Irlanda

ACANTILADOS

IRLANDA

 

Estaba la cruz

céltica, de piedra gris

sobre la tumba en el oeste

de rojas colinas.

Un agudo atardecer, como gritos,

del sol muriendo donde las islas Aran

exhalan su desolación.

Y los acantilados.

 

Todos esos signos perduran más confusos

cada día, cada nuevo atardecer,

más emborronada, más húmeda Irlanda,

sin que mis manos puedan ya tocarla.

 

No recuerdo la ruta exacta,

el lugar. El punto y la latitud.

Aunque buscara esa madeja

en el mundo desapacible  

no la encontraría

ni hallaría ya el centro de tanta ensoñación.

 

Por más que mirara a Irlanda

no vería a Irlanda.

Como tampoco está en las fotografías.

 

Si pisara de nuevo los pantanos de negra turba

y mojara incómodamente los pies en ellos,

en el acuoso fango,

sucios los calcetines y llenas de musgo las botas,

no vería a Irlanda.

Miraría otra cosa distinta

de lo que yace enmarañado,

de lo que son ya capas sobre capas,

de lo que es todas las capas

y ninguna de ellas en particular.

O simplemente añadiría una nueva capa a todas las demás.

 

En medio de este aire irlandés rancio,

ajeno, lejano, casi inmaterial de tanta materia que carga

asisto a un parto.

En el túmulo ruinoso

ya fui testigo de ello.

Pero no es túmulo que persista aún en el mundo de vivos o de muertos,

sino en el arroyo que brota al cerrar los ojos.

 

El túmulo y la cruz transfigurados habitan mansos, callados, lúgubres

como todo lo lúgubre,

tras agotarse en tantas capas,

capas de lúgubre sobre lúgubre,

de restos y posos tristes

que tapan más y más ruinas,

en un modesto estallido de lo lúgubre.

 

Jamás vi Irlanda.

Estuve allá. Quizás regrese.

Pero nunca la he visto

con la insoportable tensión,

con la violencia de esta Irlanda hecha de sueños, retazos y baladas.

 

En el Oeste de la isla estaban la cruz y el túmulo.

No sé más. No atino más.

Sin duda, debía de ser el Oeste,

y el sol además se aproximaba a su ocaso.

Siempre ha sido así, porque una vez lo fue.

Y la cruz celta coronaba una alta columna que emergía de la tumba.

Cerca estaban (están) los desmesurados acantilados

como gritos

y el océano, y las islas Aran, desoladas.

 

Marcos Santos Gómez