Al otro lado


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Al otro lado

 

                       ¡Dios mío, qué solos

                               Se quedan los muertos!

                               Gustavo Adolfo Bécquer

 

 

En junio luminoso

nimios, apenas carnecitas desnudas,

son todo párpado traslúcido que diminuta esfera insinúa,

desplomados, caídos

de sus nidos.

 

¡Cuánto nos separa de ellos!

Así los miramos, como a través de un microscopio.

Pulgarcitos alados sin plumas.

 

¿Cómo se está en el otro lado? Pregunté a los inocentes.

 

Hube de desplomarme yo también.

Caí como un lastre.

Hube de quedar rendido,

con el tiempo derritiéndose en mi frente,

abandonándome a un sopor helado,

como todas las noches.

 

El sueño es amable orilla.

Y  ha de ser en la orilla del sueño, me dije,

cuando iba preguntando a los espectros

por la existencia de Dios

en la líquida atmósfera de mi alucinación onírica,

mientras les inquiría cansina,

agónicamente,

reduciendo todas las preguntas a esa única pregunta

de si existe Dios.

Había también una mano helada y acuosa que me apretaba el brazo,

la mano de alguien

que me respondía muy bajito

 “agua” o  quizás “alma”

cuando le preguntaba

“¿qué eres?”.

 

Llegué a la vigilia sin haber sacado nada en claro.

 

A pesar de no haber abandonado el lastre del cuerpo

ha quedado la anticipación de algo hueco y mudo.

¿Qué les sucede a los muertos?

¿Qué son ahora?

Incluso en el sueño resultaban tan lejanos,

tan inaccesibles.

Agua, alma… nada.

 

Lo pienso en la vigilia.

Morirse es tan extraño.

Morirse es encontrarse abordado por algo exorbitantemente inconcebible,

abrumado por una seriedad que no viene al caso,

que irrumpe inoportuna,

que llega absolutamente fuera de lugar,

que enmudece, que corta las bromas, que finaliza los juegos,

que no nos merecemos,

que nos sobrepasa, que nos invade excéntricamente,

que resulta demasiado atroz

para quienes apenas alcanzamos a aletear

en el luminoso junio.

 

Pienso en mi vigilia.

¿Agua, alma…?

Nada.

No podemos saberlo.

Del lado de acá nos quedan las solemnidades, las notas bajas,

los cipreses,

el llanto aciago.

Todo lo que sabemos y podemos hacer.

¿Pero dónde están ellos?

¿Qué son ahora?

 

Qué lejos,

qué callados,

qué irreales.

Marcos Santos Gómez

 

 

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