Abrazo de anémonas


Abrazo de anémonas

Marcos Santos Gómez

Se puede apreciar que este vídeo, rescatado de internet, ha sido digitalizado a partir de una película original de Super 8, sólo con mirar los trazos negros que chispean en la imagen, como si unos dedos fantasmales hubiesen ido arañando el celuloide. Se trata de algo tan material que hoy se nos antoja casi prehistórico, como escribir surcos en tablillas de cera o arcilla, como lo era la paciente escritura cuneiforme o incluso el propio papel y el bolígrafo, o la olivetti. La película original sería una larga tira de plástico que se enredaría constantemente, que giraría tropezando en una rueda aparatosa para ser deslumbrada a veinticuatro fotogramas por segundo por una luz añeja, inconcebible, por una tormenta que ya nadie sufre ni recuerda, que acaso sólo yace en alguna imagen fósil de vieja hemeroteca local, perdida, llena de ácaros y polvo. En ella pueden verse detalles de cómo era esta ciudad anteriormente. 1980. Alguien con la aparatosa cámara de cine Super 8 al hombro, en un coche como de muñecas, de esos que parecían ser también de plástico, muy cuadraditos y pequeños, se había echado a pasear en medio de la ventolera, queriendo captar la belleza caótica, salvaje, de un día de temporal, de un día que acabaría alejándose de sí mismo, perdiéndose, hundiéndose como en un pozo que se fuera abriendo en el suelo cada vez más hondo, devorándose a sí mismo, como un cotidiano, banal, agujero negro en la trivialidad del acontecer humano. Así, lo grotesco, lo inadmisible, lo inconcebible, preside con atroz normalidad la vida de los hombres en una ciudad que no es más que un puñadito de arena que parece haber sido soltada por una mano gigantesca en medio del agua, para formar una isla de juncos barrida por los vientos.

Se ven cosas. La filmación parece un homenaje a las cosas en su relación con la naturaleza, a las cosas maltrechas fabricadas por los hombres y despojadas de su orgullo bellamente por una especie de dedo divino que las señala, que sopla como aliento del mar, frente al cual la cámara se detiene, sorda, sin que se pueda oír el escándalo de las olas, mostrando su violento azote contra la triste y mojada arena, contra la playa que es devorada como a dentelladas de espuma rabiosa, sus conchas y cristalitos. En los ochenta parecían brotar, por cierto, cristalitos multicolores, pulidos y delicados, en la misma orilla de la playa, que coleccionaban los niños en su cubitos, disputándose los colores menos corrientes. Poco a poco, esos cristalitos que como joyas brillaban en el borde donde el mar en calma besa suavemente a la tierra, a ese puñado de arena que es esta ciudad, fueron desapareciendo.

Cuando las cosas pierden su orgullo, decíamos, se despliega una belleza antigua, sideral, más allá de lo humano, anterior y posterior al hombre. Es lo que este temporal, adivinamos, sugirió a los dos barbudos ochenteros que agarraron su cámara de Super 8 para salir a una ciudad fantasma, sin nadie en las calles, abofeteada con brutalidad, a filmar su rara pelea, su amor y su odio, su reconciliación final en esa luz oblicua, de intenso amarillo colándose entre nubes borrascosas y obteniendo su reflejo en las calles anegadas, empantanadas hasta la asfixia.

Pero es aquí, mira, porque apenas es un relámpago. Esos dos que caminan como resguardándose. Reconocerás la esquina de los helados Napoli, la céntrica encrucijada de las calles Tadeo y Real. He dado a pause miles de veces. Puedes darte cuenta de sus cabellos dejados crecer en un estilo de entonces, las patillas de él, los pantalones que ambos portan, ajustados y muy cortos al final, dejando casi ver los tobillos. Los dos se protegen mutuamente de la lluvia despiadada, inútilmente, que cae ladeada, a ráfagas según sopla furioso el temporal. Fíjate bien. Es sólo un instante. Cruzan la calle y el coche donde va la cámara espera a que pasen, tan sólo unos segundos. Son las únicas personas vivas, de carne y hueso, los únicos seres humanos que aparecen en la película. Sólo unos brevísimos instantes.

Eran casi niños. Apenas adolescentes. Mirándolos, mi padre los ha recordado.

Alguien ha tramado en torno a él su plan. Un secreto monumento. Un joven que vagamente, o mejor dicho, cuya imagen, ha despertado un recuerdo en mi padre, un nombre y una historia. Acaso lo que se pretende. Vuelvo a mirar ahora la película pero me concentro en los trazos negros que como arañazos ha dejado la marca del Super 8 original en lo que ya es, en realidad, un fantasma digital, un archivo subido a una nube, en internet, una cosa (o no cosa) inconcebible en 1980.

Ahora miro la segunda parte del plan. Se lo ve a él con otros cuatro muchachos, todos vestidos igual. La misma ciudad, a principios de los años ochenta. Van, digo, vestidos exactamente igual, como con un uniforme. Se trata de un chándal ajustado, azul marino y celeste, con tres tiras blancas en los brazos y piernas y una cremallera cerrando la chaquetilla. Todos llevan el cabello largo y gruesas patillas. Son morenos, agitanados. Destacan las impecables zapatillas de deporte blancas y en él, en quien me fijo de nuevo, unos guantes finos, como de militar, muy ajustados a las manos, también llamativamente blancos. Están como en una gran plataforma sobre el mar, como si caminaran, cual jovencísimos y desconocidos jesucristos, caminando sobre las aguas saladas. Es una amplia explanada donde junto al estadio de fútbol del equipo local hay un parque abandonado que en aquella época se moría mustio, tristísimo y al que nadie osaba entrar, como un inmenso pozo incomprensible en el seno de una ciudad castigada y llena de desconcierto. Y en medio de ambos, la explanada de hormigón y alquitrán, con alguna valla derruida, con algún escombro. Todo ello sobre un puñado de arena a cuyos lados siempre mar, mucho mar, exhalando su aliento, barriéndolo todo, a veces dulce y a veces como perro rabioso soltando sus dentelladas húmedas y terribles.

Conozco mi ciudad. Ha pasado el tiempo, pero los inviernos parecen ser iguales. El día es, obviamente, invernal, de esos inviernos que calan los huesos, que uno pasa como si viviera en las profundidades del océano, entre anémonas y bichos grotescos, entre rocas y anclas olvidadas, entre maderas podridas y algún viejo tenedor de plata. Recuerdo, por cierto, un cuadro del Gran Asedio, en el Museo histórico de Gibraltar. La barquita apenas suficiente para albergar al suboficial, con la cara desencajada, la espada desenvainada, lloviendo el fuego a pocos metros, por todas partes, y gritando con impotencia sus órdenes imposibles de escuchar a los aterrorizados marinos que reman como si se persignaran, fuera de sí, con el horror de estar casi ya en el otro lado contemplando las penas, o las glorias, del infierno.

Decía que era, como es evidente, invierno. Uno sabe que es invierno en esta ciudad porque al acostarse las sábanas están como mojadas, porque los coches amanecen tan húmedos como si hubiera llovido. Así, coronados por nubes, en un día de esos tan plomizos y grises que el Estrecho suele vomitar a sus olvidados pobladores, esta joven patrulla simétrica, disciplinada, arrancándose al juego, al sueño y a la escuela, se debate con un tedio y un acre dolor que cruzó como una fea bruja en los ochenta a la ciudad más olvidada de todas, un dolor que vencería, porque el dolor vence, porque el dolor siempre vence y siempre vence a los mismos.

Esta vez la grabación se hizo con un vídeo. Es de suponer que era una de esas cámaras inmensas, que pesaban tanto, tan macizas y aparatosas. Los chavales colocaron sobre el asfalto lo que por entonces llamaban “loro”, que era un radiocasete, y comienza a oírse algo que identifico como incipiente música hip hop. Caigo en la cuenta de que eran los albores del movimiento hip hop, cuando apenas había MCs y el hip hop era básicamente pintar grafittis y bailar el break dance. Esto mismo es lo que en aquel día que hoy me parece tan remoto, tan extraño, tan singular, aquellos niños que no sé, salvo en un caso, quiénes serán hoy, si no se los tragaron también los ochenta, realizan. La filmación comienza con una vista fugaz en la que parece que la cara cortada, omnipresente, del Peñón casi se le cae a uno encima, toda gris e inmensa, como una gran palma abierta a la que uno ni se espera ver aparecer, que emerge casi con ferocidad. Así es, por cierto, como el Peñón vigila, más allá de las cosas, de los hombres, de las ciudades, de los túneles, los monos y las banderas. El Peñón irónico pero impasible, anclado en los sueños de los lugareños de este puñado de arena y juncos, que casi vertebran su pensamiento y su existencia en torno de él, como las nubes que se arremolinan y el viento que lo acosa.

Un día, pues, de invierno. El mismo Peñón, el mismo viento. Pero no nos engañemos. Son otros, dolorosamente otros. Se han desgajado, desgarradamente, de nosotros. Les he mirado bailar Break hasta enrojecer los ojos, hasta que el monitor del ordenador era una borrosa imagen difusa mientras me frotaba los ojos resecos. Sobre todo, me he fijado en él, en cada centímetro de su cara, en sus guantes blancos, en su expresión vivísima, en los muy ensayados movimientos de su cuerpo de breaker marginal, marginal entre marginales, no ya breaker del mítico Bronx, sino de una ciudad que es un puñadito de arena a la que cualquier día se la puede tragar el agua, con su ceceo profundo, con sus patillas de bandolero, a punto de perderse, a punto de no ver más allá de los ochenta, de que los malditos ochenta también se lo tragaran a él, a los dos, a los dos que se protegían de la furia de la tormenta detenida, fijada en una memoria de celuloide por la ocurrencia de salir a pasear de dos compadres con la cámara en una tarde de aburrimiento que ya nadie recuerda, en una década de la que se recuerdan otras cosas, en la que sin embargo, hubo dolores que fueron destinados a los mismos de siempre.

Granada, 2013

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