Souvenir de otro tiempo


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Souvenir de otro tiempo

 

A menudo cierro los ojos

y todo es la misma sustancia,

como un milagro.

 

Vuelve el mundo angustiosamente al borde

del final, de los misiles,

los mapas bipolares

con tantas regiones prohibidas y gélidamente misteriosas.

 

Yo, niño, escucho la radio de onda corta

buscando los raros países que no acierto a imaginar.

 

Entre la oscura niebla del sueño aparecen también

guerrillas

de personas que comparten maíz y frijoles

en la montaña,

en países tropicales

en los que se conoce el modelo del obús

que revienta al lado de tu casa

por el ruido que hace la explosión.

 

Anoche estuve caminando con ellos,

con los guerrilleros de modales exquisitos,

charlando tranquilamente.

Me contaban cómo se autogobiernan

y distribuyen por igual, sin mediar dinero,

los pocos bienes de que disponen.

Asombrosamente, en su vida atroz de bombardeos

y horrores

me parecieron humanos, felices.

 

Esta noche espero verlos de nuevo,

cuando cierre los ojos

y seguir charlando largamente con ellos.

 

Me duermo con el firme deseo de verlos,

con la promesa de verlos.

 

¿Qué aguarda en ese mundo

que recupero en el milagro de la noche y el sueño?

¿Qué quedó por allá perdido?

 

Cada sueño, cada noche, es un milagro,

y me dejo bañar por él

como por manantial sagrado.

 

Noche tras noche,

realidad tras realidad

corro deseoso

tiempo tras tiempo

en pos de muertos,

donde lo vivo está en la reducción nocturna

y lo moribundo yace en la fatal jornada de los telediarios.

 

Cierro los ojos

y me llevo,

me llevan,

a lo que importa de veras,

a donde mi corazón halla la fiesta,

para luego traer una porción bendita

de luz

a la tierra hambrienta.

 

 

Marcos Santos Gómez

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