Gibraltar está en el cielo

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Gibraltar está en el cielo.

 

En Gibraltar hay una cabina telefónica

viejo testigo repintado mil veces de llamativo color rojo,

situada justo a la entrada de la calle Real.

 

No lejos, casi en el mismo lugar,

comienza y se prolonga hacia Punta Europa,

paralela a la calle Real,

la calle Ingenieros,

con su mediterránea barbería escandalosa y llena de trastos,

y menudas tienduchas de aire rancio,

decadente,

que vive a espaldas de su hermana

más bulliciosa.

 

Hacia la mitad de la calle Ingenieros,

cruza otra calle extenuante

con fachadas de aire maltés o siciliano

que consiste en una ancha escalinata

que se eleva por una ladera del Peñón.

 

En esas largas escalinatas sucedieron infancias y juegos

de mis mayores.

Allí, en la mohosa ruina del Levante,

Percibo un centro,

acaso un término,

o boya que flota solitaria mecida por la corriente y acariciada por la niebla.

 

Un centro que es y no es. Que es tránsito,

pero en el que todavía persiste intangible

lo que parece no querer agotarse

que está ofreciendo sus últimos estertores

mientras yo viva,

un ámbito donde coexisten muertos y vivos

en una confusión,

que reaparece ante mis ojos en esas escaleras

y en mis sueños obstinados cada noche.

Las capas del palimpsesto se superponen y la escalera es muchas escaleras.

Al final, la piedra que en ellas veo, tiene tintes de ser un mero reflejo.

Los recuerdos y las historias pesan. Imágenes, palabras actuando solas.

 

Ariadna debe de estar sentada en alguno de esos escalones y toma el otro extremo del hilo que yo apenas agarro tembloroso. No puedo verla.

 

Pienso si en el cielo tal vez

todo vuelva a ser real, vuelva a adquirir consistencia, solidez.

como la que van perdiendo estas escalinatas de la calle Ingenieros de Gibraltar

y la vieja cabina colorada.

 

Es más.

En el cielo, deberían estar ambas: la escalera y la cabina

orgullosamente roja,

más reales que lo son hoy en Gibraltar,

devorado por el Levante.

 

En los escalones en el cielo sí estará sentada la paciente Ariadna

esperando, por fin,

en esos mismos escalones de piedra

más insoportablemente reales,

de una realidad

que acaso terminará por borrar

al cada vez más viejo y gastado mundo,

cada vez más falso,

para suplantarlo como realidad.

 

Quizás el paraíso sea esa limpia mañana,

primera en que todo adquiera de nuevo la gracia y el esplendor de lo que brota único y originariamente.

¿Serán entonces las escaleras,

de la mirada que añora

las del esplendor y la gloria emergente?

¿O serán las más jóvenes escaleras de los juegos infantiles de mis mayores, de la bondad incipiente, que vieron el comienzo de una inocente letanía de mansos que ha degenerado en mi nostalgia devota, en el dolor de lo perdido, en el afecto por el rastro?

¿Debe Dios premiar el brote o debe Dios premiar la triste rumia?

¿Cuál es lo real? ¿Cuál es el epicentro?

¿Dónde toma el extremo del hilo Ariadna y dónde se halla la extenuante escalinata que sube al Peñón?

¿Cuál de tantos es Gibraltar?

¿Qué Gibraltar será el que irá a los cielos donde habrá, a no dudar, una cabina roja y una calle Ingenieros?

¡Tiene que haberlas! Tan metálicas o pedregosas, tan húmedas de Levante, como acá, porque el mundo tiene que ser salvado.

Este mundo.

Pero, ¿qué calle Ingenieros y qué cabina roja?

 

Marcos Santos Gómez

Una piedra cae dentro del agua

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Una piedra cae dentro del agua

 

De qué manera cae

en el curso de la corriente,

cuando ésta se detiene en sombrío remanso ensimismada,

una piedra súbita y alegre

en cuyo descenso subacuático genera lentas danzas

que llegan a puntos recónditos del encorsetado cauce.

 

Gracias al invisible y discreto frenesí

todos los puntos, tarde o temprano, del serio remanso

acaso acaban siendo tocados por la caricia invisible

de las múltiples ondulaciones

imperceptibles,

del agua vertida sobre sí misma,

revuelta en cadena, molécula a molécula,

rota su prisión, el muro que ella a sí misma interponía,

por absorber el abismo de la piedra desafiante,

por padecer su vértigo,

su caída libre,

su proyección hacia un eje,

a un centro invisible, 

que sentimos más allá del duro golpe

contra el fondo de más piedras y algas,

más allá de la tenaz opacidad del sólido fondo,

de la brusca intersección que lo niega y bloquea.

 

Y es este término ausente,

insinuado apenas,

la meta del baile, o su origen acaso,

el centro secreto,

sombra de todos los centros,

como imagen en un espejo,

pero que precede de algún modo a los cuerpos reflejados,

un centro que sin embargo está fuera de todos los centros,

o después de todo después,

como un punto que nunca estuvo ni estará jamás,

como algo que no ha sucedido nunca

pero cuya presencia incomprensiblemente perturba todo el remanso

y sin lo cual

no habría baile ni fiesta.

 

Marcos Santos Gómez