Iván Illich recapitula


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Iván Illich recapitula

 

El desierto mexicano

en este plazo que se cumple

es mi aliado.

 

El viejo chamán me ayuda

y también las mujeres y los hombres

me acompañan

y me nutren

sus lenguas venerables

y los preñados silencios.

 

Ahora sé

que no dije lo que quería decir,

o que sí lo dije,

pero sin decirlo.

Sé que todo fue

un rodeo,

como un tortuoso abrazo,

una palabra enredada, sutil,

largamente trenzada

y arrojada,

intercambiada

a veces con alteridades

que apenas logro ver.

 

Todo ha sido acaso un dar vueltas y revueltas

a la santidad de pan y vino.

Un ora et labora en el que la austera celda

ha consistido en el mundo y la materia,

en la vida menguada del indígena, de los obreros

y de los inmigrantes puertorriqueños,

en el ascetismo de Gandhi y su choza,

y del ecologista,

siendo el labora alegre actividad

andariega y palabra amistosa.

 

Yo también me contraje,

me reduje en varios exilios como el exilio de renegar de mis propios libros

hasta yacer un poco en el olvido.

Caí de lleno y con brazos abiertos en la obstinación del fraile peregrino

que sacude el polvo de sus sandalias al abandonar las aldeas,

del loco de Dios que no se ata a más lastres ni obligaciones que vivir

despellejando mansamente a la civilización de sus trastos inservibles

para hallar la rosa inmarcesible.

 

Toda mi agitación

ha sido la búsqueda de una quietud poderosa,

una vieja anacoresis,

igual que se busca la bella pureza del ángel en las formaciones cristalinas

estudiadas por la física en el mundo infestado de mutaciones.

 

Ahora veo

cuando el chamán mitiga mis dolores,

que mi actividad frenética, mi labora, mi vita activa,

no ha sido otra cosa

que una prolongada teología.

 

Marcos Santos Gómez

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