El piso en el extrarradio


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El piso en el extrarradio

Marcos Santos Gómez

No atino a explicar lo que sucedió. Tan sólo aspiro a relatarlo, en un intento de compartir lo que ha sido una experiencia extraordinaria, en el sentido de ajena a todo cuanto sucede con normalidad. Fue algo raro e inquietante, que paso a narrar desde los comienzos. Quede claro que no acabo de comprenderlo y que al mismo tiempo, soy persona racional y práctica. No padezco ningún trastorno mental y me gano la vida honradamente como profesor universitario. Lamento haber vivido estas sensaciones a solas y que en todo momento se carezca de otro testigo de los hechos que el mismo autor de estas líneas. Doy aquí fe de que en absoluto miento y que es verdad cuanto van ustedes a conocer.

Todo comenzó cuando me dispuse a viajar a Granada, con el fin de asistir a un congreso de literaturas en el mundo. Mi buen amigo Jaime posee un piso en dicha ciudad, estando en el transcurso de los acontecimientos que estoy relatando fuera de Granada. Por eso mismo, me dio la llave, aprovechando una breve reunión del Departamento a la que habíamos asistido. Poco podía yo imaginar que un acto tan sencillo y afable como fue darme sus llaves y palmearme en la espalda al tiempo que me aconsejaba que disfrutase de la hermosa ciudad, se tornara a las pocas horas en la peor pesadilla que he vivido jamás. Nuestra relación es cordial. Él es también un hombre joven, de espíritu práctico, que hace lo que debe hacer un profesor universitario. Extrañamente, no me podía acompañar al congreso en Granada, a pesar de tratar sobre literaturas comparadas, que es su especialidad. Mantenía la vivienda que había heredado de su padre y de la que me especificó que era mayor de lo normal en muchos pisos de zonas de trabajadores. Agregó, no obstante, que el piso estaba muy modestamente amueblado y que se encontraba retirado del centro, en un barrio periférico. Me describió en pocas palabras el barrio como barrio obrero, del que precisó que no era en exceso, y a pesar de cierta fama, peligroso. Yo podía estar comunicado fácilmente con el centro de Granada y, por tanto, con la sede del congreso cogiendo el autobús número ocho.

Tomé el autobús a Granada. No conduzco ni tengo automóvil, por lo que siempre me desplazo en medios públicos de transporte. Entré con buen espíritu en el autobús. Al principio no parecía haber nadie sentado en el asiento de al lado. Deseé que dicho espacio se mantuviera desocupado. Es la lucha de siempre, en la que intento y quiero hacer cómodos al máximo mis viajes. Pero contra mis deseos, se acercó un hombre de unos sesenta años. Con estupor me percaté, justo cuando se sentaba, de que no tenía brazos. Es decir, mostraba dos muñones en lugar de brazos. Experimenté un sobresalto que traté rápidamente de disimular. El hombre parecía haber perdido los brazos en algún momento de su vida. Imaginé que por algún accidente o enfermedad le habían tenido que amputar sus miembros superiores. No sé por qué pensé en un ataque de perros. Sentí una leve náusea, como una pasajera indisposición en la forma de mareo incipiente, cuando fui cada vez más tomando conciencia de su presencia. El hombre hablaba y se comportaba con normalidad, pero yo me vi arrastrado hacia un cierto asco. Incluso me pareció oler un aroma que ahora no puedo describir y que se me metió en la nariz, un olor que asociaba al individuo. Me mareaba, creo, cuando lo veía agarrar con dificultad, uniendo sus dos muñones, las páginas de una revista, que parecía estar leyendo y que apoyaba en los muslos. El hombre hacía difíciles torsiones con su cuerpo. Debido a cierta racionalidad que profeso, que implica que uno sea honesto en la descripción de sus sentimientos, para poder pensar bien, no voy a ocultar la sensación desasosegante que me abrumó, en vivo contraste con la alegría que había sentido al creerme ausente de compañero en el asiento de al lado durante unos instantes. Yo iba pegado a la ventanilla y el hombre, que había logrado bajar con sus muñones la bandeja incorporada al respaldo del asiento delantero, leía. Llegó con una bolsa de plástico que sostenía enganchada en su muñón derecho, por lo que deduje que era o había sido diestro. Con culpabilidad ante la poca solidaridad de mis sentimientos con una desgracia ajena, pero a todas luces imposible de controlar, me percaté de que podía pedirme ayuda en algún momento. Los muñones eran lo que quedaba de los brazos por encima del codo, y terminaban en una carne rosada que se interrumpía brutalmente. Me confesé a mi mismo mi aversión, una aversión injusta e irracional, pero que no pude moderar a golpe de voluntad. Así, pasé las tres horas de viaje impresionado, con una tensión que acabó convirtiéndose en dolor de cabeza.

En Granada lo dejé bajarse y salir mientras yo me quedaba sentado para alejarme de él. El pobre sujeto se despidió de mí con una voz bronca, aguardentosa. No podía superar la culpabilidad moral que sentía por mi asco. Reconozco que no es muy solidario ni ético rechazar a un mutilado, pero insisto en mi afán de honestidad y reconocimiento respecto a lo que uno siente. Tal vez no superé ciertos temores de la infancia y reacciono como un niño ante ciertas circunstancias patológicas. Decidí que no iba a culparme ni a pensar más sobre este asunto.

Me bajé del autobús dejando ventaja, como he señalado, a mi acompañante, en un intento de no verlo más. Era el modo en que agarraba sin manos la revista que leía, y el hábil uso de sus muñones, lo que me fascinó negativamente. Llegué a Granada con una sensación de vacío en el estómago que no era precisamente hambre.

Cogí un taxi que me condujo a la dirección que en un papel yo llevaba anotada. El taxista se veía una persona afable que creo que me condujo sin muchos rodeos adonde yo quería, en la zona norte de la ciudad. Comprobé que el vehículo iba dejando atrás el núcleo urbano, la Granada del centro más conocida y visitada, y que se iba internando en un barrio de extrarradio, compuesto de altas torres. Contra lo que se apreciaba en el centro de bullicio y movimiento, el barrio donde se hallaba el piso, era inmóvil y vacío de vida. No se veía gente por las calles y siendo domingo, se mostraba como un desierto. Diría que un frío fue instalándose en mi cuerpo al tiempo que las calles de despoblaban. Me venía una y otra vez el recuerdo del hombre doblemente manco.

Al fin, el taxi se detuvo ante un portal que exhibía el número pretendido. Por primera vez vi vida, unas personas de carne y hueso que contrastaban con el vacío inhumano de las calles. Era una gitana que tenía en los brazos lo que parecía un niño de pecho. Se me acercó mientras yo iniciaba movimientos maquinalmente para rechazarla. No soy amigo de dar limosnas porque en muchas ocasiones, por desgracia, los pedigüeños pertenecen a mafias que los controlan. Me dio pena en el fondo, pero exageré mis propios gestos que la expulsaban de mi lado. Todo como suele ocurrir en estas situaciones. Ella balbuceaba en un torpe español y sostenía a su hijo. ¿Era su hijo? La mujer realizó un leve movimiento con su tronco y quedó expuesta la cara. Con una nueva sensación de vértigo, similar a la que padecí en el autobús, me percaté de que su hijo no tenía ojos, sino dos cuencas vacías en una cara que parecía muerta.

Me apresuré a entrar en el portal y diría que corrí hacia el piso de mi colega. El ascensor llegó con lentitud. No se oía un alma. Atrás dejé, fuera del portal, a la pobre mujer e hijo con su desgracia. Evité de nuevo que los escrúpulos morales me invadieran el pensamiento. Debía ser honesto, pensé. Honesto conmigo mismo.

Una cara que en lugar de ojos muestre dos grandes cuencas vacías, como grutas, como bocas abiertas en un espantoso bostezo, es difícil de encajar. La miseria y la pobreza se tornaron en verdaderas desgracias, reales, se convirtieron en carencias brutalmente expresadas por la cara sin ojos. Nunca idealicé la miseria. La miseria es miseria y aquel rostro lo clamaba. Con el estómago afectado y removido, entré en el piso de mi amigo que ya no tendría que abandonar, pensaba yo, hasta la siguiente mañana, cuando saliera en dirección a la parada de la línea número ocho de los autobuses. El congreso me devolvería a la realidad, así como la estancia, pensaba con ingenuidad, en el cómodo piso solitario de Jaime.

Debo insistir en una cosa. Soy un hombre racional y razonable, aunque impresionable y sensible. No he vuelto a padecer una experiencia como lo que se me avecinaba. Jamás. En toda mi vida. Para todo hay una explicación razonable, salvo para lo que viví aquel maldito día y noche.

El piso estaba, como me había ya anunciado Jaime, modestamente amueblado. Los muebles eran viejos y parecían acumular polvo y suciedad, pero no en exceso. La sala de estar donde se encontraba el único televisor, era poco acogedora, por la aspereza que parecían irradiar los sillones, mesa sin aditamentos y la estantería desvencijada que parecía crujir y oler a humedad. El piso, en efecto, albergaba una atmósfera rancia, de viejo piso. Era una vivienda de protección oficial que acumulaba casi treinta años.

Había un silencio hondo y denso. Aquello no parecía estar en ciudad alguna. Recordé las calles desiertas del barrio y a la mujer que desentonaba ante tanta soledad, que parecía estar perdida mendigando a nadie, en un erial.

Me instalé en el piso. Sentí viva en mí la curiosidad ante el universo ajeno que era aquel piso para mí. Diría que espié mansamente mi entorno, procurando adivinar verdades sobre anteriores inquilinos o mi amigo Jaime. Abrí cajones, confieso, divertido, contemplando objetos diversos que se hallaban ocultos en la intimidad del mobiliario. Abrí todas las puertas y entré, o más bien ocupé, todas las habitaciones. El cuarto de baño donde me abordó la sensación de hogar, con vaguedad, de estar cómoda y seguramente instalado, según vaciaba mi vejiga.

Pero el alma me dio un vuelco. De uno de los cajones del dormitorio donde había deshecho la maleta y pensaba dormir, extraje lo que parecía una tabla oblonga de tamaño medio, que podía sostener con una mano. Había también velas parcialmente consumidas. La tabla, pude confirmar con desasosiego, era una ouija.

La dejé en su lugar. Recordé que había jugado varias veces con una similar, y que en una ocasión, sólo en una, ocurrió el movimiento inexplicable del vaso bocabajo apenas rozado por los dedos nerviosos de los “jugadores” o más bien participantes. Fue en otra casa, más céntrica y grande, de Sevilla.

Era un estudiante en mi último año de carrera. Estaba en la casa que tenía alquilada durante todo el curso. Junto a mí había una chica estadounidense, un estudiante marroquí y dos más españoles. Todos estudiábamos en la universidad. Previamente, meses antes, yo había intentado hacer una sesión de ouija sin que saliera nada extraño. Pero este día había alguien experimentado, que dirigió el proceso, haciendo algunos pases mágicos, me pareció, e invocando con firmeza al espíritu. Y no tardó mucho en desplazarse el vaso. El espíritu contestó varias preguntas y dijo no querer dañar a ninguno de los presentes. El fenómeno fue in crescendo hasta que el vaso ya se movía con una insólita e incontrolable velocidad sin que nosotros apenas lo rozáramos con los dedos. Al final, unos nuevos pases nos despidieron del fantasma, pero esa noche ninguno de nosotros durmió solo. El que había dirigido todo, también hondamente impresionado, quiso dormir conmigo, en el suelo de mi habitación de estudiante.

Guardaba yo memoria de aquello. El recuerdo de algo inexplicable, pero real, algo que provoca en mí una prudente y temerosa suspensión de juicio. Poco podía imaginar que mi encuentro con lo extraordinario no había terminado con las sesiones de ouija transcurridas en mi adolescencia tardía.

Cuando tuve la tabla de ouija en mis manos, todo regresó al instante a aquel trance del pasado. El miedo intenso que experimentara fue evocado con absoluta nitidez. El leve temblor que todos sentíamos en el pecho, la excitación y el terror. Evoqué todo ello. Todo me acudió a la mente.

Me di cuenta de que en el piso habían estado celebrándose sesiones de ouija. Quería ver aquellos pasados acontecimientos del mismo modo que veía las excentricidades y locura de aquella edad. Con ironía. Pero esta vez, la ironía salvadora no acudió a mi mente.

Sentí el peso de la atmósfera en las desoladas habitaciones. La atmósfera como algo pesado y tangible, como si tocara cosas antes de verlas. Eran sensaciones físicas. Igual que había experimentado con placer el momento de vaciar mi vejiga, cuando oriné momentos antes, ahora me sobrevino una suave inquietud. Imaginé la sesión de ouija. No lo esperaba de Jaime, la verdad. Ambos somos personas racionales, y yo, debo insistir una vez más, no he vuelto a padecer tan extremas vivencias. Imaginé las sillas y mesa del salón crujiendo, mientras el vaso se desplazaba, unas veces con solemnidad y otras vertiginosamente acelerado. Entre aquellas paredes se habían manifestado presencias que habrían hecho temblar con el más atávico y desnudo miedo a los “jugadores”.

La tarde, honda, silenciosa, hueca, fue cayendo, para dar paso a una noche que llegaba haciéndome sentir raramente, pues no estaba en mi casa y percibía en la vivienda el eco de acontecimientos que no era capaz de recordar ni visualizar. La casa, me pareció, hablaba con un lenguaje secreto. Las vidas de Jaime, su pareja, sus padres, parecían clamar más allá de la exasperante soledad en el piso y en el sordo barrio inhumano.

Volví al servicio en un intento de recuperar mi calma. Estando en él, mientras me percataba de que aún no tenía ganas de orinar, oí el roce sobre el suelo de lo que parecían las patas de una silla.

Grité para darme ánimos y fui corriendo al salón. No lograba recordarlo bien, pero me pareció que una silla se había desplazado un poco. Quise huir de allí, pero me sobrepuse. Mi yo racional me dijo que había cientos de explicaciones razonables para aquel ruido. Incluso que lo hubiera imaginado. De hecho, deduje eso mismo, que lo había imaginado.

Llegó definitivamente la noche. La cama estaba hecha. Decidí dormir con la luz encendida. Me metí dentro de las sábanas vistiendo un hogareño pijama que me servía para sentirme más en casa. Pero aquella no era mi casa. Podía venir cualquiera y sorprenderme. ¡Quién sabe si Jaime no le había dado otras llaves a algún otro amigo o familiar! Durante unos segundos permanecí inmóvil, a la escucha de cualquier sonido, incluido el de la puerta de la calle al abrirse. De pronto me acordé de que la puerta tenía una cadenilla de seguridad. Me levanté y fui cantando para sobreponerme, según iba encendiendo luces. Eché la cadena y regresé con celeridad al que era mi dormitorio esa noche.

De nuevo me quedé inmóvil. Tenía la luz encendida. Pasaron varios minutos, en los que yo procuraba pensar en mi intervención en el congreso a la mañana siguiente. Pero no lograba apartarme la inquietud.

Entonces, oí de nuevo el movimiento de lo que parecía la mesa o una silla en la salita de estar. Me dije que aquello no podía ser. No podía estar sucediendo tal cosa. Esta vez había sonado con absoluta claridad. Pude oírlo bien. Era algo rozando contra el suelo, el mismo ruido de cuando se mueve una silla. El corazón se me aceleró.

Tardé mucho tiempo en serenarme. Pasaron dos horas y yo seguía despierto y con la luz encendida. Pero después de ese tiempo, a ratos, daba alguna cabezada. Justo cuando más tranquilo estaba llegó la sensación. Lo toqué o me tocó, antes de ni siquiera verlo sentí su tacto húmedo en el cuello. Fue tal el sobresalto que creí que el corazón se me detenía. De hecho, eso mismo sucedió, que el corazón se me paró durante uno o dos segundos. Eso fue lo que sentí, el miedo posterior y el dedo gélido oprimiéndome la nuez. Me vi imposibilitado para tomar aire y creí que me asfixiaba.

Dije que primero había sido una sensación táctil. Recuperé el aliento, y entonces lo vi.

Juro que vi, unos instantes, a un hombre. Un hombre extremadamente delgado y con el cabello abundante muy enmarañado. Sólo fueron segundos, pero los suficientes para percibir la realidad de aquella visión. Era un hombre, con el gesto serio, como si el aire tomara cuerpo. Lo tuve unos segundos, sólo unos segundos, frente a mí. Y me pareció que en lugar de ojos tenía cuencas vacías.

Lo que hice después nadie ha logrado explicárselo. Hasta la fecha yo no había contado esto. Salí en busca de la calle y la noche. Lo cierto es que agarré mi maleta y salí despavorido de la casa. Después di mil explicaciones, pero por algo me resistía a contar la verdad. La verdad es esta, la que he contado, y que hui. Hui despavorido.

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