Signos


Signos.

Marcos Santos Gómez

 

Busco signos. Fatigo estas avenidas expuestas a un viento que parece horadar túneles en la atmósfera chispeante como el punzante clavicémbalo, que cava galerías con una persistencia inaudita, de ciegas lombrices, que moja los oídos y hace que duelan, que se introduce en ellos con atropello, y casi provocando un sordo estallido en la cabeza. En estos días típicos de levante, que todos en esta ciudad reconocemos como untuosa materia y juntura de nuestras vidas, que a todos se nos ha colado por nuestros respectivos oídos, mojando las tristes orejas, busco signos. Hoy he salido a ello. Salgo en un día de estos, que es de los que me gusta, porque en ellos hallo máxima expresión de lo que busco, porque en ellos todo se puebla de signos. Me gusta por ejemplo ver mustia y triste la otrora alegre explanada de la feria, en el gozoso verano, en los veranos que han ido siendo con monotonía de reloj, incluido aquél en que nací yo. Pienso por ejemplo en el verano del centenario de la fundación de la ciudad que evidentemente no recuerdo ni viví pero que está congelado, de un modo que no me explico, por mucho que en mi casa he parado la imagen, para observar a fondo a las personas que aparecen, mirando sus gafas de pasta hoy tan ajenas a la moda, sus patillas, sus cabellos con peinados de otro tiempo, con un aire de pop añejo, en una feria verde y blanca, de electricidad un poco más mecánica, más rudimentaria que es ahora la electricidad, todo ello, digo, atrapado en esta rara nube que entonces nadie vislumbraba, en este archivo digital que paso y repaso, deteniéndome en los detalles, en los signos, en todo ello como un signo, porque todo, absolutamente todo, es un signo, incluido internet. Ahora la explanada, que se ha llenado de edificios, que ya no alberga más ferias, pues se han mudado a otra parte de la ciudad, tiene como una imagen sobreimpresa, como un palimpsesto, esa feria que he visto en internet, pasando una y otra vez, translúcida, perenne, fantasmal.

Cada cierto tiempo vuelve el levante a la ciudad, arrojando cosas por el suelo, haciéndolas rodar, humedeciéndolas, zarandeando perdidas hojas de periódicos, ensañándose con paraguas mutilados despiadadamente, dejados estar por esquinas encharcadas, maltrechos y humillados. Cosas. Cosas que van y vienen, arrastradas, elevadas, vueltas a caer, una vez, otra vez, más veces, todo lo que tenga que durar el temporal. Son, tal vez, algunos de los signos que busco. Aunque, para ser sincero, no sé con exactitud qué signos busco, si son estas cosas que tras su intervalo humano han vuelto a su condición de meras cosas, o se trata de algo peor, más humillante, más trágico o más sobrecogedor, si cabe.

La ciudad ha crecido. Se ha multiplicado. Viendo las viejas películas digitalizadas que alguien ha colgado en internet, a partir de filmaciones en super 8 o hechas con cámaras de vídeos aparatosas, que eran como enormes armatostes, me doy cuenta de que ha ganado en colorido, parece, y en altura, en edificios, a la par que ha perdido muchas de sus huertas, de la arena de playa que afloraba, como el agua salobre, en muchos de sus patios de vecinos ya inexistentes. Quiero ver, también, un signo en todo ello. Pero sigo sintiendo que hay algo de la ciudad que no capto, o que capto sin saber que capto. Algo esencial. Algo que es la clave. El signo de signos.

Recorro la avenida ancha, desierta, luchando contra el fuerte temporal que me golpea de frente, que moja mi flequillo sobresaliente por fuera de la capucha del impermeable de pescador que me he colocado, un impermeable rudo y eficaz, sintético y perfectamente estanco. Debo asir los dos cabitos de la cuerdecita que rodea el cuello de la chaquetilla, asirlos y tirar firmemente hacia abajo para apretar la capucha y sujetarla a mi cabeza, a fin de que el viento no logre descubrirme y dejarme expuesto inmisericordemente a su brutal salivazo.

Voy casi contando cada paso, como si subiera por una cuesta a pesar de estar en una llanura que es, de hecho, como una plataforma, como una balsa en medio del mar. No sé qué signo espero encontrar en el ojo de este huracán. Mientras ando recorren mi memoria imágenes y escenas vistas en internet, las de la feria del Centenario, en 1971, pero también otras, en las que la ciudad era distinta a como es ahora. Al mismo tiempo intento recordar lo que yo he visto en persona, la película que mis ojos han filmado y mi memoria, a partir de mis sentidos, ha ido formando, guardando celosamente, para constituirme como si fueran, casi, genes o, aun más, un destino o una fatalidad. Me percato de que al principio la ciudad era algo consistente, con una población definida, con sus personajes de toda la vida, con sus habitantes que recorrían las calles como arquetipos, con los que mi existencia se entrecruzaba, que se fueron enredando en mí como, empleo de nuevo la metáfora, una cadena de cromosomas, constituyéndome. Eran seres de carne y hueso, personas reales, que yo podía tocar, que olían, que padecían, gozaban y vestían su ropa. Gente que acostumbraba, habitaba, fingía, leía, cantaba o merendaba. Todo ello de un modo en el fondo conmovedor, sobre todo, si uno piensa en lo que fue sucediendo más adelante.

Al tiempo que la ciudad fue coloreándose y llenándose de cables soterrados y de una electricidad más sutil que la de los años setenta, al tiempo que los coches dejaban de parecer cuadraditos de plástico, que los contenedores de basura se multiplicaban, y que las casitas del centro y los patios de vecino se convertían en edificios de varias plantas, descubrí, ahora caigo diría que en la clave del asunto, y definitivamente, la ciudad se vaciaba. Se iba llenando de agujeros. Le iba faltando algo que pienso, que voy rumiando lo que pueda ser, según tenso mis piernas contra la ira del temporal en dirección a la misma playa, de donde procede este viento recio que quiero convertir en signo, que quiere, acaso, decirme algo, en el que trato de ver algo, forzando acaso a una naturaleza que es terriblemente muda, que no puede decir nada, que es mejor que no diga nada, que sería mejor aceptar como cosa muda, opaca e inhumana. En realidad, es engañoso que este planeta nos dé tanto, que nos alimente y dé oxígeno y cobijo. Es engañoso. Porque el universo nos ignora impávidamente.

¿Y qué hago ahora aquí? Siempre empeñado en que este mudo universo arroje signos, como el mar arroja sus olas con espantosa virulencia a mis pies, a la orilla aterrada, en un estruendo que roza lo insoportable, devorando la arena, amenazando con tragarse a la ciudad entera.

Resignémonos. No hay más signos que aquello en cuya cuenta acabo de caer. Ya lo intuía hace unos instantes. Es ese no sé qué, esos no sé qué que falta, que ha ido cada vez faltando más, pero como una falta que pesa, que puebla la ciudad, que amenaza, como el mar, con desbordarla. Un escándalo, un desorden inaceptable. Algo inhumano. Ahora lo sé. Es el signo que buscaba. A la ciudad no la poblamos nosotros, sino la pueblan ellos, los que han ido llenándola cada vez más, y es en ese desbordamiento de vacíos, de, por llamarlo de algún modo, muy abstracto, carencias, como uno va constatando que crece y que pasa el tiempo. A la ciudad no la pueblan los vivos. La llenan, hasta la asfixia, hasta el más indigesto ahogo, los muertos. Y uno es testigo, en eso consiste ir pasando, de cómo todo se emborrona, de difumina y adquiere una cualidad fantasmal, porque todo en la ciudad se va llenando de huecos, de vacíos, a la par que surgen desconocidos que lo siguen llenando todo hasta que la ciudad se hace, por un lado, un lugar invisible de espectros que faltan y por otro lado un irreconocible doble de habitantes desconocidos. Así, poco a poco, esta ciudad de los temporales, como la arena de esta playa, está siendo arrastrada, capturada y disuelta por las olas furiosas, se va disolviendo, se me va disolviendo, mi ciudad, que era yo, en gran medida, que soy yo, y, no sin espanto, pienso que soy yo quien se disuelve con ella. Por fin, en este banal día de temporal, uno más entre muchos, he hallado el signo que buscaba.

Tan sólo me resta agotar tu paciencia, amable lector, un breve instante más, porque me asola una postrera reflexión. Ocurrirá un día en que también estos huecos de cierta consistencia que hemos indicado, esos densos vacíos, vayan disolviéndose, tornándose nadas dentro de las nadas que ya son, nadas entre nadas. Un día en que ni siquiera esa población de catástrofe y recuerdo tenga el derecho de habitar esta ciudad fantasmalmente. Es más, tampoco estará esta ciudad. Entonces, presumo, el viento de levante seguirá tronando recio, mineral, inhumano.

 

Granada, 2013.

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