La nieve buscada


La nieve buscada (archivo word)

La nieve buscada
Marcos Santos Gómez

Hay un centro. Estaba la última vez que sentí el abrazo de la nieve. Estaba ahí pero entonces no pude nombrarlo. Sólo sé que hace un par de años, salí adormecido de frío, y me golpeó el color blanco, sobre el asfalto, sobre los coches, sobre los mustios setos y las aceras. La nieve en Granada viene con las horas contadas y apenas resiste el mediodía, por muy invierno que sea, pero aquella mañana había caído en la cantidad suficiente como para impedir que mi autobús saliera a la carretera. Había nevado en toda Andalucía y aquella fue una de las pocas ocasiones en que me he topado con la nieve real, con su sólida fragilidad, que cruje como un montón de cuchillas. Fue la última de la serie de veces que he podido apretarla en mis manos. Aquel día casi agradecí perder mi autobús, posponer el viaje y quedarme en el mullido confort de los libros. Pero la ensoñación se había desatado trágicamente.

La nieve es tangible, real. Mas en lo tangible se entreveran y funden los sueños. He pensado la nieve mucho más de lo que la he visto. La he meditado como si la masticara. En estos momentos lo hago, en esta tarde de verano, con la mole de Sierra Nevada aún rojiza, con su coraza de resquebrajada pizarra apenas poblada por líquenes. Sé que la nieve no es la nieve, sino mi nieve, que nieva y cuaja en mi memoria y que en el ardor del verano, sigue cayendo invisiblemente, en mi cálido ahora. Clama la montaña por tornarse el gigante albino que reine una vez más en Granada, que sobresalga pálido y se yerga en la mañana, con gritos de ventisca. Pero la nieve nunca es de verdad. La nieve forma parte de un sueño, como el Ártico que fabrican los documentales o ese fulgor de renos que llamamos Laponia, o el mar inmensamente helado frente a San Petersburgo o el resinoso bosque canadiense, que es la taiga sembrada de vida adormecida, o el espejismo inabarcable de Siberia o la estremecedora Antártida de noche, hambre y locura. El frío y la nieve, su afán, su tedio, que queman las manos de los exploradores, los icebergs, los crispados glaciares son, a no dudar, parte de un sueño. Nada de ello, intuyo con ordenado espanto, es real.

De algún modo, en aquella última nevada que he padecido estaba todo ello. Ahora lo voy descubriendo. Intento entender el misterio de la nieve. Ante la imagen de la tensa espera que es Sierra Nevada en su verano, que sufre por espumarse o empolvarse la cara como la luna, está lo soñado. Porque no podemos mirar sin recrear, porque pensamos cuando vemos, o, mejor dicho, soñamos para ver y entender.

Excavo capas y capas, acaso ya de nieve prensada que conforma algo así como un azuloso glaciar que habita en mis vísceras. Hundido camino, agotado, siguiendo a duras penas al montañero que va delante, pisando difícilmente el traicionero suelo, víctima de otro sueño, de un sueño de alpinismo y situaciones límites, que cuando llegan, resultan ser bastante triviales. Morir posee la obscenidad y la opacidad de las pirámides de basura en los vertederos. Siento la cuchilla del frío en los pies cuando me quito la bota rígida y helada, tras haber conseguido llegar, por fin, al refugio. Miro mi pie azulado, no siento los dedos, casi no conozco mi propio cuerpo entumecido, los nervios que no responden, la sangre que se detiene, los músculos que desfallecen.

Sé que hay más. Aún no he llegado. No son suficientes estos recuerdos y debo seguir quitando capas a la cebolla, porque he de alcanzar un centro que aún no conozco pero que adivino que se desintegra lentamente en mis vísceras, como el corazón atómico de una central nuclear, que deja de ser para otorgarme, graciosamente, su vida frágil y perecedera, que muere y mata para dar la existencia. ¿Cuál es ese arsenal? ¿Dónde está? ¿Quién es? ¿Cómo perdura?

En otra ocasión yo había salido al balcón anexo a nuestra aula, en un intermedio entre clase y clase. La nieve, que entonces caía sin cuajar del todo, nos electrificó en su precipitación desde un cielo denso y gris, nos otorgó una suerte de nueva vida en la vida, de más vida, de juventud a nuestra juventud. Porque la vida es plural, es todas las vidas respirando unas de otras. Aquella nevada nos nutrió de alegría, nos aireó. Todo era sencillo.

En otro ahora había cuajado bien la nevada, en el cerro donde vivía, bucólicamente, junto con otros ciento y pico colegiales, en un colegio mayor abrazado por el monte que se tornó todo blanco, de manera muy parecida a si estuviera siendo imaginado. Fue como una alucinación al atardecer plúmbeo del invierno, como si se deshiciera el mundo o la ciudad que veíamos difuminarse desde nuestra torre en el cerro, a la que habíamos subido eufóricos, la ciudad que poco a poco, en el crepúsculo y la nevada, desaparecía. Aquella vez supe que la nieve tiene, también, un componente de alegría que no está en ella, sino en nuestras mentes, que incluso en estos momentos me colma. La nieve llega siempre con un plus, porque es más que ella misma, más que la propia nieve. Pero sé que aún no he tocado el suelo firme de mis sueños.

Y miro ahora a la infancia, tierra de todos los poetas, la infancia de anticipaciones, sobresaltos y juegos, la que rige y danza, cuando me condujo a la sierra de Madrid, a Navacerrada, donde la nieve real distó de la que esperaba ver y era toda ella casi un solo cristal, rígido y quebradizo, que nos hacía resbalar cuando lo pisábamos exultantes de infancia. Una nieve casi ausente, una nieve que nos eludió.

Pero hay más capas si exprimo mi memoria, si insisto, si invoco recuerdos robados a la nada. Evoco la nieve que no tuve y que me faltó, como la nieve que realmente persigo, la nieve que no podía nevar ni cuajar a pie de mar Mediterráneo. Salvo que la realidad superó por una vez al sueño y la vi, precariamente, en la cumbre de Sierra Bermeja, en su roca y en los pinsapos, breve, mullida.

He querido contar la realidad y sólo cuento sueños. Y unos sueños remiten a otros, sueños que caen y en su caída derriban a más sueños, nieves que pintan la nieve, blanco sobre blanco. Llego inevitable y fatalmente a una noche gélida, en un austero piso poblado de palpitante juventud, magnético norte de mis postreros días, de mis noches, de mi ahora. Está la Biblia, una Biblia declamada en voz alta, en la penumbra, como deliciosa poesía, en el Cantar de los cantares. El invierno, las sábanas, las mantas, nuestras vísceras, arterias, pulmones, músculos, convertidos ambos en un solo tremor, en la locura breve de un mismo ser, de un sueño que recreábamos para la nada, en una invocación de la carne, un aliento. Fuera nevaba y nevaba, copos que cubrían la vasta tierra de vivos y de muertos. La tenaz nevada de Los muertos de Joyce, la nieve de Gorki, la del Kilimanjaro, la de los inuits, la del rotundo Himalaya. Dos verbos, dos naturalezas, acaso una única sustancia, dos creaciones, dos excesos, dos pantanos, dos fangos, dos lágrimas incipientes, dos libélulas que aleteaban y todo ello una, una sola, única y bendita noche de una Granada que ya no existe. Ahora ya sé que una sola vez nevó de verdad y que todas las demás veces, anteriores y posteriores, son mentira. Veo las muchas capas de este palimpsesto helado, veo el núcleo y el centro al que retornarán todas las nieves postreras. Lo he hallado para la nada y la vejez, como se halla un verso para culminar un poema. El final será lo primero, será un manso retorno bello e imposible, una muerte y un renacer y otra muerte y muchas muertes y muchos renaceres, como una euforia que mágica y efímeramente late en cada tormenta, pues he conseguido evocar la noche innominada, como una cosquilla, como un rito, como un secreto olvidado. Aquí creo llegar a mi centro, al sueño de sueños, blanco entre blancos. Y en medio, en aquella noche helada y oscura, también los monjes locos, goliardos, desde el sueño que llamamos Medioevo cantaban y brindaban con nosotros, burlones, en la habitación gélida. Fuera nevaba sin parar. Ahora ya sé que cuando se topa mi mano helada con la nieve en un raro amanecer de Granada, a la que habito pero a la que sigo obstinadamente soñando, en realidad toco aquel pábilo, aquella carne.

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