Lo poético en la educación I

Lo poético en la educación I

 

A veces sucede

que prende una chispa

y una leve,

apenas viva, llamita,

cándidamente

arde

y crepita

durante toda la ondulante clase

en el aula,

como una delicada hoguera.

Y así sucedió, de hecho, en fecha próxima a la pasada noche de Difuntos.

 Una llamita nació a la que cuidamos con palabra cálida y veraz.

 

Se abrió una sima entonces en el aula, una cripta, y todos sentimos algo de vértigo.

 

A veces sucede

en la facultad,

en su indiferente geometría,

en su rutina

en su tupida red estadística.

A veces, digo, hablamos en el aula

como personas

y entonces prende esta tierna llama

a la cual hemos de cuidar

pues se trata de un sujeto vivo

que puede morir en cualquier momento,

al que hacemos danzar con la música que somos.

 

Mientras noviembre casi arreciaba así fue, en esta ocasión que tengo en mente.

 

A veces ocurre, pues, que una clase es una victoria.

El calor de un fuego nos envuelve, silencioso, majestuoso, humilde.

 

A veces,

sólo a veces.

Es nuestro sino que así sea,

sólo en unos pocos momentos señalados,

acaso instantes que brillan como relámpagos en la tormenta.

Todo cobra sentido en ellos

y entonces en una clase

sucede que se puede vencer,

se puede ganar una batalla.

Una victoria oblicua, soterrada, difícil

que hay que cuidar y mantener,

como a un recién nacido,

un tenue hilo poético exudado por la gozosa comunidad,

como de fina seda, zarandeado por las corrientes de aire,

elevado como una cometa.

O acaso, decíamos, una llamita que ha de protegerse con nuestras manos francas

y ser alimentada una y otra vez por nuestra palabra veraz

para que resista viva.

 

Marcos Santos Gómez

Conversación puritana en Andalucía

Conversación puritana en Andalucía

Marcos Santos Gómez

 

El pintor mostró complacido el cuadro a José Piedra, quien no dudó en proferir con atropello una muy favorable opinión. Verdaderamente, aquello era la ciudad que ambos habitaban. Una pintura en acrílico que con sencillez pasmosa la representaba, mediante una reducción de lo que fidedignamente era la reducción geométrica, mineral, cristalina, en que en sí misma consistía la ciudad. Allí vivían: en ese universo estrechado, compuesto de un puñado de arena, de inviernos aun más reductores de ese espacio, en los que todo se humedece y adquiere una temperatura de fondo marino y en los que la textura de la ondulante atmósfera, de las sábanas secretas o de las pieles se llena de agua y de sal, de vapores que producen fiebres; en ese universo maniatado vivían, decimos, que pesa sobre las sienes y aplasta los cuellos, que hiela por dentro los oídos y los hace pitar, que es una envolvente celda cuyos puntos son todos esquinas, cuyos seres son todos presos de una niebla de meses. No se encuentran hitos en esa ciudad, aun siendo lugar marcado por guerras e historia, como en realidad lo son todos los sitios, aun teniendo cerca una mole disputada por los hombres que alberga algunos pocos secretos que merecería la pena conocer. A los pies de esa mole, del Peñón, silenciosa, pero de un silencio sordo, opresivo y mustio, como de resfriado, como de enfermo que a duras penas contiene su congestión nasal, la ciudad más joven y más abandonada de todas, calla. Como una ocurrencia, llegó para instalarse en un puñado de arena, en una leve franja de playa rodeada de mar, y sólo eso es, podía apreciar José Piedra en el cuadro, una mera franja, un litoral estrechísimo, apenas un lugar donde rompen olas, un puerto y nada más, un simple rompiente, como una lengua que quisiera beber del agua salada y que hubiese recogido casualmente, depositadas por las corrientes, algún resto de las andanzas de la historia. Una ciudad cerca de todo pero muy lejos, también, de todo. Que ve la espalda de Dios que pasa pero, a diferencia de lo que Éste hizo con Moisés, a ella la ignora.

Habían fatigado sus calles los dos amigos. Eludiendo el tipismo y queriendo ver otras esencias en el fondo no menos típicas. Finalmente, agotados por no poder eludir lo típico, vinieron a darse un respiro y simplemente a gozar de algún absurdo pasaje o rincón que por grotesco, sencillo, evocador o abandonado les llamara a detenerse ante él. La ciudad era, descubrieron por enésima vez, como una isla, que se recorría en poco tiempo, de manera que uno llegaba a sus límites y fronteras en un santiamén, bien fuera el mar, la carretera o bien la aduana de Gibraltar. No había mucho que andar. Tal vez se alzara esta ciudad, guardando las distancias y bellezas debidas al hermoso paisaje canario, como esas islas desérticas del Este del mencionado Archipiélago, de vibrante monotonía, acaso como la planicie de Fuerteventura, con algún poblado llanísimo y minúsculo, cuadriculado y blanquito, tan llano, digo, como el mar o la tierra reseca y volcánica de tales soledades canarias.

Pues bien, en esta ciudad recorrida por José Piedra y el pintor tenemos algo remotamente similar, sólo que menos sobrecogedor, mucho más austero incluso en eso mismo, en lo que se refiere a su capacidad para arrancar de nosotros aullidos de estremecimiento. En Fuerteventura o en Lanzarote uno puede, fácilmente, salirse de quicio, incluso, decimos, aullar. En esta modesta ciudad, no se llega a tanto. No hay tal belleza ni el ámbito sagrado es tan descarado. Pero, ¡ay! Sí que está y existe. Lo vamos a vislumbrar a continuación.

Así, el espacio de esta ciudad es una simple y sencilla playa de arena gorda grisácea lamida, besada o mordida por olas a menudo furiosas y muy saladas, de un mar de mítica bravura. Un entorno rectangular. Un istmo arenoso que une al Peñón de Gibraltar con la Península Ibérica. Apenas un puñado de arena que depositaran en su momento las corrientes marinas del Estrecho de Gibraltar y que, cabe presumir, las mismas corrientes acaben por retirar en un hipotético y trágico futuro.

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Hartos de toparse con límites, como con los muros de una celda, hartos de contemplar sus losas todas iguales, su grava, sus muros de piedra arenisca y argamasa, su austeridad de cuartel, hartos, en fin, de pasear por tan melancólica ciudad, el pintor había decidido mostrarle a José Piedra su síntesis final, lo que había decidido que era, en esencia, esta pertinaz ciudad. Y le mostró la estrechísima tira de arena entre los dos brillantes mares, en una composición daliniana en la que flotaban dentro de canastas atadas a globos aerostáticos esas cosas que no sé cómo describir, cómo expresar, que son a la vez entrañables y sencillas, sin grandeza alguna, sin vértigo, que habitan las olvidadas esquinas a las que Dios da la espalda. Cosas queriendo ser salvadas, tal vez. Todo queriendo elevarse, aspirando a perderse en un cielo que para el pintor es claro y limpio, de día de Poniente.

El cuadro había hecho pensar a José Piedra. Le había dejado una sensación ambigua a la vez de infierno y de paraíso, de estar en algún punto equidistante entre ambos, cercado, en una prisión de muros tan asfixiantes como intangibles, de hecho, más asfixiantes aun por intangibles; esa luz presente incluso en días nublados, de cielo altísimo, por mucho que lo cubrieran las nubes invernales, días de ese alto cielo español que cuenta Hemingway, de luz grisácea en invierno pero luminosa que había abofeteado a José Piedra bajando por la escalerilla del avión hacía muchos años recién llegado del Norte sombrío, del Norte de días cortísimos y de cielo a ras de suelo, plomizo, con un sol casi negro.

Pero en este puñado de arena que era la ciudad manaba una rara geometría, un diseño primigenio que desafiaba a la luz y al alto cielo que parecía sonreír engañoso. Recientemente por las calles de la misma habían desfilado las procesiones recargadas, de frenesí barroco, de la Semana Santa, archifloreadas y saturadas de cera y redobles de tambores, como en viejos autos de fe. Así, entre santos, entre celebraciones e inciensos que sobrecargaban la atmósfera densa de humedades, la rutina oficial de la ciudad había transcurrido. Como en las ferias. Precisamente, José Piedra y el pintor habían visto en internet un viejo No-Do muy breve, con apenas dos o tres escenas en blanco y negro, sin embargo llenas de luz. Representaba la feria de la ciudad que aquí nos ocupa estas líneas tenaces, en verano, acudiendo a los tópicos más andaluces de los toros y el baile por sevillanas, la feria de la ciudad en el año 1969, cuando la verja de Gibraltar ya se había cerrado por motivos políticos. En varios momentos la voz en off alude al Peñón aislado y sombrío que asistía, indica, mudo y envidioso al tropel de luz de la celebración a su lado.  

Pero muchos años después de aquello, a José Piedra todo le parecía, a su alrededor, muy ordinario e incluso triste, es decir, absolutamente normal. Los tópicos, que son como esa geometría rectilínea y regular en las palabras, las maneras y los usos, que aplanan y planchan la realidad, robándole su perspectiva y profundidad, por lo que el poeta se ve envuelto en su red al tiempo que se debate para librarse de ella, se habían apoderado del mundo a su alrededor como en el rancio No Do. También eso es habitual y ocurre en todas partes. Es esa estrechez del mundo, esa otra versión inmaterial de la geografía del puñado de arena al que cercan olas que cada invierno lamen y van robando metros.

Había finalmente José Piedra dejado al pintor en su casa con su obra y con sus sueños, y recorría en estos momentos la calle más céntrica y comercial de todas, meditando estos asuntos. La gente con la que se cruzaba no aspiraba, desde luego, a perderse por el cielo en un globo aerostático como se veía en el cuadro y parecía caminar como atrapada en un sueño más pernicioso, enredada en concretos quehaceres, absorta en los periódicos, los utensilios y las carpetas, saludándose mostrando ostentosamente los dientes del maxilar superior, entrando y saliendo de las tiendas como locos, en el bullicio de la corriente que todos parecían seguir.

Decidió José Piedra restringir al máximo su entorno e ir al montón de piedras, por hacer honor acaso a su apellido, piedras que fueron un viejo fuerte militar de la época de los asedios a Gibraltar. Allí, lejos del ir y venir del centro, sobre las ruinas, sobre la guerra, se disponía a contemplar el mar. Se sentó para ello sobre una de las grandes piezas de roca, un pedazo del viejo fuerte que había sido finalmente volado y que se hallaba convertido en trozos que yacían dispersos como si brotaran de la llanura arenosa, con el Peñón vigilante cerca. Allí, el mar, liso en aquella ocasión, le condujo sin apenas percatarse a un ensimismamiento íntimo, a sus propias interioridades, de las que tras un tiempo indeterminado, retornara para descubrir con sobresalto que no estaba solo, porque a unos pocos metros, entre él y la línea fronteriza, se perfilaba una extraña figura, ataviada al uso de siglos antiguos.

– Buenos días –le dijo-, ¿también contemplando el mar que uno alberga o que, más bien, a uno le alberga?

– Ciertamente. Es difícil no ensimismarse ante el mar… es usted forastero, supongo, o extranjero.

– Digamos que soy un extraño en estas latitudes, pero no en estos páramos.

– ¿Nos conocemos?

– Oh, sí, en realidad, soy un viejo conocido en su país a pesar de las apariencias. Pero aquí concretamente, en esta ciudad, me hallo por una rara circunstancia, por una de esas vueltas que da todo, que da la historia, esa díscola oveja que a duras penas pace donde debe. Ella me ha traído a este lugar, a esta luz que me ciega un poco, a este mar que brilla demasiado para mi gusto.

– ¿Y no le gustaría conocer el centro de la ciudad?

– No acabo de entender eso del centro. Ustedes los católicos lo tienen todo tan centralizado. Mi centro es un abismo que se abre cuando me retiro a mi interioridad, como ahora, por intentar mirar algo tan raro, tan ajeno, que tan violentamente no soy, que entonces sólo quedo yo mismo. En fin… Estoy pensando en mis bosques, en mi verde paisaje natal, y de pronto me digo, ¿qué hago yo aquí?, en este minúsculo desierto de sal, juncos y arena barrido por vientos desconocidos donde nada se puede cimentar con la necesaria firmeza, donde he comprobado que en las obras fluye el agua salobre, deduzco que debe ser salobre, en cuanto se excava un poco. No entiendo cómo se tienen en pie los edificios. Y aquí estoy todavía no sé por qué, aunque imagino que algo tienen que ver estos primos sajones de aquí al lado, pero heme aquí, donde hace unos días creía que me iba a desmayar de repente en medio de tanta cera por las calles, de esos ritos católicos, de cruces recargadas de plata y oro, vírgenes llenas de refinados ropajes que no me dicen nada o que me dicen que quien añade mundo al mundo sólo añade perdición a la perdición. Son una insensatez, decía un maestro gnóstico argentino, la cópula y los espejos, porque multiplican el número de los hombres que a su vez, añado yo, multiplica el mundo. Añadir mundo al mundo lo hace quien no ha leído el Eclesiastés. No hay mayor tontería.

– El mundo es precisamente ese continuo despliegue, ese flujo, ese rebrotar de sí mismo, un matizar sobre los anteriores y propios matices. Pretender otra cosa es renunciar al mundo. Los pasos de la Semana Santa son una broma, porque significan una respuesta mundana que a la demanda de austeridad responde con el despliegue y las filigranas en el trozo de mundo que le es permitido adorar al pueblo, el trozo de mundo sagrado que es prolongado, repetido y multiplicado hasta la saciedad. Catolicismo en su pura esencia. Mundología. Lo mismo podría decirse de la austeridad llena de iridiscencias y brillos de la saeta.

–  Tonterías. El mundo no se cura con más mundo. El mundo es la enfermedad. Según he ido tropezándome con las esquinas de esta ciudad, según me cercaba su luz y me sentía lejos, ay, de mi añorada Alemania, según este alto cielo me era lejano, inalcanzable, me he ido como adormeciendo. Casi he entrado en una rara hibernación vegetativa. Te diría que en las pocas ocasiones que he salido de mí mismo y he observado a la gente de esta ciudad, he visto a algún ser semejante, ensimismado, olvidado de sí, arrastrado por la corriente, como si hubiese llegado escupido a la playa por los mares que cercan a la ciudad. He visto aquí, como en las peores y más aciagas noches invernales de mi Alemania natal, abrirse un abismo. Y es en ese abismo en el que he querido adentrarme, chillando, para que Él se digne no darme más la espalda, no abandonar por más tiempo a su pródiga Creación.

– Está usted presuponiendo un Dios olvidado de su propio mundo, desligado de su Creación, y por tanto, el mundo como algo absoluta y desgarradamente profano.

– Y así es.

– Pero la vía ascética, el negar provisionalmente el mundo, no debe tomarse como un rechazo nihilista…

– Al mundo se lo niega porque es malo, apelo a su propia existencia, ¿no me negará que la existencia duele?

– Ahora que lo dice, y volvamos a citar otra fuente gnóstica, esta vez lo haré yo, y se trata de La guerra de las galaxias, esta ciudad me ha conducido, como a usted tal vez el frío Norte, a la escena en la que unas paredes de un basurero cósmico, en la muy maligna Estrella de la Muerte, en el lado oscuro, se van estrechando, uniéndose y amenazando con aplastar a los aterrorizados inquilinos de la sala donde los residuos siderales van a ser hechos trizas. De la misma manera, digo, esta ciudad me oprime, con sus muros de espuma salada y sus temporales, con su majestuosa pared de piedra, tan familiar como hostil. Uno en ella se siente en casa, pero en una casa que se disuelve a los pies, que en cualquier momento desaparece en la neblina o que las aguas anegan. Aquí llega, ciertamente, occidente, pero un occidente hecho despojos, un occidente perdido, olvidado.

– Entonces, ¿qué me cuenta de su vida? – Insistió el extraño-.

–  Tal vez lleve usted razón. Tengo muchas preguntas y ya, en lo que puede ser la mitad del camino, adivino que no va a haber respuestas.

– Hay una respuesta que ustedes pasean por las calles en la Semana Santa, me ha explicado antes.

– Pero mirando al mundo y a sus repliegues, recreándome en el mundo, edulcorando y refinándolo, llenándolo todo de mosaicos, como hacían los romanos, o de espejos, o de orgías, poco me parece ahora que hay que hallar, metido en esta asfixia que se me ha colado en el cuerpo y que usted me está terminando de instalar en él, como una indigestión, maldito sea, porque usted se me empieza a asemejar a un dolor de muelas. Ahora incluso la exuberancia de internet se me antoja una inmensa y soberbia nada. Usted tiene la culpa. Lo que parecía un festín. Todo se me antoja un despliegue de nadas. Lo decían esos maestros gnósticos. El mundo vale muy poco. Pero para fastidiarle, he de proclamar que resulta hermoso sin embargo ese proceso en sí, ese despliegue vano, inútil, tedioso. Porque como un negativo señala, indirectamente, a donde puede estar la respuesta. Lo malo es que de esa respuesta o respuestas nunca sabremos nada más que sombras, nada claro ni obvio. Seguro que eso es lo que ahora va a decirme.

– Ya le digo, el mundo da muy poco de sí, y usted está atrapado en el mundo, por lo que no puede comprender nada de lo que yo le dijera o explicara del otro mundo.

– Entonces, ¿sólo resta esperar algo mejor? ¿Esperar a que esto pase?

– Tal vez. Usted debe decidir su teología.

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José Piedra continuaba en la celda de infinitas esquinas, mientras el extraño se iba difuminando y retornando a una nada mansa, casi amable después de todo. La prisión persistía para José Piedra. La prisión cuyos muros eran luminosos y radiantes, de mediterráneo esplendor, de suelo hecho de apacible arena de playa, en un día primaveral de celeste y limpio cielo, que era el altísimo e inaccesible techo. Estaba en la celda y ella estaba en él. Ahí seguía el Peñón, con su cara abrupta, cortada, del lado más duro y arisco del mismo, albergando a su pueblo inglés cuya ondeante bandera británica era para José otro tópico más de la historia, una vuelta, un repliegue inútil que en aquel día había abusado de la paciencia de nuestro amigo, que de hecho podía perdonar todo a los ingleses, todo menos el haberle traído a Lutero a la muy dicharachera y católica Andalucía.  

Granada, 2013

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