Lo poético en la educación I


Lo poético en la educación I

 

A veces sucede

que prende una chispa

y una leve,

apenas viva, llamita,

cándidamente

arde

y crepita

durante toda la ondulante clase

en el aula,

como una delicada hoguera.

Y así sucedió, de hecho, en fecha próxima a la pasada noche de Difuntos.

 Una llamita nació a la que cuidamos con palabra cálida y veraz.

 

Se abrió una sima entonces en el aula, una cripta, y todos sentimos algo de vértigo.

 

A veces sucede

en la facultad,

en su indiferente geometría,

en su rutina

en su tupida red estadística.

A veces, digo, hablamos en el aula

como personas

y entonces prende esta tierna llama

a la cual hemos de cuidar

pues se trata de un sujeto vivo

que puede morir en cualquier momento,

al que hacemos danzar con la música que somos.

 

Mientras noviembre casi arreciaba así fue, en esta ocasión que tengo en mente.

 

A veces ocurre, pues, que una clase es una victoria.

El calor de un fuego nos envuelve, silencioso, majestuoso, humilde.

 

A veces,

sólo a veces.

Es nuestro sino que así sea,

sólo en unos pocos momentos señalados,

acaso instantes que brillan como relámpagos en la tormenta.

Todo cobra sentido en ellos

y entonces en una clase

sucede que se puede vencer,

se puede ganar una batalla.

Una victoria oblicua, soterrada, difícil

que hay que cuidar y mantener,

como a un recién nacido,

un tenue hilo poético exudado por la gozosa comunidad,

como de fina seda, zarandeado por las corrientes de aire,

elevado como una cometa.

O acaso, decíamos, una llamita que ha de protegerse con nuestras manos francas

y ser alimentada una y otra vez por nuestra palabra veraz

para que resista viva.

 

Marcos Santos Gómez

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