La trompeta sonará


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La trompeta sonará

Marcos Santos Gómez

 

Veo frente a mí una reverberación de color rojo, cristalina y rectangular, que brilla y absorbe mi recién nacida sensibilidad, que acaba de despertar de una nada sin memoria, indescriptible, una nada como un vacío sin peso, que soporto como una carga ingrávida. Es un color rojo que acaricia mi garganta, que me llena de un calor tierno, grato, que parte de una fuente, que es otra reverberación muy bella, más estilizada, de largo cuello de cisne que mira ávido hacia el cielo. De esa abundante fuente donde el líquido, que mi verbo disparatado y engolfado tiende a sublimar y a elevar a néctar divino, manan ríos que llegan a dos más nimias reverberaciones. Es así, recién salido como de un pozo, como mi lengua invisible, la que habla callada en mi espíritu y dicta estas palabras para nadie, sabe y puede expresar lo que siento en este raro instante. Porque no sé sino que estoy en un lugar al que todavía no alcanzo a recordar cómo he llegado. Entre reverberaciones encarnadas como sangre. Reverberaciones o, ya acierto a conocer qué son, vasos y botella de noble vino tinto. Acaso soy poeta y por eso mi lengua desatada ahora habla así. Mi lengua invisible. Porque no hay nada alrededor. Nada más que yo y la mesa con la botella de vino y los dos vasitos.

Pero me siento como hacía mucho tiempo, antes de la nada desoladora. Ahora recuerdo que anteriormente al gran vacío una lanza negra y terrible me atravesaba el alma, me traspasaba. Entonces no la veía, pero ahora la veo, casi como puedo ver este vino contenido en el frío cristal. Mis músculos y mis tripas, antes de la nada, eran retorcidos por aciagas corrientes, mientras puedo sólo entrever que dejé transcurrir días tras días como hostil danza, a espaldas de la muerte, sin ver la muerte, pero también sin ver la vida. Es este el modo en que ahora, mi lengua aún aturdida tras el incierto sopor puede expresarse, pero sé que todo empezó de un modo más concreto y material que las vagas sensaciones espirituales que me han aturdido y desencaminado tantos años hasta el gran vacío.

¿Qué ocurrió después del amable vino y sus reverberaciones? Pero eso que ocurrió ¿pertenece al pasado o al futuro? Porque ahora lo que cuaja ante mis ojos son cálidas y amenas reverberaciones de vino y algo más que empiezo a distinguir. Frente a mí. Al otro lado de la mesa. Está él. Me es muy familiar. Es él, pero diría que vuelve a ser joven. Porque se me superponen varios rostros de quien es la misma persona. Unos rostros amables, queridos, alegres, y otros arrugados, pálidos, cansados, que eluden mis ojos y miran hacia otro lado cuando yo hago amago de mirarlo. Entre uno y otro rostro parecen mediar años, pero también algo más, algo triste que ha sucedido en medio.

En lo que veo directamente en estos momentos, ahora mismo, frente a mí, recién emergido de la nada, ambos vamos floreciendo. Su cara está relajada. Irradia alegría. Es él. Siempre ha sido así. Le ha gustado tanto la poesía. Ya hemos bebido algunos vasos y estamos, como casi siempre, entonados recitando poemas de memoria. La sensación es de gran armonía, porque el uno acaba siempre el poema que ha comenzado el otro. Los poemas nos dan que pensar. Llegamos siempre al gran Quevedo, a sus poesías metafísicas. Entre nosotros, desde los tiempos de la residencia estudiantil, ha habido gran conexión, y sabemos lo que el otro pide a la vida. Nos unen las mismas ideas políticas y, de hecho, acabamos de plantearnos comenzar la militancia en el mismo partido político, decimos que por ideales, por la obligación de hacer algo. Pero siempre nos hará vibrar mucho más la poesía. El gran Quevedo. Y las preocupaciones metafísicas o, digámoslo con claridad, religiosas. Ya hemos entrado a discutir el tema religioso. De la vida merece la pena o marca el sentido el haberla vivido, afirma el soneto de Quevedo acerca del polvo enamorado que uno llega a ser. El haber amado, para ser más exactos, me corrige mi amigo, es lo que queda. Grande y precario. Efímero. Contingente.

– ¿Qué vamos a hacer y por qué lo hacemos? – Acierto yo a preguntarle, cuando irrumpe en mí un último pensamiento acerca de nuestro propósito.

– Meternos en política, así de sencillo. Eso es todo. Vamos a probarlo –Bebe un sorbo de vino-. Mira, es lo coherente. No podemos cambiar solos el mundo, hay que engarzarse con otras personas.

– Uufff. Cuánto me gustaría no ser más que un poeta –digo yo-.

– Tómate la política como la poesía, igual que la poesía. Con la misma seriedad y con la misma ironía y ligereza. Con ambas distancias.

– Quizás emprendamos ahora también con la política algo creativo, como tú dices, poético, en el sentido etimológico, literal, de la palabra.

– Vamos a hacer lo mismo que en estos instantes estamos haciendo: construir mundo.

Veo la conversación con total nitidez. Ahora percibo la escena en su integridad. Somos jóvenes. Demasiado jóvenes. Recuerdo aquellas intenciones y aquellos proyectos. Pero no. No las recuerdo. Me llegan en blandas oleadas, en alegres e inefables oleadas. Esta paz. Digo que es el calor del vino y del amigo querido, acaso, esa combinación que yacía en el olvido, pero multiplicada, como si nada la amenazara, anterior a toda sima y todo abismo, como aquél del cual he sido arrancado. Porque acabo de ser despertado y llamado por (ahora lo voy recordando todo) una nota grave y profunda, resonante y metálica, inmensa como un océano de estrellas, como galaxias. La nota de una trompeta que no puede dibujarse con los colores que existen en el mundo.

Es una sensación grata estar con él. Ahora charlamos como solíamos hacer antes de que todo se torciera. Hacía tanto tiempo. La interrupción duró mucho, demasiado, pero ahora se me antoja que ello fue un breve abrir y cerrar de ojos, un malentendido, un paréntesis sin sentido. Durante años me arrastré hasta que la boca abierta me tragó, hasta que se abrió para mí la amarga tierra.

Poco a poco se va abriendo mi recuerdo y se ilumina mi memoria, que comienza, también, a resurgir como de las entrañas de la tierra. No siento culpa. No, no es culpa mi sentimiento. La culpa es un error que nos enseñaron. Es, como concluíamos en nuestras largas conversaciones de juventud aderezadas con el buen vino, un desvío, una perversión de la correcta religión. Tampoco ahora siento culpa. Ahora que creo que empiezo a entender, ahora que se van a revelar todos los misterios, por fin. Ahora que he escuchado, por fin, sonar la trompeta.

¿Qué es lo que siento? ¿Qué me acude al corazón cuando en mi mente, si es que son mente y corazón este centro que hila palabras tras el negro abismo de la nada, desfilan las imágenes de una vieja pero joven amistad que quedó tan vil y abyectamente truncada? En lúgubre procesión contemplo los hechos, sin culpa, como mudo observador, que enredaron mi corazón y mi mente entonces para que mis manos y mi espíritu se enfangaran en tejer aquella telaraña tan bien dispuesta. Él, el amigo fiel, el poeta sabio, el luchador inocente, fue presa del enredo, de la trama que yo mismo dispuse, ya sin el vino, en medio de una lucidez terrible, quedando sus palabras presas en la grabadora que después utilicé para su caída definitiva. Aquello me despejó el paso definitivo en mi ascenso político. Mucho había cambiado, sin apenas ser consciente de cómo, sin haberlo casi querido, desde nuestra conversación de juventud, con el vino y Quevedo de trasfondo. Lo suficiente para traicionar al amigo.

Pero ahora no es la traición lo que se alza ante mis ojos. No es la traición lo que importa. La traición ha perecido devorada por el abismo del que he sido llamado por la desmesurada trompeta. La traición no prevalecerá ya jamás. El tiempo se ha cumplido. Ahora veo frente a mí una reverberación de color rojo, cristalina y rectangular, que brilla y absorbe mi recién nacida sensibilidad, que acaba de despertar de una nada sin memoria, indescriptible, una nada como un vacío sin peso, que cargo como una carga ingrávida. Es un color rojo que acaricia mi garganta, que me llena de un calor tierno, grato, que parte de una fuente, que es otra reverberación muy bella, más estilizada, de largo cuello de cisne que mira ávido hacia el cielo. Es el color de la amistad.

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