengo que escribirlo. Leí todo lo que se ha escrito sobre lo que Van Gogh muestra en los cuadros, no un mensaje ni nada concebible en los términos de un discurso, sino un pathos lúcido que anidaba en sus ojos. Nos rodeaba la oscuridad de secretas galerías repletas de anaqueles con miles, decenas de miles, cientos de miles de libros, guardados como un tesoro, en la atmósfera controlada de esa sima del mundo por precisos aparatos, una atmósfera para los libros, sin humedad, sin polvo ni ácaros, a unos pocos grados agradablemente refrescantes para quien fatiga sus pasillos. Filtros, galerías que sólo se iluminan por filas de lámparas de luz blanquísima que se van encendiendo tras un leve titubeo, una a una, desde el centro donde confluyen los pasillos, hasta perderse más allá de donde pueden mirar los ojos. Todo en silencio, secreto, como una enorme caja acorazada, a prueba de terremotos, con pesadas puertas blindadas y claves secretas que las abren, y que sólo conoce una persona, mi erudito guía. Habían sido meses de tan intensa devoción, en los que ambos disertamos sobre Van Gogh y la lucidez de ser, sobre su mirada; pero no, digo mal, no es “mirada” la palabra, sino algo tan interno como despiadadamente ajeno, una tensión innominable, una cierta oscilación y un pozo por donde uno cae eternamente sin tocar jamás el suelo.

Tras meses de fatigas, le confesé mi decepción por no ser yo capaz de compartir el alma de Van Gogh. Nos habíamos dirigido al verdadero centro de aquella trama cavernosa. No era la placeta en la que confluyen las galerías que se abren radialmente para contener los libros, en cada nivel o piso, a varios metros bajo tierra. Era otro lugar al que el erudito sacerdote me condujo cuando ya no lo esperaba, y que sólo pude contemplar en un éxtasis. Hubo como una explosión en el momento en que aquél pulsó el interruptor que ordena a las lámparas que iluminen ese vientre divino, ese portentoso útero. Era una gran jaula, un secreto dentro del secreto, dentro del cual aguardaban pilas de los más raros y valiosos legajos, manuscritos e incunables, sobre enormes mesas y estanterías. Una luz suave y especial para no dañar el material bibliográfico (ahora se me antoja esta forma de referirlo tan soez). Allí se accedía sólo muy de vez en cuando y casi siendo un elegido. Yo me había ganado el favor de este sacerdotal bibliotecario después de tantos meses de elevadas confidencias, de densas y graves divagaciones compartidas, de estupor y postración ante la letra sagrada, de lenta rumia de cientos de ejemplares, de fiera poesía, de digerir todo lo que había pasado por mis manos en las horas de interminable estudio, en la sala de lectura de esta fantasmal y desconocida biblioteca que lo abarca todo. Puedo afirmar que buscaba sin saber de veras lo que buscaba y que saberlo ahora, ¡ay!, me quema como un hierro candente en la inteligencia.

El sacerdote, bastante mayor, un devoto de la verdad perdido entre las verdades, un hombre de Dios, un jesuita de alma pacientemente tallada como un diamante, me prometió una audacia mayor. Todavía no has visto, ni has leído todo, me dijo. Sígueme. Y yo fui tras él, como monje en el claustro, hasta acceder al modernísimo ascensor, tras abrirse la puerta cuando el sacerdote pulsó la clave, y bajar un número de pisos que no acabé de contar correctamente, tal vez cinco o seis. Y allí, en lo más hondo, tras una reja que sólo abría otra clave secretamente pulsada por este piadoso cancerbero, accedí a una luz, a una plenitud, a un éxtasis que al mismo tiempo que un Cielo ha resultado ser un infierno.

En la confusión de los legajos e incunables, temblé con estremecimiento, diría incluso que espantado, rodeados ambos de penumbra en aquella isla bajo tierra, donde la luz suave que respeta pergaminos y papeles se expandía como en un centro, como mansa agua en una fuente. Pasamos horas revisando el material. Así, me topé por fin con el pedazo de papiro celosamente guardado. El papiro. Bajo un cristal blindado, en una pequeña encimera, allí estaba, escrito en caracteres griegos. Advertía, me tradujo el erudito, de un peligro, de una muerte que, sin embargo, era capaz de otorgar una nueva dimensión de vida. Rio cuando, tomándome completamente en serio aquel texto, atiné a sacar un cuadernito que siempre llevo encima, dentro del bolsillo de la camisa, y un bolígrafo tan funcional como prosaico. Dije, ¿Es una fórmula, verdad? Sí, no es, como habías creído, un texto sagrado, de algún evangelio, esos se guardan con mayor celo todavía, en otros lares. El valor que tiene este pequeño ejemplar es, sencillamente, su antigüedad, me precisó. Yo me puse a copiar el texto, inmerso en un sudor frío. Pero tras varios torpes intentos de entender literalmente lo que el tiempo había casi borrado, mi cancerbero me aconsejó que dejara de tomar notas, me informó de que el papiro tenía una clave y una signatura para ser estudiado, con suma facilidad, en una fotografía accesible por internet. Llevaban más de una década intentando, de hecho, informatizar la bestial biblioteca. Su mansedumbre, la tenue iluminación, el mayor de los silencios, la luz y la tiniebla, el papiro, me acabaron afectando hondamente. Así que, palpitante, guardé mi cuaderno en su bolsillo, sin apenas poder escribir, con el bolígrafo, que me coloqué enganchado por la mueca del capuchón. Es, en efecto, me siguió informando el sacerdote, una vieja fórmula, de algún veneno, pero, de un modo muy misterioso, dice que iluminará a quien lo ingiera. Yo hace tiempo lo interpreté como un aviso de los peligros que acarrea la extrema lucidez, la antiquísima relación entre genio y locura. Tal vez sea un modo de hacerse como Van Gogh, comentó riendo, pero al ver mi palidez y mi espanto, quiso ponerse muy serio, para advertirme que no me obsesionara, que no buscara atajos imposibles, que ya estaba bien y que debíamos irnos rápidamente, que el lugar evidentemente me afectaba, quizás la claustrofobia, y que me aconsejaba, me insistía en que diéramos por finalizada la visita a la biblioteca. Nunca vuelvas por aquí, me dijo. No te sienta bien.

El ciprés y la noche estrellada acudieron a mi agitada mente. Dolor, mas, al mismo tiempo, una imperiosa y delicada verdad. Ver, pensar, soñar, pintar como Van Gogh, compartir su genio y su lucidez. No porque pretendiera fama o adoración, ni prestigio, sino persiguiendo una discreta sabiduría, un placer singular y solipsista. La lucidez que fantasmalmente asolaba al pintor. Curiosa combinación, indiqué a mi cultísimo colega, de muerte y de vida. Ah, dijo él, no hay vida sin muerte. La plenitud tiene un precio. Yo lo pagaría, confesé enrojeciendo, quiero la plenitud como sea, a cualquier precio, quiero saber todo antes de morirme, aunque sea en un efímero resplandor de estrella supernova antes de apagarse. Tienes una sed insaciable y peligrosa, dijo grave. Lo que quieres, añadió, exige un celo, una paciencia y un tiempo prolongado, muchas horas de más fatigoso estudio. Tienes que labrarte por dentro. Estos legajos y pergaminos me labran, padre, me labran salvajemente. Esto es una vergüenza que pocos deben conocer, la vergüenza del genio que separa y aísla, jamás exigible, de ningún modo, al conjunto de los hombres. Te ruego, insistió él con apremio, que salgamos de aquí y te aconsejaría que no pienses más en todo esto. ¡Vámonos! ¡No vuelvas jamás!

Pasaron unas semanas. Consulté en la imagen del viejo papiro griego accesible en una amplia base de datos informática que exigió mi previo registro. Encontré obras sobre el mismo, un catálogo de crítica textual y de trabajos eruditos que me revelaron que aquella era una fórmula para adquirir la visión suprema. Aún no sabría definir con certeza si se trataba de magia o de medicina primitiva. Pero el lector me perdonará si callo una receta tan terrible. Si alguien se hace con ella, que no sea porque yo lo he revelado, que no sea por mi culpa. Todo requiere su pesquisa laboriosa. Él tenía razón. El atajo que yo he cruzado ha sido brutal. Quien quiera la lucidez, pague su precio. Baste precisar que en la composición de la arcaica receta se hallaba el estramonio, que es un poderoso veneno que en minúsculas dosis puede alterar considerablemente la percepción. Me informé y supe que era una sustancia vegetal de extrema peligrosidad que hay que evitar manipular sin el máximo cuidado. En todo caso, sea lo que fuere, a mí me ha otorgado el ver cumplido mi mayor deseo, un deseo arrastrado por las muchas bibliotecas, por universidades, por miles de horas de intensa lectura, a través de lo cual he querido, he logrado ya, comprender a Van Gogh, ver lo que él era capaz de ver.

Tras preparar el cóctel de yerbas y setas, y remover la pócima de feroces plantas capaces de donar el sagrado estupor de la genialidad, me procuré de soledad y espacio para experimentar lo más elevado que es concedido experimentar a un hombre. Me atravesaron vértigos, vomité hasta apenas expulsar babas amarillentas, sentí un terrible ahogo y un resquemor, una suerte de inflamación, diría, interna, anímica, una expansión inefable. Tras sufrir el insoportable calor y la asfixia que me obligaron a desnudarme me invadió una laxitud y un frío que hicieron que me ovillara, desnudo como estaba, lloroso sobre el duro suelo de mármol de mi apartamento. No puedo describir con precisión las horrendas visiones que padecí, entre el letargo y la exaltación; no puedo referir cuánto sufrí, lo que dormí y bailé, cómo me atormentaron las máscaras de primitivos chamanes de la Edad de Piedra, los ángeles infernales, el estupor de Dionisos, las hienas de fauces espumosas, el torbellino de langostas, el odio ancestral, la espesa jungla poblada de ojos y los más agostados desiertos. Fueron horas terroríficas.

Después de casi dos días, alcancé, por fin, la lucidez. Fui capaz de ver lo que veía Van Gogh, lo que él sabía. Ahora miro el mundo y los seres con una intensidad nunca antes soñada y el amarillo se ha tornado más amarillo que el amarillo. Veo trazos como lenguas que lamen el ser, sé del frenesí en torno a cada cosa, me hundo y me elevo al mismo tiempo con las botas que son un telúrico templo pagano que contiene una zarza eternamente ardiente. Aprecio el orden de matemática imposible que anida en los girasoles, se han abierto profundos precipicios a mi alrededor, he caído noches enteras acuciado por negros cuervos, he comido abismos, he muerto en pozos invisibles, he maleado metales más preciosos que el oro, he jugado al billar con el diablo, he aullado durante días, he cercenado, con un solo movimiento, en un tajo certero, mi oreja derecha.

Nunca antes pude ni siquiera imaginar lo que habría de vislumbrar tras mi transformación. Nunca vi el mundo más mundo. Ahora vivo el ser salvaje, una euforia de siglos; y la orante humanidad se ha destilado para mí en un secreto alambique. Repito que esta negritud, esta perturbación de naturaleza cósmica, es la lucidez. Por fin he visto, insisto, lo que veía el pintor amado. Me he extasiado horas ante un ciprés. Por eso, les digo a estos hombres tan amables, que visten de impecable blanco, que no estoy loco, que jamás he estado tan lúcido, que soy, por fin, un genio, que he logrado entender la clave del mundo, que he digerido universos, que oigo crecer la yerba, que lo dulce está infinitamente más apetecible de lo que nadie, salvo él, jamás probó, que oigo, también, y me embeleso, la música indiscernible de las lentas esferas con inmortal persistencia, que las siento, a ellas, gravitar y danzar y besarse, que una rosa huele como mil rosas. Me hallo en el mismo éxtasis con el que culminó su vida visionaria Van Gogh, con la misma oscura certeza, con su idéntica mirada sublime. No. No estoy loco.

Bifurcación universitaria

Bifurcación universitaria
Marcos Santos Gómez

Era uno de los secretos más poderosos guardados por la vetusta piedra de nuestra universidad. Y yo he hallado al guardián que lo conoce, al ángel, al maestro de verdades indiscernibles, al señor de la llave sublime, que camina como un gato sobre nuestras losas, suave, esquivo, dueño de la valiosa alma de los investigadores, el número uno entre todos los números unos, el sello y ejecutor de lo que podría haber sido. No era, como hubiera imaginado, un egregio profesor o un jesuita latinista, sino que fue Pedro el portador del escándalo, Pedro, Petrus, llamado también Piedra. Cuando le conté mi ansia, me propuso un soñado desbarajuste que nadie más que yo apreciaría y así podría, me aseguró, comparar, medir en mi propia persona el alcance de las palabras y reconciliar mi espíritu.

Pedro trabaja como guardia de seguridad, y posee unas pobladas cejas despeinadas, si es que se puede considerar a una ceja despeinada. En su caso el atributo estaba adherido indeleblemente a la idea y puede afirmarse sin miedo que sus cejas eran como algunas barbas, es decir, hirsutas. No era en vano que me dije estas cuantas aseveraciones terminológicas. En lo primero de todo han estado las palabras, la seducción que ellas han ejercido en mi vida, trazando textos inextricables, ejerciendo su esplendor u oscuras y cerradas, pero justamente por esto esperando la luz de unos ojos capaces de discernir las señas que tejen, como con arañazos, el mundo.

Las causas de la protesta que se avecinaba eran profundamente justas y se trataba, en el fondo, de salvar un viejo modelo de conocimiento. Al esplendor añejo de un apocalipsis retardado durante años, de una espera de generaciones, se opone ahora el conocimiento como bisutería, como un falso esplendor de finanzas con ínfulas despreciables. Nos queda el grito, un grito meditabundo y reposado que devuelva el viejo ser a estas piedras. Nos vimos allá reunidos, tras ser oportunamente convocados por los sindicatos, en el aula Magna de la facultad de Ciencias de la Educación, un lugar novísimo, aunque no libre de las profundas etimologías que nos sostienen y que lo son todo. Ciencia, scientia, scire. Supe y medité tales ideas mientras el delegado sindical hablaba, con un discurso campechano y de tono afectivo y coloquial. Yo era (¿soy?) un modesto profesor de filosofía, hermeneuta de profesión que creía entrever rutas verbales, matrimonios de autores sin autoría y parto de lentas tradiciones. Hoy se pretende un conocimiento sin peligro, sin el trato fruitivo con la lengua y la tradición que casi lo deshacen a uno. Y yo creía, lo supe entonces mientras el sindicalista hilaba su discurso, que me faltaba una cierta fidelidad, una adhesión degustativa (apenas me importó haber inventado esta palabra, acaso bajo la dirección de otra palabra: deconstructiva). Necesitaba emborracharme de lenguaje y supe que ansiaba la más ebria de las disoluciones.

Son tiempos convulsos en esta segunda gran transformación del chirriante engranaje de la anciana institución universitaria. Se trataba de que rejuvenecer, decía el orador, no equivale a tirar por tierra y descartar los nervios que habían provocado esta secular agitación de aulas. Estamos en una época, meditó en voz alta y para todos, en la que cierto conocimiento no se considera operativo y por tanto se lo va excluyendo de los ámbitos académicos. De hecho, lo que ocurre es que se espera que el conocimiento sea operativo, que fabrique emprendimiento y productividad económica.

La palabra que en aquellos momentos me atormentaba era, obviamente, “asamblea”, y mientras el líder continuaba exponiendo razones, nunca mejor dicho, pues las razones eran expuestas, colocadas desnudas y temblorosas ante la masa hermeneuta que debía decidir qué hacer con ellas, yo rumié esta palabra, “Asamblea”, dándome cuenta con tristeza de que había un vacío detrás de ella, una lenta sombra, adonde me era imposible acudir. ¿Qué era antes, “asamblea” o “Ecclesia”?, me dije, ¿quién presta el halo y quién lo porta? No podía responder con la debida hondura. Me faltaban algunos grados más para mi delectación verbal, echaba de menos una patria, sabía que no visualizaba algo poderoso y magnético en la palabra “asamblea”, algo de lo que yo carecía, y que yo pertenecía, de manera sangrante a ese vacío. Mi lugar era ése, era un no lugar cuyo hueco me duele. La palabra se me diluía y replicaba en copias imperfectas, podía seguir parte de la cadena hacia atrás, pero me resultaba imposible captar una forma primigenia de la misma. Mis términos se perdían. ¡Porque el conocimiento consiste en cadenas de etimologías! Admiré esta vieja intuición de los eruditos del Medievo, que pensaban que la cadena llegaba hasta nuestros padres Adán y Eva y la lengua inconcebible que ambos hablaron y con la que nombraron el Paraíso.

A mi lado se sentaba un hombre mayor, que trasteaba en un viejo maletín posado sobre sus muslos. De la manera más inocente se revelan las verdades, verdades cuya verdad es que conducen a otras verdades. Siempre así. De modo que en aquel elegante maletín, había un reto, una clave. Saber es añadir nuevas confusiones a la confusión primera. Y de este modo en el maletín parecía habitar, casualmente un espacio que me llevaría a otro. Allí estaba mi olvido. El colega era, a no dudar, un filólogo, como revelaba una cierta placidez amablemente sensual en sus labios. Un filólogo que trataba con palabras y con el que las palabras trataban. Había dedicado su vida, presumiblemente y a la vista de las broncíneas etimologías que guardaba, en magno latín, a deshacerse en dicha lengua. Lo contemplé con disimulo y envidia, deseando su deleite, su festín, su dicha. Él debería haber sido mi colega de departamento universitario.

¿Qué habría sucedido si yo hubiera participado de la bacanal filológica? Esa fue la pregunta que entonces y hasta ahora me he hecho tras mi torpe incursión en el tiempo. No obstante, precisemos que mi viaje no sólo ha sido un viaje en el tiempo, al pasado de hace treinta años, a mis años mozos. No he tratado de comprenderme o de iniciar un nuevo futuro porque sí. Antes bien, he pretendido completar lo que se truncó. Hubo un sendero que quedó sin recorrer, y ése era, me confesé, mi verdadera vía, adonde hubiera debido caminar, junto al desfile magno y solemne de las etimologías. Me detuve para no proseguir en la incipiente traducción de Cicerón o Virgilio, y ya no avancé más. Detuve un destino y una fruición. Me escabullí por otros lares también bellos y amados, pero ya para mí agotados. Mi degustación quedó a medias, aunque procediera a disfrutar otra degustación. Bien es cierto que he obedecido a distintas debilidades gustativas, como es la aguerrida tensión, semejante a la de la lengua, entre ideas y cosas, su pelea, su curso. Ideas que he manejado en mi lengua y que han salido a la palestra, al ring en un conmovedor combate de boxeo. Así, mi pasado, presente y futuro fue determinado por esta decisión de mi joven época, es decir, por haber optado por el estudio de la filosofía que, ciertamente, me ha llevado a otras lenguas, pero no a la madre que es el latín. Me especialicé en obras y autores contemporáneos, olvidando a una anciana llorosa cada vez más diluida en la nada, como una fallida alucinación de juventud, la urdimbre latina.

Esta nada presentida no hubiera pasado de ser una pintoresca emoción, una inquietud trémula, que tanto he padecido en distintos periodos y circunstancias. Pero en la asamblea mi sabio correligionario alzó ante sus ojos gozosos un mensaje que comenzó mi aventura: Buscar a Pedro. Le pregunté, manifestando una grave indiscreción por mi parte, quién era ese Pedro que había que buscar y por qué había que buscarlo. Él dijo que estaba muy cansado, que seguramente yo ya lo sabría por otras fuentes, que resulta que en nuestra universidad habitaba un mago poderosísimo, y que él había rastreado, persiguiendo todos los Pedros del profesorado. En un pergamino que estudió hacía décadas estaba la pista, el nombre que portaba un alma, y que era, el vulgar, famoso y sencillo nombre del guardián de la puerta de los cielos. Me confesó estar harto de todo ello y me imploró que yo prosiguiera su búsqueda, que él detenía en aquellos instantes. Tome, me dijo alcanzándome una lista de Pedros. Inténtelo, yo ya no puedo. Él puede salvarnos de este desastre y ruina que se nos avecina, sólo alguien como él lo puede, un mago. Dicen que tiene en sus manos el destino de la universidad.

Abandoné de inmediato la reunión. Fui a estudiar los papeles en un banco de piedra. Tembloroso, revisé la lista exhaustiva de todos los Pedros. Todos ya entrevistados y descartados. Y allí estaba, cuando se me acercó un guardia de seguridad, para preguntarme con amabilidad si deseaba algo, acaso la exacta ubicación de algún aula. No era bedel, pero podía quizás ayudarme, murmuró. Hablaba despacio y bajo, de manera que parecía sisear, en cierto modo, como susurra un portugués. Pero viéndolo, intuí con presteza en qué había fallado mi colega en su pesquisa pétrea. No había buscado, supe, de veras en todo el personal de la universidad, de un modo exhaustivo. Es decir, todos sabemos que un mago debe disfrazarse alejándose de lo que es. Un mago secreto debe eludir su propio glamour, confundirse con la urdimbre de cuerpos que sostienen la universidad, que la conocen pero sin que se sepa que la conocen. No era, en ningún caso, un profesor, ni muchísimo menos. Tenía que ser un actor secundario, un vigilante y atento ángel que no pudiera ser a su vez vigilado. Y viendo a aquel guardia me dije que tenía que intentarlo, por lo menos, que debía fatigar plenamente la lista de los Pedros en el gremio de la vigilancia privada.

Deseo ahorrar al lector los detalles de mi pesquisa. Sólo retomo este hilo presupuesto en el mismísimo momento en que hallé a Pedro. Como antes he mencionado, era un hombre de hirsutas cejas, canosas, que dejaba caer los ojos con un rictus voluptuoso. Era vigilante de seguridad privada. Como al mago de Oz, le pregunté por mi talismán, por mi senda perdida, por la senda perdida de toda la universidad. Se desplazaba como un gato, con suave aplomo, y era, todo él, disimulo. La magia debe ser un asunto secreto por naturaleza. Nada más tomó mis manos, ante la estupefacta mirada de una señora con collar de perlas que pasaba por allí, me dijo que me estaba reservado un privilegio, el de vivir la otra vida, la que abandoné en la cuneta cuando sufría mi adolescencia. Debí tomar otra decisión, le dije, me equivoqué y quiero saber quién habría sido y qué profundos deleites me habrían aguardado, preciosos como cuentas de un rosario de coral.

Me explicó que el pasado podía cambiarse, pero que iba a ser una aventura intelectual que perseguía sobre todo saciar mi hambre más racional y vivir lo que quedó truncado, el brote fallido que debería haberme desbordado el alma poblando con sus hojas de acanto todo el grecolatino jardín de mis sueños . Yo le dije que no deseaba que mi actualidad quedara en mal lugar, es decir, que la filosofía era también una aventura, otro egregio enredo. No quería renunciar a ella, pero Pedro sentenció que no todo podía ser salvado. Me advirtió que mi cerebro, mi memoria, mi lengua iban a ser otros, que habría de retomar el camino que podía haber sido, para mi secreto deleite, pero a costa de desandar lo actualmente andado, la senda de la filosofía. Tú eres tu historia, te desharás al tiempo que ella, modificarás tu alma y tu más íntimo fragor. Dije yo, sea. Él repitió, sea, ejecutando unos pases mágicos con los dedos, como si escribiera algo en el aire. Al tiempo comenzaron a abrirse recuerdos como flores en el fresco amanecer, para ir otros a desintegrarse en una nada, como si se volatilizaran. Hubo de hecho una moción en mi espíritu, que vibró y se retorció. Era un majestuoso despertar al tiempo que un luctuoso sueño. Un mundo de sombras se agitaba, recuperaba las palabras, el hilo perdido y me precipité por fin en lo que nunca debería haber abandonado.

La señora del collar de perlas se dirigió a mí, cuando Pedro ya se alejaba. La reconocí como colega en mi nuevo departamento universitario, el de latín. Me dio un libro y se despidió de mí afectuosamente, diciendo Bueno, ahí lo tienes, luego nos vemos en la facultad. Era el ya descatalogado texto de la edición crítica de L. D. Reynolds, Oxford Classical Texts, de Dialogi de Séneca, a quien había pasado toda mi vida queriendo leer en el latín original, no por nada, sino porque su latín de plata, sentencioso, ajeno a las ondulaciones y ritmo de Cicerón, me estremecía con su modernidad, con su aire contemporáneo. De algún modo, justificaba mi tiempo actual.

Me desbordaba de repente, como una conmoción, un rumor de oráculos y negros bajeles, un canto de enigmas y sapiencias, de torturada esfinge de acertijos, un traqueteo que por fin fue deliciosamente mío, una lengua que podía paladear porque había gastado en ello media vida, mis nuevos últimos treinta años. Me sentí agudo, pleno y efervescente, poseído por rayos, remolinos y tempestades, dentro de un proceloso ponto de largamente deseados medusas y neptunos. Por fin tenía lo que había soñado durante años. Todo. No puedo expresarlo por completo en estas pocas líneas, sólo diré que navegué por las miles de palabras de bronce que por fin me colmaban, ahíto de hexámetros y epigramas que me habían esculpido por arte de magia, que eran ya carne de mi carne y reposo de la inteligencia, el viejo vacío ya por fin lleno y ocupado.

Pero cuando miré más hondo en mi alma, brotó una inquietud. Me percibía otra vez como una equivocación, olfateaba la ausencia de otras delicias que por más que me esforzaba no lograba hallar. Sólo su hueco. Una nada pertinaz acaecida en mi remota adolescencia. Ahora lo tenía todo, eso creí, pero poco a poco me fue asolando la silenciosa tristeza, la pérdida de otro paraíso echado crudamente en falta. Temí haber errado mi camino por segunda vez.

Ahora bulle mi espíritu con imágenes poderosas, con periplos soñados, con febriles corrientes marcadas como negro en el blanco. Toda mi existencia he urdido esta trama que otros urdieron por mí, para mí. Nadie puede, en la universidad actual, entender este goce. Sin embargo, presiento una sombra, algo que los vocablos latinos insinúan y que demanda ser continuado. Un prurito, un resquemor, un vacío insatisfecho, un algo que podía haber sido, justo en la bifurcación que me condujo a ti, oh noble latín, latín que me has dado tanto, pero al que debo, ay, recriminar que me haya fabricado tales éxtasis que se oponen a otros éxtasis presentidos, olvidados y desechados. Ahora sé que ese segundo camino abandonado era mi verdadero destino, lo que podía y debía haber sido. ¡Cuánto me habrías dado, oh filosofía! ¡Cuánto ingenio! ¡Cuánto placer, cuánta melindrosa delectación! ¡Cómo habría buceado contigo en verdades insondables! ¡Cuánto atisbaría de un jardín secreto y ya fatalmente vedado para mí por mi torpe elección! ¡Qué prohibidos y rebuscados goces! ¡Qué escultura de mi alma! ¡Qué perseverancia, qué esplendor, qué belleza, que don por mí tan neciamente rehusado! ¡Qué vida desechada! ¡Qué senda que habría con gozo transitado! ¡Qué ansia largamente insatisfecha! Perdóname, filosofía.