Salvación o condena


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Salvación o condena.

Marcos Santos Gómez

 

“Admítelo a contemplar la luz de tu rostro” dijo el sacerdote, en la misa de difuntos. Y una vez más mi razón tropezó no tanto ante la ficción de una divinidad bondadosa que acogiese a las almas, lo cual se me antoja de ardua intelección (si hay un Dios, es Deus Absconditus, no me cabe duda), pero, a fin de cuentas, concebible. Es decir, Dios es una abstrusa especulación que contiene un alto grado de irrealidad, producto de la desbordante fantasía de los hombres o de la exuberante inteligencia acicateada por el deseo, pero puede esbozarse. Se ha representado con símbolos, se ha especulado con su concepto y se ha pensado una teología que ha tratado de razonar a partir del mismo. Hay una reflexión consistente que ha planteado con propiedad qué es la eternidad, aunque a ratos parezca que dicha reflexión se acoge al género de la ciencia ficción o la literatura fantástica, como decía Borges. También se ha pensado quién es Dios o cómo sucede la salvación. Todo ello es, relativamente, más fácil de perfilar, por mucho que se trate de objetos ilimitados, y se puede disertar sobre algo inexistente como si existiera, en términos vagos o con aproximaciones negativas, mejor que se haría de algo que siendo más concreto y real, sin embargo, careciera de límites. De hecho, el gran problema de la teología y de la religión, de la creencia y la fe cristiana no estriba en la existencia o no del hipotético Dios salvador, sino en la presuposición de su basamento, que es algo tan inconcebible e inverosímil como real: el “quién” que es salvado.

En el Día del Juicio, asevera el Islam, se ajustarán las cuentas pendientes. Asimismo, la cristiandad ha especulado con un Juicio Final. Todo ello obedece a un deseo que motiva en gran medida la creencia y en el que he justificado en no pocas ocasiones la religión, desde una cierta razonabilidad. Sin embargo no es posible anticipar el cómo y cuándo sucederá este ajuste de cuentas por el que el saldo final saldrá, se supone, favorable al bien, es decir, a las víctimas, y por tanto, será el bueno quien tenga la última palabra contra lo que sucede en el mundo hasta la fecha. Es dogma de fe que se expresa, en el mundo cristiano, en el Credo. Y es este deseo hecho convicción lo que define mi creencia. Así, yo aspiro a la salvación personal que se me promete en los evangelios. Espero morir y, por expresarlo con imágenes poéticas, que mi alma sea agarrada y conducida por un ángel inmaculado en su vuelo inmortal, que me eleve por los cielos inimaginables que no son los que ven mis ojos ni los que vieron los ojos de Gagarin cuando proclamó que no hallaba a Dios en el espacio que soberbiamente se extendía ante sus ojos, al atisbar desde la ventanilla de la nave que lo había situado en la órbita terrestre. Será otro cielo inefable donde seres también inefables, cuya descripción no voy ni siquiera a esbozar, pertenecientes a una vida sublime, intérpretes de la música que ahora nos es vedado escuchar, me acompañen en el rapto al que sólo la muerte permitirá que sea elevado. En tal ascensión, oiré acaso una voz inconcebible, o tal vez sea la visión de una mano descomunal que inicie un sumario e inapelable juicio que decida mi destino, sea la gloriosa entrada en el Cielo de los justos o el Purgatorio o la condena eterna. Del modo que sea, mis faltas y mis méritos serán comparados, indica la creencia, y será en función del resultado medido en la celestial balanza, que el más justo de los Jueces decida mi destino. Todo ello presupone que he padecido unas circunstancias pero que he optado y elegido hasta cierto punto mi existencia, con algún margen de libertad. Se me habrán ofrecido posibilidades malignas y si he sido merecedor de la gloria eterna, habré sabido rechazarlas y mantenerme incólume, escogiendo la senda del bien, obrando según los buenos principios y respetando las reglas de oro de la moral evangélica.

A menudo pienso en lo que me espera. A menudo pienso en lo que espera a los hombres. A todos. A cualquier hombre.

Todo es ahora niebla. Él yacía en el suelo. Hasta la fecha yo aseveraba que me estaba defendiendo y que por eso mis crímenes, como soldado, eran justos. No eran muertes a sangre fría y la guerra nos había envuelto a todos, en ambos bandos. Los míos habían sido disparos al bulto, hechos en el fragor de la batalla. Antes de la guerra no había utilizado un arma jamás. Pero cuando empezó el conflicto aprendí con rapidez. Es en verdad muy fácil disparar. Diría que aunque ejercí de soldado y vi atrocidades, evité, con cuidado, cruzar cierta línea. Hasta aquel día aciago.

Lo teníamos en el suelo. Más allá de los tópicos sobre la violencia, tengo que insistir en una cosa que la estetización operada por el cine no transmite en su autenticidad: la rapidez y la facilidad con la que se mata. Mucho más de lo que incluso da a entender el cine, porque además de fácil, matar es algo burdo y grosero. Se hace en un momento. Y no sólo matar. Uno acaba infligiendo daños inimaginables a otros seres humanos cuando apenas un mes antes se horrorizaría con sólo pensar en realizar tales cosas. El proceso es gradual, lento e irreversible. Creo que todos somos susceptibles de caer. Es, repito, algo trivial, burdo, muy fácil de hacer. Basta con coger una pistola, cuando, como fue mi caso, has visto lo que quien yace suplicante ha hecho previamente con alguno de los tuyos, apuntar y decirte ¿por qué te vas a salir con la tuya? Es de justicia que ahora pagues. Y esa misma justicia sagrada, sacrosanta, que anteriormente yo situaba en los más inefables paraísos allende la Estigia, acudirá presta a tu mano firme para dictar su sentencia. 

Justicia. Y razones, buenas razones. Porque yo tenía razones para acribillar a ese bastardo. Por esas malditas razones apreté el gatillo finalmente en un último tiro de gracia tras la agonía que le ofrecí bien en frío. Era una guerra, los camaradas me gritaban “¡adelante! ¡Es tuyo! ¡Haz justicia!”. Y pagó. No fue en el fragor de la batalla, ni en defensa propia, ni obedeciendo órdenes, sino por puro afán de justicia o, algunos dirán, venganza. Simplemente, pude hacerlo y lo hice. Como ráfagas pasaron por mi mente titubeante los pros y contras. Mis principios, mis reticencias. Recordé un cuento que había leído del viejo Tolstoi. ¡Qué lejos quedaba de todo aquello el viejo Tolstoi! En su relato Sonata a Kreutzer ensalza la vida por encima de todo, y condena el pecado de quien se arroga el supuesto derecho de suprimirla, de asesinar a otra persona, aun teniendo sus razones e incluso el aval de la sociedad y las leyes que amparaban el asesinato por honor. Pero la lástima por un ser que momentos antes de ser vilmente segado estaba cenando con alguien querido al que amaba, que respiraba, que hacía planes… la lástima y la justa culpabilidad destruyó al asesino, su marido celoso. ¿Debía yo también sentir piedad por la cara espantada de ese ser que me suplicaba perdón? Durante segundos luché en silencio, dentro de mi corazón.

Durante segundos, repasé las atrocidades que aquel hombre había cometido. Una idea fija se instaló en mi mente, una idea que ha residido en mi conciencia toda mi vida, que no es sino un principio básico de elemental justicia: hay que sufrir las consecuencias de lo que se hace. Pensé que aquel hombre había sido cruel y no había mostrado el menor atisbo de piedad en sus brutales ejecuciones. Durante meses había sembrado el terror en nuestras filas y supe que fue él quien, con sus propias manos, procuró una muerte salvaje y lenta a Brígida. Quise que la nube que comenzaba a enturbiar mi cabeza no se acabara de cerrar sobre mí, pero no pude evitar la tormenta que de manera definitiva acabó de llegar a mi mente. Comencé a temblar y a sudar con profusión. Conecté el seguro al revólver para no disparar en falso, pues decidí de un modo casi inercial, fatal, que aquel hombre iba a morir lentamente.

¿Por qué había de dejarlo vivir? 

– ¡El ácido! ¡Traed el ácido! –ordené-

Yo ya me sentía como en un sueño. Todo parecía transcurrir con desesperante lentitud. Estaba empapado de sudor. Cuando trajeron el ácido, me aseguré no sólo de que el maldito muriera, sino de que fuera una muerte muy lenta y dolorosa cuyos detalles prefiero ahorrarte, lector. Actué como un salvaje. De eso me doy cuenta ahora y ser juzgado por ti, que lees estas líneas con tranquilidad, en un país sin guerra, bien situado, quiéralo Dios, con la barriga llena y la vida más o menos resuelta, tal como yo lo estoy ahora mientras escribo esta breve memoria, puede inducir un veredicto duro. Soy culpable de actuar como un salvaje. Y ciertamente, quien a hierro mata, dijo mi raví amado, a hierro muere. Asumí la senda del violento para hacerle pagar sus deudas, porque lo creí justo. Pero, te ruego que imagines el momento en que tomé aquella decisión para que comprendas que en gran medida obré en pos de la misma justicia que nos es prometida tras la muerte a todos los hombres por el sumo Hacedor. La guerra obra convirtiendo fácilmente en locos a los hombres. Y tú mismo, lector, habrías actuado como un monstruo si hubieras tenido a tus pies al verdugo de tu esposa, al tirano que desmembró niños y al asesino y torturador que asoló vidas inocentes por placer y puro sadismo. En tal caso, débil, hambriento, rabioso, hastiado, harto de vivir, con una pistola en la mano y el ácido cerca, el más mínimo y básico, acaso animal, sentido de justicia, de cuentas pendientes, te habría conducido a hacer lo que hice.

Sí, yo mismo le unté la barriga con el ácido, hasta ver aflorar las tripas. Le vi retorcerse sin inmutarme. Diría que me alegraba. Debía probar su propia medicina. Era justo.

Pero ahora, lector, tras haber de un modo precario tratado de justificarme, debo darte la razón, No te sorprendas, ¡oh, mi acusador horrorizado! Estuvo mal. Ahora siento que crucé una línea de ponzoña que no debía haber cruzado y que me regodeé en el mal, en el sufrimiento, en la administración de dolor. Pequé. Eso, en sí, es maligno y me afectó cualitativamente, rebotó sobre mi alma. Ahora siento que porto esa lacra. Quien a hierro mata, a hierro muere. Tienes razón, oh, lector que me acusa, en acusarme. Tendrá motivos el supremo Juez, cuando muera, en añadir una grave falta en el platillo donde se acumule la carga de mis pecados.

Pero raudo, toda la niebla que envuelve este recuerdo se disipa. Estoy aquí sentado. ¡La guerra ha sido un sueño! ¡No he matado a nadie! ¡Albricias! No he visto la corrosión del ácido en la carne viva. Así que puedo regocijarme porque mi mancha no existe, y el infame pecado se ha borrado porque nunca estuvo. Nunca cometí un asesinato.

Sin embargo, no logro conciliar el sueño. El reloj da las campanadas a cada hora y la noche avanza sin que pueda pegar ojo. ¿Me salvaré? Sé que soy un alma que ha realizado obras que merecerán lo que Dios decida. Mas entreveo una verdad aciaga, conforme la noche avanza, el silencio se hace mayor y sólo creo escuchar el latido de mi corazón palpitante, revolviéndome entre las sábanas. Mi ensoñación me ha arrojado una verdad que no por irreal resulta menos sólida. En la ensoñación es cierto que mi alma ha asesinado y ha torturado. Lo ha hecho de veras, con plena conciencia, con alevosía, con satisfacción y fruición. Se ha solazado en infligir un atroz sufrimiento. Y, murmuro con terror, sé que sería capaz de llevarlo a cabo.

Ahora temo que el asesinato y la tortura pesarán en el platillo de mis faltas, cuando el juez de jueces deba decidir mi destino definitivo. Porque lo haría. ¡Sé que lo haría!

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