Encuentro con Slenderman

Slenderman

Encuentro con Slenderman
Marcos Santos Gómez

Hoy afronto la insufrible tristeza de haber hablado con él, si es que puede considerarse “diálogo” a la comunicación con alguien que unas veces parecía tener boca y otras, acaso cuando el whisky más me aturdía, hubiera jurado que no la tenía. Y no soy capaz de recordar tampoco sus orejas. Es como si él no hubiera tenido rostro, porque no acierto a recordar con nitidez su cara, de la que sólo guardo la impresión de que era blanquísima en una cabeza que era casi exactamente igual a un huevo. Me turba la remota posibilidad de que en realidad no tuviera rasgos en el rostro, un rostro acaso ciego, sordo y mudo que si me escuchaba, lo hacía a través de su piel finísima, como oyen las tortugas. Cuanto más pienso en él, más triste me siento. Cuidado que desde un principio hemos de separar la simple borrachera a la que alguien puede atribuir un cierto número de delirios, a lo que acaso corresponda esta crónica febril de una noche, de lo que constituye una realidad; es decir, apenas lo recuerdo, el alcohol me nubla la memoria, pero sé que alterné en la rara noche, en un lugar que no puedo ahora identificar, con alguien o algo real, más real que yo mismo, con un ser férreamente instalado ahora en mí que perdura indeleble como una huella dejada en mi alma. De hecho, parecía alimentarse de mi alma, que se estremecía mientras mi lengua proseguía su verborrea incesante a la que él asistía totalmente callado pero, diría, que muy atento.

Si no fuera por la seriedad y realidad del encuentro, no habría sufrido el desgarrón metafísico instalado en mi sesera desde entonces, o sea, la firme convicción de que todo ha cambiado fatalmente. Ésta es la prueba de que fue real. Sus obras demuestran su aciaga existencia. No son simples evocaciones vagas propias de una fuerte borrachera lo que hoy me aturde y centellea en la mente, como un ejército de voces. Sé que, en cierto sentido, el mundo se ha puesto verdaderamente patas arriba, dislocándose. Quizás por eso hoy siento el corazón a punto de estallar en mil cristalitos rojos diminutos. Ahora, cuando rumio lo ya inevitable, sé que tal vez era Kafka. Me explico, no era exactamente el escritor que imaginara el absurdo, largo, tedioso proceso a un hombre reducido a monigote, que quizás, después de todo, era inocente o tal vez culpable sin culpa. Dicho escritor está muerto, y cuando empleo la palabra “muerto” dudo acerca de si es más real lo muerto, que lo vivo. Hay personas que estando muertas son más reales, como si la metafísica se invirtiera y sólo fuera aquello que no es. Esto es lo paradójico y lo kafkiano del asunto. Es una suerte de calambre metafísico lo que, pasara exactamente lo que pasara, me sucedió hace dos, tres, tal vez cuatro noches.Una cierta oscilación metafísica y acaso una torcida revelación como las que en Delfos borboteaban en la boca de la Pitonisa.

El mundo ya no es el mismo. Yo tampoco. Quizás deba temer a aquel hombre al que a ratos recuerdo sirviéndome copas desde el otro lado de la barra, solos él y yo, y el olor a musgo y a humedad, el frío que hacía allá dentro, o en otras ocasiones sentado junto a mí, enorme, con sus largos brazos caídos hasta rozar el suelo, y con una copa de whisky frente a él como si de oro se tratase, el néctar de una celebración o misa inversa, o un anticáliz, es decir, una proclamación e invocación de lo más deleznable, de lo que roba, mata y niega. Sí tenía aquel hombre tan extraño algo de Kafka, pero un Kafka muchísimo más perturbador que el Kafka que padeció la tuberculosis. Quizás fuera el cadáver de Kafka, algo oscuro y absurdo, un Kafka imposible que resucita para tornar mi mente en un tortuoso laberinto. Kafkiano era aquel momento en el que me veo ahora, en mi blanda memoria, hablando sin parar. De hecho, recuerdo que hablé muchísimo, de todo, y que a él, callado y frío, le dije todo, a él, que quizás no tenía boca ni oídos. Ahora mi alma, mi cerebro, mi salud claudican, porque sé que le conté cosas que no debería haber contado jamás. No me explico cómo él me indujo a ello y si, tal vez, fuera el whisky de garrafón que ingería a raudales. Sus ojos eran… terribles, eran ojos inexistentes.

De algún modo aquella noche crucé un Rubicón ominoso, de turbia abominación. Me atrevía a dirigirme a donde nunca se puede uno dirigir, adonde está terminantemente prohibido y de donde nunca se regresa sin el merecido castigo. Ahora me pregunto si esta enfermedad en los huesos, la fiebre y la persistente hemorragia nasal forman parte de ese castigo. Estoy aturdido y desde entonces no pienso bien, no veo bien. Me duele la cabeza y me dejo caer abatido sobre la cama deshecha, con un paño impregnado en agua helada que dejo gravitar sobre mi frente exaltada por la fiebre y los temibles agujeros en mi memoria, que pesa pegajoso sobre mis ojos.

Le dije todo. Él me escuchaba en medio de una niebla fría. Era como un muñeco a mi lado, un gigantón relleno de paja, de enormes brazos que se alargaban para ofrecer más y más copas de un whisky podrido y atroz. Lo peor es no saber con exactitud quién era, ni cómo di con él, o por qué se lo conté todo. Él parecía triste, y lentamente me arrastraba, me envolvía con su frialdad. A ratos me veía a mí mismo diminuto, como una larva de hormiga, en el sucio suelo, y girando mi pálida cabecita de larva hacia arriba lo veía a él, inmenso como una montaña, casi infinito. En otros momentos, me fijaba en su delgadez. También diría que era pulcro. Y, acabo de evocar, o por lo menos, me lo parece, que en algún momento me dijo con el rostro blanquísimo rozando mi oreja, colocando en ella la boca que no logro recordar, tal vez una boca sin labios, o una nada, o una boca inexistente, que le interesaba sobremanera mi vida, que era todo oídos, que le contara todo. Y él con eso, ahora lo intuyo, me quería matar. Según le iba relatando mis abominaciones, mi historia más atroz e inconfesable, mis muchas y terribles negaciones, mi salvaje incoherencia, parecía alimentarse de ello y a mí me iba quedando un vacío helado, una suerte de soledad y despojo, y mi cuerpo era como un lastre que insistía en hundirme a la altura de sus lustrosos zapatones. En algún momento creo que me arrastré por el suelo. La confesión proseguía y yo entonces, y ahora mismo, me hundía. A cada atrocidad que le contaba él gesticulaba con las manos para indicarme que le contara más. Y mientras, empezó a instalarse en mí este lento horror, este insomnio de condenado que espera el cadalso. No puedo imaginar en qué clase de monstruo me he convertido, qué soy realmente, cómo aquella cosa me hizo ver tales horrores y miserias que jamás me había dicho siquiera a mí mismo, ese bastardo patilargo lo extrajo todo, vampíricamente, y mi hemorragia de palabras y locuras manaba incesante para mi perdición. Sus manos pegajosas y su rostro borroso me extraían la virtud como un jugo, me iban desvirtuando, haciendo caer el velo y evidenciando mis pecados más monstruosos. Desde esta noche aborrecible ya no puedo ver en mí el menor rastro de bondad y mi alma ya no alberga un solo destello de luz. Lo he tirado todo por la borda.

Alguien puede interpretar que todo esto es un sueño. Pero yo sé que, por desgracia, no es un sueño. Fue algo que ocurrió no precisamente en un instante de sobria lucidez. Yo había bebido pero no sé qué pasó, tal vez hubo algo más, obviamente fui a sitios adonde no debería haber ido. Y en la noche estaba él, absolutamente real, porque real es esta gravedad que ya tira desesperadamente de mí, que quiere hundirme, que pulveriza el suelo bajos mis pies, tan distintos, con zapatillas sucias, diminutos. El caso es que no puedo casi moverme desde entonces. Siento que sus largos brazos y grandes manazas me tienen agarrado en un abrazo mortal. Me invade el remordimiento, me invade el terror. Dios mío, ¿qué dije? Me repito desolado, desde entonces. Qué horrores vomité en esa noche feroz no quiero ni concebirlo. Desafortunadamente, crucé el límite, muchos límites. Por una nebulosa que se ha instalado en mi precaria memoria, pasan personajes de lo más indeseables, suciedades y nuevos monstruos.

Me duele la cabeza, la sangre mana una vez más de mis narices, sigo tumbado y sé que ya nunca será lo mismo. Me siento derrotado. Quisiera no haberlo contado todo. Ahora ese extraño gigante me posee totalmente. Me ha captado en un vínculo con él. Sé que no voy a sobrevivir, que perdí mi dignidad. Me empeño en decirme esto sin parar, me hundo en el colchón, y se me instala la tristeza en el corazón. Estoy muy arrepentido. No debería haber alternado con ese hombre oscuro, del que apenas recuerdo nada salvo una ausencia de facciones en la cara ausente de ojos, nariz y boca, o la mano blanquísima de estrechos dedos muy largos, y sus brazos que parecían provenir del mismo infierno.

No puedo pensar con claridad desde entonces. Me pegué a él con una exaltación histérica, cuando salí a buscar sin saber bien lo que buscaba. Y lo buscaba a él. Él me esperaba, llevaba quizás días esperándome, o semanas, tal vez meses o años, porque él es eterno. Era el saco negro donde vomité todo lo que jamás debía ver la luz, lo que amenazaba con deshacerme si era pronunciado, lo que podía pulverizar mi frágil razón. Y yo siento que en mi débil carne hay ya una cierta nada que como un cáncer me corroe. Whisky, noche, horror, locura, todo concentrado en ese ser de enormes brazos y manos que me obligó, con su mera presencia, a que se lo contara todo y a que, por haberlo contado, ahora tenga más deseos que nunca de morirme.

Infierno

Infierno
Marcos Santos Gómez

Niego que todo ello haya sucedido de verdad y también proclamo que no hay cuerpo y que no hay nadie que sea yo, nadie que esté en estos exactos momentos escribiendo estas notas. Aseguro que nada sucede ni ha sucedido. Porque es precisamente saber esto lo que me alivia de la enfermedad persistente que he de terminar de vencer. Todo ha sido un vago espejismo y nunca he ido a ningún sitio; mi padecimiento es una mentira y una falacia.

En estos momentos escucho música como si fumara, placentera y compulsivamente, pero con odio, porque quiero odiar lo que escucho, esta música y sus letras histéricas, su insoportable mensaje. Bien es cierto que me martilleo la mente con la música de Pescozada, hasta el hastío, con su rap enérgico y revolucionario, con sus letras que aluden a la guerra y al sufrimiento de quienes no son mi centro, aun más, no son el centro de nada, porque no hay centro, del mismo modo que carecemos de un cuerpo doliente. Niego que ellos sean como una irresistible marejada que tira de mí sin yo haberlo pedido, porque ellos jamás serán nada para mí, insisto aterrado mientras me arrastran, mientras me descoyuntan sin dar más explicaciones.

Conste que escucho la música porque me place su sonoridad, y la elección del tema es anecdótica, sin mayor trascendencia, me gusta porque es bonita, bella como un mito, pero sé que jamás me atrapará. ¡El pañuelo rojo liado en el cuello, el paisaje tropical cuajado de temblores! Allí te invaden los mitos, esa es su maldad, y también los animales y las plantas, que bullen y aprovechan cualquier rendijita entre baldosas para desarrollarse exultantes, las tomateras que brotan en un patio, espontáneamente, hasta ofrecerme cuarenta y dos tomates, un auténtico derroche de vida, en retorcidas ramas y dulcemente olorosos, picoteados por loritos madrugadores, por los jecos cantadores, incluso por algún tucán de grotesca hermosura. Esa selva que te atrapa y que sólo da problemas. Detesto todas estas cosas, que me vienen amargamente a la cabeza mientras miro las fotografías de viejos guerrilleros trasnochados, con la música soez de Pescozada de fondo.

Pero a pesar de su carácter detestable, de sus torceduras y quiebros a la muerte, de su hambre y de sus balaceras, tienen una especie de brillo, un brillo que duele en los ojos y ciega. Hablamos de una peligrosa seducción. Nada de ello puede ser razonable, y menos, constituirse en centro, en ombligo o raíz. Sencillamente todo ello miente, porque aturde, seduce y arrastra, y precisamente por eso, nada de ello es, insisto, razonable. Porque lo razonable es dudar de todos los centros, incluso reírse de ellos, con una actitud elevadamente filosófica. La razón está para renegar de las brillantinas del mundo y es más seria que todas esas multitudes, incluso más seria que el mundo, y sirve para superar los mitos, para sobrevolar el paisaje, para analizar las canciones de Pescozada o reír de los símbolos encarnados o de las sotanas rasgadas, hechas jirones de los mártires.

Porque nada de esto es cierto. Ni existe ni ha existido, en realidad, jamás. Hacerme creer que todo ello es no sólo un centro, sino mi centro, ha sido prepotente y abusivo. ¡A mí, que ni siquiera existo! Renuncio contundentemente a todos ellos, que son como la armadura vacía del caballero personaje de Italo Calvino, que es pura palabra, o sea, flor y retórica, como lo es el trópico, como lo son todos los histriónicos que exhiben un absurdo culto a la guerrilla. ¿Puede acaso ser centro de nada la indigencia? Creo en la imposibilidad de que algo no sucedido, que ni siquiera he visto, que carece de consistencia, frágil y sufriente como un cuerpo, me bautice. Nadie tiene el derecho a arrastrarme. En realidad, todo eso podía no haber pasado, y ser producto de una canción de Pescozada. Un simple delirio emocionado y un estremecimiento de la carne inexistente, efímera. Tan sólo estoy escribiendo estas líneas para gastar papel y desgarrarlo, lejos de toda intensidad, concreción y realidad, porque el centro, si existe, es una mera idea, un nombre apenas, del mismo modo que toda intensidad, concreción y realidad son falsas. Felizmente, nada es verdad y es esta inanidad la misma del hospital inútil. Curarse es inútil. Así lo he pensado cuando la fiebre me ha recluido, la fiebre alta, la diarrea hedionda, la sensación de tener rotos los huesos y las negruzcas hemorragias. Odio que aquel clima, aquella naturaleza, aquella mano salvadora que me curó sin yo quererlo, que aquel país desorbitado, contra mi voluntad, se esté convirtiendo en un centro, en el centro de donde vengo, que percibo al cerrar los ojos que me dolieron cuando enfermé, el centro que juré que no existía cuando yacía enfermo, como auténtica prueba de fuego de mi descreencia, con la lengua pastosa, resollando como una bestia, hundido pero victorioso en mi inteligente escepticismo.

Me desolaron con sus guerras y con el hambre ruda, me enervaron, me sacaron de mí, extralimitándose sin el menor decoro ni consideración. Todo lo que había en apariencia fue una ilusión que, reconozco, no careció de cierta belleza cautivadora, pero la belleza cautivadora, como todos sabemos, se opone a la belleza de lo calculable, de la simetría y la mesura, a lo que se demuestra, y si uno atiende a razones debe rechazar todo aquello como excesivo. Ahora padezco su secuela maldita, que es esta lenta digestión de huracanes, esta rumia indignada, esta profusión en la memoria de acontecimientos que nunca han ocurrido pero que insisten en su clamorosa existencia, incluso, diría, en su inserción en mi carne aturdida. Puedo decirlo a gritos e increparles que no significan nada, que no son nada para mí. Nunca los vi, nunca hablé con ellos y escucho a Pescozada para reírme de ese mal sueño que ya no volverá y que pronto lograré que se volatilice y esfume para siempre.